A lo largo de las siete décadas en el gobierno, se fueron estableciendo y fortaleciendo estructuras formales de diálogo, interlocución y negociación políticas con los distintos actores, empezando al interior del propio sistema, y por supuesto con los externos.
Así, se consolidaron canales claros de operación política, clave en la capacidad de los Presidentes en turno de gobernar, manteniendo estabilidad política y social. Por supuesto hubo etapas muy frágiles (los 60 y 70), pero en general el sistema fue eficaz en prevenir y controlar problemas.
El Partido mismo era uno de los medios principales. Al ser un crisol por naturaleza, y no un ente unipersonal, el PRI era un juego maestro de equilibrios. Era el primer frente con el que se tenía que negociar para mantener una unidad mínima de los grupos internos con el proyecto presidencial.
La presidencia y secretaría general del partido eran un primer balance de grupos; y esa dirigencia tenía que concertar con los líderes de los tres sectores formales (campesino, obrero y popular, antes militar), así como las dirigencias estatales y demás liderazgos políticos.
Hoy en la 4T, el “movimiento” es una mezcla amorfa de intereses encontrados y personalistas, diseñado en silos a propósito por AMLO, en sus propios estatutos, para evitar esa interlocución y así mantener su liderazgo unipersonal, en detrimento de la presidenta y su estabilidad política.
La Secretaría de Gobernación era la principal arma de operación presidencial, que con su histórica Subsecretaría de Gobierno, y la de Desarrollo Político, mediaban con gobernadores, actores sociales, liderazgos legislativos, partidos políticos (incluido el PRI), entre otros, en pro de la estabilidad.
Así es como se desactivaban, por ejemplo, las amenazas de bloqueos constantes de vías de comunicación torales por grupos sociales. Es, también, como se controlaban crisis políticas como la controversia reciente en Chihuahua, y los escándalos de gobernadores emanados del oficialismo.