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Love is in the air

¿Qué responsabilidad tiene el ecosistema económico en una sociedad donde el amor se mercantiliza, pero el cuidado no se garantiza?
mié 11 febrero 2026 06:05 AM
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Este mes nos confronta con una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de amor estamos dispuestos a promover como sistema económico? Uno que se celebra un mes al año, o uno que se traduce, todos los días, en condiciones de vida más justas, plantea Alba Yaneli Bello. (Foto: Andrea Murcia Monsivais/Cuartoscuro)

Mientras los escaparates se tiñen de rojo, las marcas afinan campañas de “amor y amistad” y las plataformas digitales optimizan algoritmos para vender flores, joyas o escapadas románticas, la realidad social recuerda, con datos duros y noticias persistentes, que la violencia de género no se toma vacaciones ni entiende de romanticismo.

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Esta contradicción no es sólo cultural o moral, sino también económica, empresarial y tecnológica y, por eso, merece ser analizada más allá del lugar común que enfrenta “romanticismo” contra “realidad”. El problema no es que exista una industria del amor en este mes en específico, el problema es que convive con una normalización estructural de la violencia que permea hogares, centros de trabajo, espacios digitales y decisiones de política pública.

Desde una lógica económica, en febrero el consumo se activa apelando a vínculos afectivos, promesas de cuidado, pertenencia y validación. Dicho de otro modo, no se vende un objeto, sino la idea de ser amado, de cumplir expectativas, de no fallar. Sin embargo, ese mismo modelo de incentivos rara vez cuestiona los roles de género que reproduce. Al contrario, muchas campañas siguen ancladas en narrativas donde el hombre provee, la mujer recibe y el amor se mide en capacidad de compra. No es violencia explícita, pero sí refuerza relaciones asimétricas de poder.

Mientras tanto, los indicadores de violencia de género como feminicidios, agresiones, acoso laboral y violencia digital siguen siendo alarmantes. Y aquí aparece una tensión que el sector empresarial y tecnológico suele esquivar: ¿qué responsabilidad tiene el ecosistema económico en una sociedad donde el amor se mercantiliza, pero el cuidado no se garantiza?

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Empresas que celebran el “mes del amor” con dinámicas superficiales, pero ignoran denuncias internas de acoso, brechas salariales o sesgos en promociones, están enviando un mensaje claro: el romanticismo es marketing; la seguridad y la dignidad son cuestiones que atender, mas no una prioridad. En un entorno donde inversionistas, consumidores y colaboradores observan cada vez más la coherencia entre discurso y práctica, esa incongruencia ya no es invisible.

La tecnología amplifica esta paradoja. Las mismas plataformas que facilitan conexiones afectivas, como apps de citas, redes sociales y mensajería, son también canales donde se ejerce violencia digital: stalking, difusión de contenido íntimo y amenazas, entre otros. El diseño de estos sistemas no es neutral y, mientras el “amor” genera clics y datos valiosos, la violencia se gestiona como un problema colateral, no como una falla estructural del modelo.

Desde el emprendimiento, febrero suele ser visto como una oportunidad comercial y lo es, pero también es un termómetro; es decir, los proyectos que sólo replican fórmulas románticas sin cuestionarlas están compitiendo por más mercado; en cambio, los emprendimientos que entienden el contexto social y, a su vez, incorporan narrativas de relaciones sanas, corresponsabilidad, autonomía económica y cuidado mutuo, están construyendo valor de largo plazo.

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El punto central no es cancelar el romanticismo, sino desromantizar la violencia. Y eso implica asumir que el amor no puede seguir siendo un concepto rentable hacia afuera y frágil hacia adentro. Para México, un país con profundas desigualdades y una violencia de género persistente, esta discusión no es culturalmente secundaria, sino estratégica.

Las economías más resilientes son aquellas donde las relaciones, tanto personales, como laborales y comerciales, se sostienen en confianza y seguridad. No hay innovación sostenible en contextos de miedo. No hay productividad real cuando una parte de la población vive en alerta constante. Y no hay marca, compañía o tecnología que pueda aislarse indefinidamente de la sociedad que la rodea.

Este mes nos confronta con una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de amor estamos dispuestos a promover como sistema económico? Uno que se celebra un mes al año, o uno que se traduce, todos los días, en condiciones de vida más justas. La respuesta, aunque no siempre romántica, está en cada uno de nosotros como parte de la sociedad a la que pertenecemos.

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Nota del eitor: Alba Yaneli Bello es jueza de distrito en retiro. Síguela en Instagram como @Lalicbello Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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