Seguir en la inercia es un escenario negativo. El deterioro de la infraestructura, la captura sindical de plazas y ascensos, la preminencia administrativa sobre la supervisión y la asistencia técnica pedagógica, la enseñanza memorística, pasiva y fragmentada, así como la uniformidad y la obediencia como reglas de oro: todo ello augura la continuidad y agudización de los malos resultados en pruebas de desempeño, el abandono escolar sin concluir el ciclo medio superior y la desigualdad que reproduce las condiciones socioeconómicas de origen.
En el debate educativo que nos urge, la equidad en la calidad es clave, y con ella la atención al “eslabón más débil” en el sistema educativo: la educación media superior (EMS).
El enfoque de equidad educativa es indispensable porque las y los estudiantes de hogares con bajos ingresos y carencias, así como las escuelas en zonas de mayor pobreza y rezago social, requieren un esfuerzo especial, mayor. Las becas no son la solución: no modifican las condiciones de aprendizaje y, en el nivel medio superior, en la práctica no están revirtiendo la tendencia de abandono.
Junto con las buenas noticias sobre la reducción de la pobreza difundidas por Inegi en agosto pasado, las cifras de la medición multidimensional mostraban datos alarmantes: el rezago educativo de la población entre 12 y 29 años —la edad del avance escolar— pasó del 16% al 23% entre 2016 y 2024: un incremento del 43%. En ese mismo periodo, el porcentaje de jóvenes de 16 a 21 años —edad para terminar la EMS e iniciar la educación superior— que ya no asiste a la escuela subió del 36% al 49%. Casi la mitad de los jóvenes en ese rango de edad ha abandonado las aulas (Inegi, Pobreza multidimensional 2024).
La deserción sin concluir el bachillerato afecta en mayor medida a adolescentes y jóvenes de menor ingreso. Si bien hay abandono en todos los niveles socioeconómicos, la magnitud es muy distinta. Entre los 15 y 17 años —edad típica para cursar la EMS—, el 76% permanece en la escuela. Sin embargo, ese promedio oculta que el 95% de los jóvenes de hogares de mayor ingreso (decil X) sigue estudiando, mientras que solo el 59% de los de menor ingreso (decil I) lo hace. Para la edad típica de inicio de la educación superior (18 a 20 años), la brecha se vuelve abismo: 69% en jóvenes de mayor ingreso continúa en la escuela, frente a apenas 24% en los de menor ingreso.