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¿Implosión sucesoria?

En la breve historia de la democracia mexicana, ningún presidente había encarado su proceso de sucesión con un partido tan flagrantemente desinstitucionalizado como Morena.
mar 13 julio 2021 06:02 AM
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Silla presidencial de AMLO.

Desde que México es una democracia ningún presidente ha conseguido que su “tapado” lo suceda en el cargo; vaya, algunos ni siquiera han logrado que sea el candidato de su propio partido.

En las elecciones del 2000, Vicente Fox se impuso sobre Francisco Labastida, quien había ganado la candidatura del PRI tras la elección primaria al interior de dicho partido que promovió el presidente Zedillo. En las de 2006, Felipe Calderón le ganó la candidatura del PAN a Santiago Creel, quien abiertamente era el candidato del presidente Fox. En 2012, Josefina Vázquez Mota fue la candidata del PAN, a pesar de que Ernesto Cordero era el preferido del presidente Calderón. Y en 2018, Andrés Manuel López Obrador derrotó al candidato del presidente Peña Nieto, José Antonio Meade. Cuatro sucesiones, cuatro “tapados”… y ninguno presidente.

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Iba a escribir que esa es otra de las muchas cosas sí que cambiaron con la transición, pero no, no exactamente. Porque a pesar de la mitología que todavía existe en torno al viejo sistema político mexicano, lo cierto es que los presidentes de entonces tampoco escogían soberanamente, conforme a su libre albedrío y a plena voluntad, a sus sucesores. Varios estudiosos del presidencialismo mexicano lo han explicado de uno u otro modo (pienso, por ejemplo, en Rafael Segovia, Soledad Loaeza, Rogelio Hernández, Raymond Vernon, Luis F. Aguilar, Jorge Carpizo o hasta Jorge G. Castañeda): la “clave” del papel de los presidentes en los procesos de sucesión no era imponerse a rajatabla sino saber reconocer restricciones, medir fuerzas, ponderar necesidades y negociar con múltiples intereses, lo mismo de aliados que de adversarios.

Porque como escribió Alberto Arnaut en 1995: “El poder presidencial nunca fue un poder absoluto, a pesar de ser el gran árbitro de última instancia en la vida política nacional. Lo más que se ha dicho es que el presidente ha sido una especie de monarca sexenal. En la realidad siempre fue el centro de una compleja maquinaria política basada en las normas escritas y no escritas del sistema, las cuales, como todas las normas, terminan imponiendo severos límites a todos los actores políticos, incluido el presidente de la República. Entre las normas escritas sobresalen el principio de no reeleccion y el sistema federal de gobierno. Y entre las no escritas, la compleja relación entre los presidentes en turno y el partido dominante, las organizaciones sociales partidarias y extrapartidarias”.

Aquella “compleja maquinaria política” implicaba, a su manera y con todos los asegunes propios de su carácter autoritario, una cierta institucionalidad: organizaba la competencia, encauzaba el conflicto, estabilizaba las expectativas. Los presidentes emanados de aquel viejo PRI, con todos sus defectos, lo entendían y lo acataban. Incluso los que trataron de desafiarlo, terminaron, por las buenas o las malas, acatándolo. Aunque los acotara (o tal vez precisamente por eso).

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Ningún presidente en la breve historia de la democracia mexicana había adelantado tanto su proceso sucesorio como ahora parece estar haciéndolo López Obrador. Ni tampoco ninguno había encarado dicho proceso con un partido tan flagrantemente desinstitucionalizado como Morena. No es ninguna casualidad, es el tipo de partido que más le conviene al estilo de liderazgo que ejerce López Obrador, pero no por eso deja de ser inquietante. Porque los tiempos son muy prematuros, la disputa promete ser despiadada y conforme avance el sexenio el poder del presidente será cada vez menor.

No es un asunto que competa solamente a los lopezobradoristas. A fin de cuentas, Morena es el partido en el poder. Y la posibilidad de que las pugnas entre sus distintos grupos se salgan de control, de que las ambiciones desborden las normas escritas y no escritas, de que no haya claridad respecto a los límites, impactará en la marcha del gobierno en su conjunto. Que de por sí, la verdad, no va nada bien…

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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