Gobernanza criminal y el límite de los indicadores oficiales
México puede seguir mostrando toneladas incautadas, laboratorios destruidos y homicidios a la baja, pero ninguno de esos indicadores demuestra pérdida de capacidad estructural del crimen organizado.
Un territorio puede mejorar sus cifras delictivas y, simultáneamente, sostener economías de extorsión, control de rutas, desaparición forzada y captura de autoridades locales. Eso es gobernanza criminal, y es precisamente lo que el lenguaje estadounidense sobre "dominio territorial" pone en el centro del debate.
Mientras México mida éxito por resultados operativos y Washington mida éxito por desmantelamiento estructural, la fricción bilateral seguirá creciendo (IA).
Implicaciones para México
Las implicaciones son de tres órdenes.
1. Diplomático: el expediente de funcionarios corruptos puede convertirse en el punto más explosivo de la relación, con potencial de escalar hacia sanciones OFAC, investigaciones del DOJ o presión de visado contra actores mexicanos concretos.
2. Presupuestal: el documento cuestiona directamente la suficiencia de la inversión mexicana en seguridad, lo que presiona hacia una revisión del gasto en inteligencia, aduanas, fiscalías y protección de testigos, no solo en efectivos desplegados.
3. Y de soberanía: existe una tensión no resuelta entre el principio mexicano de "cooperación sin subordinación" y la exigencia estadounidense de "cooperación con verificabilidad y responsabilidad institucional".
Rutas para administrar la crisis antes de que estalle
Ante este escenario, la respuesta mexicana no puede limitarse a defender cifras de decomisos.
Se requieren al menos cuatro líneas de acción.
- Primera: blindaje institucional real —no discursivo— de fiscalías, aduanas y policías, con mecanismos verificables de depuración y control de confianza, auditables por terceros.
- Segunda: una unidad de inteligencia financiera fortalecida y coordinada con Estados Unidos que ataque el lavado y las estructuras patrimoniales del crimen, no solo la droga física.
- Tercera: un marco de cooperación bilateral que incluya métricas compartidas de éxito —pérdida de capacidad criminal, no solo toneladas— para evitar que Washington imponga unilateralmente su vara de medición.
- Cuarta: anticipación política: investigar y procesar internamente casos de complicidad institucional antes de que Estados Unidos lo haga desde su propia jurisdicción, porque la iniciativa procesal define quién controla la narrativa.
Cerrando la ecuación…
El documento del 15 de septiembre no certifica a México como cómplice del narcotráfico.
Pero sí desplaza el estándar de evaluación desde la eficacia operativa hacia la integridad institucional, y ahí es donde México enfrenta su mayor vulnerabilidad.
La pregunta que México debe responder en los próximos meses ya no es cuánta droga decomisó, sino qué parte de su propio aparato de Estado permitió, por acción u omisión, que las organizaciones criminales sobrevivieran durante años.
Esa es la crisis que se anuncia, y también, si se administra con inteligencia y no con reacción defensiva, la oportunidad de una reforma institucional que México ha postergado durante dos décadas.
*Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx
Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.