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El lejano arte de la operación política

El arte de hacer política se perdió mucho antes de la llegada de la 4T al poder. La política como herramienta clave venía debilitada desde, al menos, la famosa alternancia de 2000 (incluso antes).
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Es urgente que la presidenta comprenda la importancia de la operación política, y busque operadores eficaces, que seguramente solo encontrará fuera de su entorno, considera Don Porfirio Salinas. (Cuartoscuro/Daniel Augusto)

Una de las características más importantes de la política mexicana, instaurada y consolidada durante el sistema hegemónico del siglo XX, era la operación política. La naturaleza misma de cómo se organizó el PRI, concebía a la operación como herramienta fundamental de gobierno.

Desde su creación en 1929 como PNR, el PRI buscaba aglutinar a los grupos más disímbolos de la sociedad como condición indispensable de gobernabilidad y de creación de identidad nacional, después de la cruda etapa de atomización social derivada de la Revolución.

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A lo largo de las siete décadas en el gobierno, se fueron estableciendo y fortaleciendo estructuras formales de diálogo, interlocución y negociación políticas con los distintos actores, empezando al interior del propio sistema, y por supuesto con los externos.

Así, se consolidaron canales claros de operación política, clave en la capacidad de los Presidentes en turno de gobernar, manteniendo estabilidad política y social. Por supuesto hubo etapas muy frágiles (los 60 y 70), pero en general el sistema fue eficaz en prevenir y controlar problemas.

El Partido mismo era uno de los medios principales. Al ser un crisol por naturaleza, y no un ente unipersonal, el PRI era un juego maestro de equilibrios. Era el primer frente con el que se tenía que negociar para mantener una unidad mínima de los grupos internos con el proyecto presidencial.

La presidencia y secretaría general del partido eran un primer balance de grupos; y esa dirigencia tenía que concertar con los líderes de los tres sectores formales (campesino, obrero y popular, antes militar), así como las dirigencias estatales y demás liderazgos políticos.

Hoy en la 4T, el “movimiento” es una mezcla amorfa de intereses encontrados y personalistas, diseñado en silos a propósito por AMLO, en sus propios estatutos, para evitar esa interlocución y así mantener su liderazgo unipersonal, en detrimento de la presidenta y su estabilidad política.

La Secretaría de Gobernación era la principal arma de operación presidencial, que con su histórica Subsecretaría de Gobierno, y la de Desarrollo Político, mediaban con gobernadores, actores sociales, liderazgos legislativos, partidos políticos (incluido el PRI), entre otros, en pro de la estabilidad.

Así es como se desactivaban, por ejemplo, las amenazas de bloqueos constantes de vías de comunicación torales por grupos sociales. Es, también, como se controlaban crisis políticas como la controversia reciente en Chihuahua, y los escándalos de gobernadores emanados del oficialismo.

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Los Coordinadores parlamentarios en ambas cámaras del Congreso eran otro factor. A través de ellos, y algunos vicecoordinadores clave, se promovía la disciplina partidaria con la agenda presidencial, mediante concesiones a los grupos internos, ya fuera presupuestales o legislativas, para sus agendas gremiales o sociales.

Y también a través de ellos se construía diálogo con los grupos legislativos opositores para tratar de legitimar las agendas. Particularmente a partir de 1988 que el PRI pierde mayoría calificada por primera vez (recuperada en 1991), y por supuesto a partir de 1997 que se pierde la mayoría simple.

El trabajo legislativo actual, además de profundamente deficiente, regresivo y desaseado, se ha vuelto un obstáculo para las agendas de la propia Presidenta, llegando a extremos de retrasar y paralizar iniciativas, en franco reto al Ejecutivo Federal.

En la oficina de la Presidencia de la República se tenía la figura de la Secretaría Particular, y después la Jefatura de Oficina, como un interlocutor directo del Presidente en turno, sobre todo para operación al interior de su gabinete y con algunos actores relevantes fuera del gobierno.

Actualmente se percibe un gabinete poco coordinado entre sí, pero más preocupante aún, poco alineado con las instrucciones presidenciales. El discurso público de la Presidenta, en tono más pragmático, no permea en acciones contundentes de su gabinete en el mismo sentido.

Adicionalmente, desde las secretarías del gabinete se llevaba un diálogo más focalizado muy importante con diferentes actores del país.

Una de las más importantes siempre fue Hacienda, desde donde por un lado se operaba con los representantes empresariales y los mercados; y por el otro, se complementaba la interlocución con los gobiernos estatales a través del presupuesto, acompañando las gestiones políticas de Segob.

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En el ámbito internacional, desde la SRE había oficio claro. Pero en particular, con Estados Unidos se tenían Embajadores políticos de muy alto nivel, capaces de tender puentes formales e informales con aquel país para evitar crisis bilaterales o actos sorpresivos, y amortiguar posibles desencuentros.

Evidentemente, este frente ha fallado de manera importante, permitiendo un suceso inaudito como la solicitud abierta de extradición del gobernador con licencia de Sinaloa, y un Senador de la República, entre otros. En parte, derivado de un error político interno previo en Chihuahua.

Por supuesto que el arte de hacer política en México se empezó a perder mucho antes de la llegada de la 4T al poder. La política como herramienta clave venía debilitada desde, al menos, la famosa alternancia de 2000 (incluso antes).

Fox no tenía capacidad. Calderón fue muy soberbio, aunque acotado por grandes liderazgos de oposición, particulamente Beatriz Paredes y Manlio Fabio Beltrones. Y EPN simplemente usó coerción y billetazos en lugar de negociación y diálogo. AMLO simplemente se impuso a rajatabla.

Lo que es claro hoy, es que no hay ni la infraestructura ni la capacidad de operación política. En parte, porque la Presidenta aún no desarrolla el colmillo necesario, pues su perfil nunca fue político; y en parte porque en su partido hay muchos lobos que solo son leales a sí mismos.

Eso hace ver a una titular del Ejecutivo muy sola. Batallando, sobre todo, con sus grupos internos; lo que le quita tiempo y atención para los otros actores que debe afrontar.

México, en la coyuntura internacional actual, y con las creciente problemáticas internas, no puede darse el lujo de seguir en esta ruta. Es urgente que la presidenta comprenda la importancia de la operación política, y busque operadores eficaces, que seguramente solo encontrará fuera de su entorno.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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