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#ColumnaInvitada | Oportunidad perdida

En esta administración, viajamos en un tren que ya vemos el inminente accidente, por eso nos toca tomar acciones para, de entrada, desconectar los vagones del convoy que va directo al precipicio.
mar 21 abril 2020 06:45 AM
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Juan Francisco Torres Landa R. es miembro del Comité Directivo de UNE México.

“Éramos muchos y parió la abuela”, refrán popular.

Vaya que 2020 ha sido un año inédito. Sumado a una coyuntura ya complicada en el ámbito internacional, llegó la pandemia del COVID-19 y todo se complicó aún más. Si en otros países la situación se salió de control, en el caso de México nos tomó en las peores posibles circunstancias: economía en caída, certidumbre para inversiones inexistente, absoluta cerrazón del gobierno para modificar sus planes económicos, fondos de contingencias en gran medida ya disminuidos por gastos diversos desde 2019 y a la fecha, sistema de salud destruido, sin presupuesto y con una institución como INSABI sin estructura y reglas de operación. Y ahora que estemos en la fase más crítica del padecimiento –con la Fase 3 ya decretada (muy a pesar de lo que querían hacer hasta hace algunas semanas)– vale la pena entender donde estamos y hacia dónde vamos.

Al presidente y su 4T les llegó pronto el deceso de su impulso. Una pésima noticia para él y sus seguidores (los que aún lo son, más por obstinación y sujeción que otra cosa), pero no como resultado de una mala coyuntura o mala suerte. Más bien porque no se supo utilizar el enorme capital democrático y la fuerza política para elevar las posibilidades de éxito en sus distintos proyectos, mismos que se enmarcaron en la oferta electoral que tuvo un apoyo masivo en julio de 2018.

Mucho se ha escrito por distintos politólogos, catedráticos, expertos y articulistas respecto a las fallas en que ha incurrido el presidente desde que tomó posesión (e incluso desde el 2 de julio de 2018 en que iniciaron a tomar decisiones), pasando por cuestiones como la cancelación del aeropuerto de Texcoco, la decisión de construir Dos Bocas y el Tren Maya, la cooptación de entes reguladores, la designación de incondicionales (y personas sin méritos para ocupar esos cargos) en puestos claves, la vulneración en el proceso del nombramiento de la presidenta de la CNDH, el uso clientelar del presupuesto federal, la ausencia de uso de expertos o incluso del propio gabinete para la toma de decisiones complejas, la cancelación de rondas petroleras y del uso de fuentes de energía renovable, el Culiacanazo y la liberación de Ovidio Guzmán, y en general la incapacidad para administrar las tareas de gobierno, aún las más básicas de las cuales depende en gran medida la marcha de la economía.

Pero a pesar del enorme alud de problemas y pifias desde el arranque del presente sexenio, ha habido múltiples avisos en distintos momentos (incluso en mi caso en entregas previas hemos hecho alusión a tales oportunidades) sobre la necesidad de enmendar el camino y evitar una abrupta conclusión a sus planes de lograr mejorar la economía del país, favorecer a los pobres, no hacer nada fuera de la ley, y de ser considerado un buen presidente. Sin embargo, dichos llamados han sido ortodoxamente ignorados como si todos los expertos no tuvieran algo de razón, y a pesar de saber que en el círculo cercano al presidente (incluyendo miembros del gabinete, que aunque no se crea sí existe) las señales de alarma fueron creciendo en tamaño e intensidad.

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En los últimos meses y semanas se fueron complicando las cosas en forma incremental. Hubo eventos críticos que han marcado indeleblemente el destino de la presente administración. Aquí van algunas de esas referencias crudas y objetivas:

1. La convocatoria, el miércoles 12 de febrero, a los capitanes empresariales del país, pero no para lograr acuerdos de cómo llevar a cabo las grandes inversiones que se requieren para la generación masiva de empleo, infraestructura y desarrollo, sino para mostrar la sumisión y entrega al capricho que supone la realización de una innecesaria y absurda rifa de un avión que no se puede rifar.

2. La decisión del presidente de no solamente no avalar, sino incluso descalificar y tratar de reducir el legítimo reclamo de millones de mujeres en el país (ellas representan el 52% de la población total del país) que siendo objeto de una violencia y crueldad crónica por años, decidieron poner un alto y mostrar su músculo en los movimientos de marcha del 8 de marzo y de ausencia del 9 de marzo.

3. La cancelación de la planta cervecera de Mexicali (a través de encuesta patito) que el 22 de marzo marcó el final de cualquier posibilidad de entendimiento de México como un país destino con certeza para inversiones extranjeras y que condena al país a una obligación de resarcir los daños de tal decisión arbitraria y que seguramente serán en exceso de los US$1,500 millones de la inversión directa (como si nuestro país estuviera en capacidad de estar haciendo frente a este tipo de pagos cuando tenemos enormes necesidades y carencias).

4. El saludo presidencial el domingo 29 de marzo a la madre del narcotraficante más conocido y que hoy purga prisión vitalicia en Estados Unidos, lo que implicó la visión clara de sumisión del Estado Mexicano a los poderes del crimen organizado (ofendiendo así a las Fuerzas Armadas, y también a las miles de víctimas y familias que han padecido en carne propia el impacto de la violencia y la inseguridad en todo el país).

5. La nula reacción y propuesta de un acuerdo nacional para llevar a cabo una respuesta concertada ante el embate de salud y económico que supone la pandemia, resultando en que el presidente, en forma inverosímil, decidió el domingo 5 de abril hacer un planteamiento de reiterar sus planes de gobierno como si nada estuviera ocurriendo en México y en el mundo (tan sólo en México con un impacto brutal por una devaluación de $19 a $25 pesos por dólar, la caída del valor de petróleo mexicano a niveles inferiores a US$1 e incluso ya un valor negativo (así de increíble), y una expectativa de caída en el PIB para 2020 del orden de entre 6 y hasta 12 puntos porcentuales).

Para mejor explicar este tema, me gustaría hacer alusión al ejemplo de que el presidente, al ganar la elección y tomar posesión, se montó en un tren para conducir al país al destino final de mejoría, pensando en que la posibilidad de obtener mejores resultados es factible, y que las promesas de combate a la corrupción, impunidad, e inseguridad serían reales. Sin embargo, a la luz de las decisiones equivocadas que se fueron tomando y en particular los más recientes acontecimientos, llegamos a una situación en que frente a las Y’s en el camino el presidente se ha obstinado en tomar siempre la ruta equivocada.

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Las decisiones tienen consecuencias. En la ruta final del trayecto a cargo del maquinista que comanda el tren y todos sus vagones, se van agotando las estaciones de suministro, y las desviaciones en el camino que pueden llevar a un destino a todos los pasajeros sanos y salvos. De hecho, en la mayoría de las intersecciones en que tendría que haber tomado el curso recomendado por expertos y asesores competentes, ha seguido empedernido por lo que le dicta su obstinación (curiosamente en la gran mayoría de las veces optando por ir a la derecha en temas tan sensibles como el de abandonar a su suerte en la actual pandemia a más de 100 millones de habitantes que no caben en sus programas clientelares y que según el presidente se tendrán que encontrar sus propias soluciones en el mercado –una solución propia de un gobierno de derecha extrema).

Así las cosas, además de las equivocadas decisiones en cuanto al rumbo de la máquina, ahora con el COVID-19 el efecto ha sido el de que ya se divisan los puentes que se han derrumbado a unos cuantos metros frente a la locomotora, y en lugar de repasar las circunstancias para tomar decisiones distintas, el maquinista nos dice que por su persistencia va a acelerar y no escuchará opiniones de los “adversarios” que le sugieren cambios. Ante tal osadía los pasajeros en el tren que ya vemos el inminente accidente nos toca tomar acciones para, de entrada, desconectar los vagones del convoy que va directo al precipicio, porque no tiene sentido irnos todos en el desenfrenado proceder de quien nos quiere llevar con él. Estamos, de hecho, obligados a advertir del riesgo a los del vagón más cercano a la máquina para que abran los ojos ante las vías que pronto desaparecerán. En los vagones de empresarios, estudiantes, campesinos, amas de casa, trabajadores, sindicatos, ciudadanos y demás sectores sociales ha llegado el momento de no seguir en la ruta del desastre. Se agotó el diálogo, y ahora toca evitar que el desastre sea generalizado y los daños irreparables.

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En resumen, se puede afirmar lisa y llanamente que el sexenio ya terminó (Macario Schettino dixit) y la oportunidad de haber hecho las cosas bien ya no regresará. Qué lastima por quien pudo haber hecho una gran diferencia en la tarea de gobernar. Sin embargo, nunca entendió que la campaña ya había terminado, y que tocaba gobernar para todos, hacerlo dentro del marco de la ley, y no abusar de la confianza que el voto le confirió a él y los suyos al haberles concedido no solamente la presidencia, sino también el control del Congreso Federal y muchos locales. El problema es que el presidente decidió no escuchar y en su lugar ha procedido con una terquedad irresponsable.

La oportunidad se perdió y ahora toca a la ciudadanía y otros sectores el tomar las decisiones y realizar las acciones para reducir daños y contener las adversidades, aún y cuando esto implique ver como la máquina y maquinista se van al precipicio por no ver el puente destruido en un error que solamente puede ser atribuible a ellos mismos. La historia emitirá el veredicto final. El problema es que el puente destruido y la velocidad de aproximación del tren no dan margen de maniobra para un resultado muy distinto a una colisión grave con cifras muy serias de deterioro. Ante la ausencia de gobierno toca a la ciudadanía y otros sectores actuar. Ahora es cuando.

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Notas del editor: Juan Francisco Torres Landa es secretario general de México Unido Contra la Delincuencia y socio del despacho Hogan Lovells BSTL.

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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