Ocurrió días después de que una diseñadora local, autora del vestido presidencial del Grito de Independencia, denunciara públicamente una extorsión y sufriera un ataque armado en su propia casa.
La Presidencia aclaró que ambos hechos no están vinculados entre sí, y no hay razón para dudar de esa aclaración puntual.
Pero la velocidad con la que todo el aparato estatal y federal reaccionó frente a ese municipio, comparada con la parálisis de años en decenas de municipios sin reflectores nacionales, deja una lección amarga: la justicia contra la infiltración criminal en México no siempre responde a un criterio institucional homogéneo y previsible.
A veces responde, simplemente, a la visibilidad mediática del daño causado.
Michoacán, el espejo más cruel
Ningún estado ilustra mejor esta contradicción que Michoacán, y no por falta de precedentes.
Ya en 2009 un operativo federal conjunto detuvo de golpe a diez alcaldes michoacanos y a otros veinte funcionarios señalados de vínculos con el crimen organizado; década y media después, la lógica de la infiltración municipal no solo persiste, sino que se ha profundizado.
Ahí, la autoridad capturada por el crimen no es la excepción sino, en municipios enteros, la norma tácita.
El gobierno estatal ha discutido eliminar policías municipales completas ante su infiltración evidente, sin que eso haya bastado para activar el mismo mecanismo de intervención que sí operó contra alcaldes de Morelos, Puebla o el Estado de México.
Si Enjambre existe para romper el pacto entre criminalidad y poder local, Michoacán es, por evidencia acumulada durante tres lustros, el caso de manual del país.
Su ausencia de la lista no puede explicarse por falta de información: se explica por falta de voluntad política, o por exceso de cálculo electoral.
Una propuesta, no un lamento
Ninguna estrategia de seguridad sobrevive si su aplicación depende del calendario electoral. La solución no es abandonarlo: es blindarlo frente a la tentación política que hoy lo distorsiona.
Eso exige, como mínimo, tres cosas concretas y verificables:
1) Criterios públicos de priorización territorial, basados en indicadores delictivos objetivos y no en negociaciones opacas con gobernadores en turno.
2) Un mecanismo de activación automática cuando la evidencia de infiltración alcance cierto umbral documentado, sin depender de la voluntad discrecional del Gabinete de Seguridad ni del calendario del INE.
3) Blindaje legal para que la desaparición de poderes municipales —como ocurrió en Juchitán en menos de una semana— no sea un recurso reservado a los casos que ya ocuparon portada, sino un procedimiento aplicado con el mismo rigor en Michoacán, Guerrero, Sinaloa, Chihuahua, Baja California y Guanajuato.
Mientras el mapa de la justicia contra la narcopolítica lo siga dibujando el calendario electoral y no el delito documentado, México seguirá teniendo dos velocidades de Estado: una veloz, para los municipios con reflectores, y otra lenta, selectiva y cómplice por omisión, para el resto del país que no sale en la portada hasta que ya es demasiado tarde.
*Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx
Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.