Publicidad
Publicidad

“Este equipo sí nos representa”

Por un momento, ciudadanos de un mismo país que están enfrentados en el campo político olvidan sus diferencias y celebran la victoria juntos o se abrazan en la derrota.
"Este equipo sí nos representa"
Incluso en períodos tan volátiles como el actual la nación también puede ser un núcleo de cohesión social, creación de comunidad y celebración popular. El futbol ha arrojado luz sobre esta cualidad del nacionalismo, apunta Jacques Coste. (Foto: Michael M. Santiago/Getty Images)

Por motivos académicos, paso varios meses del año en Nueva York. Es aquí donde estoy viviendo el Mundial. Siendo un futbolero apasionado, al empezar el torneo sentí una tremenda frustración por no estar en México para compartir los partidos de la selección con mi familia y mis amigos, por no poder celebrar los triunfos del Tri en el Ángel de la Independencia y por no participar en la fiesta popular que se produjo en torno al equipo de Javier Aguirre (sí, yo también quería volar).

Publicidad

No obstante, como suele ocurrir con esta ciudad inagotable, Nueva York me terminó sorprendiendo. No hay otra urbe más global que esta. Aquí convergen migrantes de todo tipo y de todo el mundo, estadounidenses de los más variados orígenes y una diversidad inabarcable de personas. Más que un mosaico cultural, Nueva York es un hervidero, una amalgama efervescente e impredecible de gente sumamente diferente entre sí que de alguna manera logra convivir, y de esa interacción surgen prácticas culturales novedosas y un ambiente social vibrante.

Ver el Mundial en un entorno así ha sido una maravilla. Primero, porque hay aficionados de todos los países en esta ciudad. He visto a la comunidad marroquí celebrando las victorias de su equipo tomándose las calles de Queens y decenas de aficionados neutrales uniéndose a reconocer a un equipo que ha enamorado al mundo con su juego preciso, su garra y su total desparpajo al enfrentar a selecciones históricas.

He estado en un bar lleno de aficionados colombianos volcándose en aplausos y porras a Cabo Verde por su enorme coraje al enfrentar a Argentina, por llevar al equipo campeón del mundo a pedir la hora porque ya no podía más frente a la enjundia de los africanos. Y luego compartí con mis amigos colombianos en ese mismo bar el orgullo de ver a una selección que no para de atacar y que juega con una verticalidad y un vértigo que marean al rival.

Ya no aburro al lector y la lectora con más ejemplos anecdóticos, aunque hay muchos más. Pero estas vivencias ilustran dos fenómenos más amplios que despierta el futbol. El primero es el sentido de pertenencia a la comunidad nacional. A finales de los años 90, muchos intelectuales argumentaban que los nacionalismos perderían peso a favor de identidades cosmopolitas (sin afiliaciones nacionales claras) o se transformarían en un sentido de pertenencia cultural más amplio y confrontativo (Occidente vs. Oriente, por ejemplo). Eso no ha ocurrido.

“Este equipo sí nos representa”
Personas asisten a un evento público de proyección al aire libre para ver el partido inaugural de la Copa del Mundo entre México y Sudáfrica en Paseo Park, Nueva York, el 11 de junio de 2026. (Foto: Michael M. Santiago/Getty Images)

Lo que sí ha pasado es que la disputa por lo nacional (por los elementos que representan a una nación, por la imagen que proyecta ante el mundo y por el horizonte hacia el cual debería caminar) se ha intensificado en casi todo el mundo. En política, la batalla por lo nacional siempre está abierta, pero en períodos de polarización, recambio geopolítico y efervescencia social como el que vivimos, esta lucha se aviva y distintos movimientos políticos se apropian de los símbolos nacionales a favor de su causa, tachando de antipatriótico a quien no defiende los mismos valores, expectativas y visión del mundo.

Lo interesante, sin embargo, es que incluso en períodos tan volátiles como el actual la nación también puede ser un núcleo de cohesión social, creación de comunidad y celebración popular. El futbol ha arrojado luz sobre esta cualidad del nacionalismo: por un momento, ciudadanos de un mismo país que están enfrentados en el campo político olvidan sus diferencias y celebran la victoria juntos o se abrazan en la derrota.

Además, lo que subrayo de mi experiencia mundialista neoyorquina es que el Mundial está mostrando un emergente sentimiento de orgullo de pertenecer al Sur Global. En un momento histórico de imperialismo renovado, se percibe una sed de que los equipos “pequeños” le planten cara a las grandes potencias. Si en el campo geopolítico no se puede, por lo menos que ocurra en la cancha de futbol. Nunca antes había visto a aficionados latinoamericanos apoyando con tanto fervor a los equipos africanos o viceversa; jamás había percibido tanto entusiasmo por los triunfos de selecciones ajenas.

Publicidad

Finalmente, ver el Mundial desde Nueva York como mexicano también ha sido sumamente enriquecedor en otro sentido. Palpar lo que puede llegar a significar el Tri para la comunidad migrante en Estados Unidos fue muy conmovedor. Tras el triunfo de México contra Ecuador vagué por las avenidas de Queens, que más bien parecían las calles de afuera del Estadio Azteca: gente con playera verde gritando “México, México” y cantando “Cielito lindo” por todos lados, coches con el clásico pitido para apoyar a la selección, banderas nacionales ondeando desde los balcones y grupos bailando “La Chona”. Pero más allá de ese fervor, lo que más me conmovió fue escuchar a una señora mayor —de ojos cansados y manos callosas de tanto trabajar— que lo resumió todo: “Con qué ganas jugaron, qué equipo tan valiente. Este equipo sí nos representa”.

Antier México perdió contra Inglaterra y el Mundial abandonó nuestro país. Pero si la FIFA y Trump querían organizar un torneo exclusivo para los aficionados ricos, donde el orden social conservador (jerárquico y supuestamente armónico) que sueñan imperara, donde el nacionalismo excluyente se intensificara y donde sólo los equipos grandes ganaran en la cancha y las empresas transnacionales triunfaran fuera de ella, fallaron.

Lo que ha habido, más bien, es una fiesta popular del Sur Global y una muestra más de que el nacionalismo puede ser una fuerza peligrosa (de exclusión y supremacismo) pero también puede ser un motor de resistencia y solidaridad. Aquí puede estar el fermento de algo más grande cuando el Mundial termine, el futbol pase a segundo plano y las batallas políticas y geoestratégicas regresen al centro de la agenda.

____

Nota del editor: Jacques Coste es internacionalista, historiador, consultor político y autor del libro Derechos humanos y política en México: La reforma constitucional de 2011 en perspectiva histórica (Instituto Mora y Tirant lo Blanch, 2022). Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Publicidad

Newsletter

Los hechos que a la sociedad mexicana nos interesan.

Publicidad

MGID recomienda

Publicidad