La propia presidenta Claudia Sheinbaum solicitó al Tribunal Electoral descalificar a los aspirantes vinculados al crimen organizado, incluso si sus nombres ya aparecían en las boletas, pero mientras no hubiera un auto de vinculación a proceso penal en su contra, no había mecanismo legal para retirarles la candidatura.
El resultado es un sistema judicial penal donde, por primera vez en la historia reciente, el filtro de acceso al cargo dependió más de la capacidad de hacer campaña —y de quién la financia— que de la evaluación técnica y ética que antes realizaba, con todas sus fallas, el propio Poder Judicial.
Para la seguridad nacional esto no es un matiz: es una vulnerabilidad estructural, porque la infiltración criminal en la justicia penal no opera solo sobre policías o fiscales, sino sobre quien tiene la última palabra para vincular a proceso, dictar prisión preventiva o dictar sentencia.
Procuración e investigación, atrapadas en el cuello de botella
La afectación no se queda en los tribunales electos.
La sustitución inmediata de jueces penales afectó el principio de continuidad procesal y vulneró el principio de inmediación, que ordena que sea la misma persona juzgadora quien atienda todos los actos de una misma etapa, obligando a fiscalías estatales y a la Fiscalía General de la República a litigar ante autoridades que, en muchos casos, desconocían el expediente y el contexto probatorio construido durante meses de investigación.
Un sistema penal que ya arrastraba niveles de impunidad estructuralmente altos, no podía permitirse una pausa de aprendizaje en la judicatura sin pagar un costo directo en su capacidad de procesar y sancionar el delito.
La consecuencia inmediata es previsible: carpetas de investigación mejor construidas terminan estancadas por resoluciones judiciales inconsistentes, y policías e investigadores pierden el incentivo institucional de hacer bien su trabajo cuando la última instancia no logra sostener técnicamente lo que la primera instancia investigó.
Una ruta de corrección, no solo de denuncia
Criticar sin proponer sería incompleto.
Ya se discute en el debate legislativo sustituir el sistema de promedios mínimos por evaluaciones técnicas obligatorias a cargo de la Escuela Nacional de Formación Judicial, un ajuste que debería aplicarse con carácter vinculante y no simbólico antes de cualquier candidatura a juez penal.
A eso hay que sumar un mecanismo efectivo de exclusión para la elección de 2028 ante vínculos acreditados con el crimen organizado, distinto del actual umbral casi imposible de un auto de vinculación a proceso, y separar la elección judicial de los tiempos electorales políticos para reducir la dependencia de financiamiento y estructuras partidistas.
La reforma judicial no tiene por qué ser irreversible en sus errores: la pregunta es si el Poder Judicial, el Legislativo y el Ejecutivo tienen la voluntad de reconocer que la seguridad de México —no solo su relato institucional— depende de que quien imparte justicia sepa, efectivamente, impartirla.
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*Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5:25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx
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