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#ColumnaInvitada | Dejar todos los antecedentes posibles

El presidente López Obrador quiere derrumbar el viejo sistema de gobierno impulsando nuevos símbolos, sentando la mayor cantidad de puntales posibles como cimiento de la Cuarta Transformación.
jue 30 julio 2020 11:00 AM
AMLO y la cuarta transformación.jpeg
El presidente está tratando de desmantelar un viejo sistema de gobierno.

En “La Víspera”, el ingeniero Manuel Miranda, el personaje que interpreta el extraordinario actor mexicano Ernesto Gómez Cruz, se pasa la película esperando la llamada del presidente electo un día antes de su toma de posesión, con la esperanza de regresar como secretario después de dos sexenios de vivir fuera del gabinete.

Lo que parece una designación segura, pasa a la desesperación del político que sale de la rueda de la fortuna que es el sistema de gobierno al que estábamos tan acostumbrados antes de que iniciara la administración actual.

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Ese mismo que el presidente Andrés Manuel López Obrador quiere derrumbar, impulsando nuevos símbolos, sentando la mayor cantidad de puntales posibles como cimiento de la transformación que abandera y dejando, en caso de emergencia, todos los antecedentes que sean necesarios para que no olvidemos.

A pesar de la enorme confianza que tiene en la mayoría de la gente, López Obrador sabe que nuestra memoria es débil y nuestra participación cívica lo es aún más. Hasta hace poco, nuestra contribución con la democracia era acudir cada seis, a lo mejor cada tres, años para votar en elecciones que de antemano considerábamos arregladas o bajo acuerdos de una cúpula poderosa rodeada de intereses que no tenían nada que ver con los del resto.

Durante muchas mañanas el propio presidente ha alabado el cambio y el despertar de las conciencias de los 30 millones de votos que lo llevaron al poder, aunque también se ha dicho sorprendido de que se diera. Con frecuencia recuerda ante la prensa sus luchas de 30 años antes, en Tabasco, y los puntos de quiebre que fueron los comicios presidenciales de 2006 y 2012, donde sus adversarios y enemigos lograron la cohesión en su contra que les faltó hace dos años.

Toca la madera el podio para conjurar un posible regreso del conservadurismo, su término que sintetiza la corrupción, la impunidad y la hipocresía de un sistema político y económico que busca debilitar hasta desparecerlo, mientras nos acostumbra a nuevas reglas sociales que condenen los abusos del pasado y eviten que en el futuro se repitan.

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Para sus críticos son meras distracciones, pero dudo que en privado lo crean. Saben bien que los cambios reales estriban en sustituir las costumbres por hábitos nuevos, un ejercicio particularmente difícil para una sociedad desigual, dividida y en condiciones precarias de educación, salud, oportunidades y desarrollo.

Por eso su método choca tanto con quienes detentaban antes las decisiones públicas e influían en todos los niveles del gobierno. Empoderar de abajo hacia arriba es la amenaza más grande que un sistema piramidal como el nuestro puede tener y cada acción que toma el presidente de la República va precisamente en esa dirección.

Tal vez es su certeza sobre los principios morales de una gran parte de ciudadanas y ciudadanos o es una idea basada en la historia de nuestra nación de que sacamos lo mejor de nosotros mismos en los peores momentos (y este de la pandemia es uno de ellos), lo cierto es que los peldaños que crujen en su gobierno son los de arriba de una escalera social que hace mucho tiempo dejó de permitir el ascenso de la mayoría.

No es solo la llegada de Emilio Lozoya, ejemplo perfecto del tipo de administradores que hemos tenido durante 50 años, o la conferencia con un enorme avión de fondo que jamás debió comprarse, porque nunca iba poder venderse, de tanto lujo con el que fue adquirido, se trata de no dejar ningún tabú sin mencionar, ningún escondite para que la doble moral tan arraigada en nosotros se oculte y no haya olvido, aunque sí un probable perdón, de aquellos que la historia acomodó y acomodará como culpables del deterioro de un país que enloquece a un profesor de física argentino porque no es potencia a pesar de sus recursos.

Tan sencillo que era explicarle el pésimo chiste acerca de la decisión celestial de poner a la abundancia y a los mexicanos en un mismo sitio o la moraleja del cuento de la cubeta abierta con cangrejos nacionales que nos marcaron por generaciones.

Es decir, por increíble que les parezca a sus detractores, López Obrador tiene mucha más fe en la gente, en particular los segmentos que él llama “el pueblo”, que la que tenemos en nosotros mismos y su apuesta es dejar los cambios que propone en los hombros de mujeres y hombres que puedan rechazar cualquier intento de regreso al pasado, no importa en qué parte de la pirámide se encuentren.

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Por eso su discurso insistente, machacón, acerca de la bondad de las personas, el bien al prójimo y la preocupación por otros benefactores que no sean cosas materiales. Es el mismo que cada domingo se puede recibir desde las iglesias y los templos religiosos, con la diferencia que esos no pudieron cambiarnos mucho por lo visto.

Esa parece ser su auténtica transformación, una muy difícil si tomamos en cuenta la poca confianza que tenemos en nuestras virtudes y el absoluto convencimiento con el que reafirmamos nuestros defectos.

Sin embargo, el presidente está decidido en apostar a muchos de las y los mismos que creyeron las mentiras sobre él en 2006, apoyaron el regreso de uno de los grupos de políticos más corruptos de la historia en 2012, el peso de su legado de transformación, junto con su base leal y algunas generaciones que han visto un mejor horizonte que el que vimos los que aún recordamos la película de 1982 de Alejandro Pelayo o el que vivieron nuestros padres y abuelos. La gran pregunta es si estaremos a la altura.

"Va a haber grito y va a haber desfile" | #EnSegundos

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Nota del editor: las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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