Durante décadas, la presencia de mujeres en los espacios de poder en México fue una anomalía que se celebraba como excepción. Hoy, el escenario es distinto, mujeres ocupan posiciones estratégicas en la arquitectura institucional del país —Claudia Sheinbaum Pardo, Presidenta de la República; Kenia López Rabadán y Laura Itzel Castillo, presidentas de la Cámara de Diputados y de la Cámara de Senadores, respectivamente; Clara Brugada Molina, Jefa de Gobierno de la Ciudad de México; Eréndira Cruzvillegas Fuentes, Consejera Jurídica del Gobierno de la Ciudad de México, entre otras titulares de áreas jurídicas clave— y esa acumulación de liderazgo no es un dato menor ni una coincidencia histórica. Es el resultado de luchas largas, de cambios culturales y de una reconfiguración del poder que todavía incomoda a muchos.
Marzo con M de mujeres empoderadas
La pregunta relevante ya no es si las mujeres pueden gobernar, sino qué implica que lo hagan en un país profundamente desigual, donde ser mujer sigue siendo un factor de desventaja estructural porque el acceso al poder no garantiza, por sí mismo, transformaciones automáticas en favor de las mujeres como grupo; sin embargo, sí abre una ventana inédita para que ciertas agendas dejen de ser periféricas y se vuelvan estratégicas.
Cuando mujeres lideran el Ejecutivo, presiden el Congreso o toman decisiones jurídicas de alto impacto, cambian las prioridades, los énfasis y, en muchos casos, las preguntas que se ponen sobre la mesa. No porque exista una “esencia femenina” en la política, sino porque la experiencia de vivir en desventaja modifica la manera de leer la realidad. Temas como las labores de cuidado, la violencia de género, la conciliación entre vida laboral y personal, la salud reproductiva o la brecha salarial ya no son asuntos sectoriales, sino que se conectan con productividad, crecimiento económico, estabilidad social y competitividad.
Para quienes observan la política desde la economía o las finanzas, esto es crucial. Países que excluyen sistemáticamente a más de la mitad de su población de la toma de decisiones no solo son injustos, también son ineficientes. La evidencia internacional muestra que organizaciones y gobiernos con mayor diversidad toman mejores decisiones, gestionan mejor el riesgo y tienen una visión más sostenible del largo plazo. En ese sentido, la llegada de mujeres a cargos estratégicos no es una concesión simbólica, sino una inversión institucional.
Marzo, como mes de conmemoración del “Día Internacional de las Mujeres”, suele polarizar el debate entre celebración y protesta. Pero quizá el punto más relevante sea el hecho que la representación importa cuando se traduce en capacidad real de incidencia. Y hoy, en México, las mujeres en el poder están siendo observadas con una lupa doble, es decir, se les exige más, se les juzga más y se les responsabiliza no solo de sus decisiones, sino de su género.
Ese escrutinio adicional es parte del costo de romper techos de cristal. La clave estará en que esta generación de liderazgos no sea la excepción que confirma la regla, sino el inicio de una normalidad distinta; una realidad donde el poder ya no tenga un rostro predominantemente masculino y donde las políticas públicas incorporen, de manera estructural, la perspectiva de quienes históricamente quedaron fuera.
Este proceso; sin embargo, no está exento de tensiones. La mayor visibilidad de las mujeres en el poder también ha detonado resistencias abiertas y sutiles, esto es, desde la descalificación constante de sus decisiones hasta la violencia política en razón de género, que busca minar su legitimidad y disuadir a otras de seguir el mismo camino. El poder, cuando cambia de manos, rara vez lo hace sin fricciones. Por eso, más allá de los nombres y cargos actuales, el reto central es construir condiciones institucionales que protejan y consoliden estos avances.
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Además, resulta fundamental no perder de vista la diversidad entre las propias mujeres. No todas llegan al poder desde las mismas trayectorias ni enfrentan las mismas barreras. Las brechas de clase, origen étnico, orientación sexual o territorio siguen marcando diferencias profundas. La representación efectiva no puede limitarse a ocupar espacios, sino que debe reflejar esa pluralidad y traducirse en políticas que reconozcan las múltiples formas de desigualdad que atraviesan a las mujeres en México.
Marzo, entonces, puede leerse no solo como un mes de memoria o reivindicación, sino como un recordatorio incómodo de las tareas pendientes. Las mujeres no están llegando al poder, sino que están redefiniéndolo. Y en esa redefinición se juega tanto la agenda de género, como la calidad misma de nuestra democracia y la viabilidad de un país que aspire a ser más justo, más eficiente e incluyente.
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Nota del editor: Alba Yaneli Bello es jueza de distrito en retiro. Síguela en Instagram como @Lalicbello Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.
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