López Obrador convirtió la palabra “potentados” en sinónimo de una élite política y económica alejada de la realidad de millones de mexicanos. Contra ella construyó buena parte de su discurso y resumió su doctrina en una frase repetida hasta el cansancio, “no puede haber gobierno rico con pueblo pobre”. La austeridad republicana dejó de ser una medida administrativa para convertirse en una bandera moral, la de la pobreza franciscana. El problema es que los potentados nunca desaparecieron, simplemente cambiaron de nombre o de partido y, de paso, dejaron de sentirse culpables.
Potentados sin culpa
Mientras el gobierno recortaba estructuras, fideicomisos, organismos y presupuestos, alrededor del nuevo poder comenzaron a aparecer lujos, excesos y patrimonios muy alejados de la pobreza franciscana predicada desde Palacio Nacional. El problema no es que alguien tenga dinero o lo gaste como quiera, sino la distancia entre ese comportamiento y el discurso utilizado durante años para cuestionar a los adversarios.
La familia López Obrador concentra varios ejemplos. Cuando el expresidente sufrió un infarto, no acudió al ISSSTE o al IMSS, recibió tratamiento en Médica Sur, y su hijo Jesús Ernesto también ha sido atendido en ese prestigiado hospital privado. José Ramón López Beltrán tuvo acceso especial a instalaciones militares durante la pandemia, donde fue tratado con medicamentos no disponibles para el ciudadano común. Tiempo después vivió en Houston en una residencia propiedad de un poderoso contratista de PEMEX.
Andy López Beltrán fue exhibido en Tokio hospedándose en uno de los hoteles más lujosos , comprando en Prada e importando exclusivas obras de arte. José Ramiro “Pepín” López Obrador declaró más de una decena de ranchos en Tabasco que, en conjunto, abarcan cientos de hectáreas, buena parte de ellos adquiridos durante el sexenio de su hermano. Nada de eso prueba por sí mismo un delito, pero sí exhibe la distancia entre el discurso y la conducta.
La incongruencia alcanza incluso a la educación. López Obrador estigmatizó durante años a quienes estudiaban en universidades extranjeras como parte de una élite desconectada del pueblo, pero Mariana Ímaz, hija de Claudia Sheinbaum, realizó su posgrado en la Universidad de California con una beca pública, mientras Adán Augusto no encontró problema alguno en que su hijo Adán Payambé estudiara Cine en París y viviera en un departamento sobre los Campos Elíseos. No hay nada reprochable en estudiar fuera del país, la contradicción está en condenarlo cuando lo hacen otros y justificarlo cuando ocurre en casa.
Marcelo Ebrard reconoció que su hijo vivió con todas las comodidades durante meses en la residencia oficial de México en Londres mientras estudiaba. Fernández Noroña no ha podido explicar sus viajes, sus vuelos en primera clase y su residencia de descanso en Tepoztlán. Mara Lezama y su familia acumularon decenas de vuelos al extranjero en aviones privados propiedad de contratistas de su gobierno, mientras Arturo Ávila posee mansiones millonarias en una de las zonas más exclusivas de California. Ricardo Monreal tuvo que disculparse por utilizar helicópteros privados, mientras su hija Catalina es accionista de una empresa que opera varias gasolineras y ha recibido contratos públicos en Zacatecas.
Gutiérrez Luna y su esposa Dato Protegido se esmeran en presumir prendas, relojes, joyas, obras de arte y accesorios de alta gama valuados en millones. El diputado y líder sindical Pedro Haces exhibe sin complejos una vida entre algodones, con fiestas en su rancho con hotel, viñedos y plaza de toros. Cuesta trabajo reconocer en ese paisaje la pobreza franciscana que durante años sirvió para descalificar a los demás.
Alejandro Gertz Manero también representa la elasticidad moral del obradorismo. El exfiscal declaró más de una docena de inmuebles en Europa y Estados Unidos, además de una colección de autos clásicos, jet privado, joyas, relojes, obras de arte e inversiones. Manuel Bartlett amasó una fortuna que incluye un patrimonio inmobiliario valuado en casi mil millones de pesos, muy superior al que él había reportado.
Esos casos son apenas una muestra de un catálogo prácticamente infinito de incongruencias. Los que llegaron prometiendo acabar con los privilegios terminaron disfrutándolos a placer. La nueva Suprema Corte tuvo que dar marcha atrás al uso de lujosas camionetas blindadas para sus ministros después del escándalo generado por su adquisición, mientras Octavio Romero Oropeza, amigo personal del expresidente, hizo pública una declaración patrimonial llena de inconsistencias luego de haber mantenido escondida esa información.
La contradicción se vuelve todavía más delicada cuando la discusión deja de ser sobre dinero y pasa a la protección política, el mayor privilegio de los nuevos potentados. Adán Augusto y La Barredora, Rubén Rocha Moya y sus vínculos con el narco, Marina del Pilar y las llamadas en las que habla de protección e impunidad, Américo Villarreal y Alfonso Durazo ante acusaciones sobre nexos criminales, Andy López Beltrán, su visa revocada y su red de amigos, funcionarios, empresarios y contratistas. Cuando las acusaciones alcanzan a los propios aparecen los deslindes, las exigencias de pruebas, las teorías de complot y una prudencia que jamás concederían a otros.
Esa es la verdadera herencia de la austeridad y la pobreza obradorista. Los abusos y excesos se borran. El lujo ajeno se vuelve ostentación, el propio se llama patrimonio bien habido. La riqueza del opositor despierta sospechas, la del compañero tiene contexto. Una casa ajena es privilegio, la propia es fruto del esfuerzo. Un viaje del contrario es frivolidad, el de los suyos es merecido. No acabaron con la doble moral del poder, simplemente aprendieron a utilizarla en su beneficio.
López Obrador prometió combatir a los potentados y terminó viendo crecer una nueva élite alrededor de su movimiento, una oligarquía del bienestar que condena en otros exactamente aquello que justifica en casa. Jamás pretendieron terminar con los privilegios, solo buscaban ser ellos los privilegiados. Potentados, sí, pero potentados sin culpa.
Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.