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¿Por qué nos arde el 2 de octubre?

El 2 de octubre es una herida abierta; el oscurantismo de la información de aquel 2 de octubre de 1968 tiene secuelas hasta nuestros días, asegura Caleb Ordóñez.
mié 02 octubre 2019 06:00 AM
Caleb Ordóñez promo
Abogado, comunicador y especialista en Periodismo digital por la Universidad Complutense de Madrid.

Los estudiantes tomaron las calles de la Ciudad de México. Una marcha de miles de jóvenes se convertiría en la masacre más despiadada que el país tenga memoria. En una sinfonía de llanto, balas y gritos suplicando por auxilio.

Era 2 de octubre de 1968. Esa tranquila tarde, la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, sería el lugar del sacrificio de los estudiantes, pero también de los obreros, campesinos, vecinos y otros cientos de mexicanos, incluidos niños, que apoyaban a los colegiales.

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Los granaderos y el Ejército llegaron a rodear y emboscar a los manifestantes, quienes sólo tenían libros y pancartas y exigían ser escuchados, en medio de un país que era cada vez más conocido por su intolerancia hacia los jóvenes, por la violencia de las policías, por el temor del presidente Gustavo Díaz Ordaz ante la posibilidad de una rebelión mayúscula y por la cercanía de unos Juegos Olímpicos que serían televisados y proyectados satelitalmente por primera vez en la historia.

De pronto, en medio de la tensión y la oscuridad que reinaba en Tlatelolco, el sonido local fue silenciado. Luego de escucharse los sentidos discursos, los miles de rostros se levantaron para ver un helicóptero, ese maldito helicóptero, que dio la señal a través de una luz verde, para abrir fuego en contra de los presentes. Entonces, los tanques de guerra y las patrullas de los policías se movilizaron para entrar y descomponer con cruenta impetuosidad. La orden era disuadir la manifestación, llevar presos a los muchachos o, si era necesario, utilizar toda la fuerza del Estado para contenerlos, o sea, ejecutarlos a sangre fría.

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Los mares de gente corriendo por sus vidas, los gritos llenos de terror y los soldados trotando asesinando a los manifestantes, acorralándoles para que se dirigieran a una sola dirección, estaban cercados. Desde el edificio Chihuahua, un grupo de francotiradores disparaba a todo lo que veía, incluso a los mismos soldados. Eso era un mar de sangre, una barbarie inhumana.

La gente tropezaba con los muertos. Los rostros ensangrentados y los cuerpos baleados cada vez era mayor.

Quienes estuvieron ahí y tuvieron la suerte de sobrevivir, lo cuentan con la herida más abierta que nunca, con las lágrimas de coraje, tristeza y frustración".

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Esa noche, casi todos los líderes del movimiento fueron capturados, llevados a lugares desconocidos, obligados a desnudarse y sufrir golpizas.

Han pasado 51 años después de la masacre y todavía no sabemos lo que realmente ocurrió; ¿quiénes eran los francotiradores?

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No sabemos el número de muertos exacto. El gobierno dijo que habían sido siete, la realidad es que fueron cientos.

Sólo sabemos que el espíritu genocida de “La Changa” Díaz Ordaz se hizo presente para convertir a la Ciudad de México en un infierno.

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Una herida abierta

El oscurantismo de la información de aquel 2 de octubre de 1968 tiene secuelas hasta nuestros días. No es un evento trágico más, en la historia del país. Va mucho más allá.

México nunca volvió a ser el mismo; sin embargo, no para reivindicar su historia o salvarse de la cruenta injusticia, sino que se fue convirtiendo en una fosa gigante, en un misterio de miles de mujeres y hombres desaparecidos.

Hasta el año 2000, los mexicanos expulsaron al PRI de los pinos, se decidieron por el panista Vicente Fox. Tuvieron que pasar 18 años, para que un izquierdista llegara al poder: Andrés Manuel López Obrador, con un triunfo absoluto. Aunque algo no ha cambiado: la masacre de Tlatelolco se mantiene impune.

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Aún reina el silencio creado, la tensión infinita, el temor en las calles, los ríos de sangre perpetuados por los grupos delincuenciales en todo el país.

No, el 2 de octubre “no se olvida”, porque sigue viviendo como una herida abierta.

Como dice el periodista Sergio Aguayo: “Tlatelolco se volvió un símbolo del deseo colectivo de conseguir justicia”. Y es que muy pocos mexicanos pueden sentirse con la justicia de su lado a 51 años de la matanza. Porque siguen doliendo las masacres de Acteal en Chiapas, Villas de Salvárcar en Ciudad Juárez, TlatLaya en el Estado de México, San Fernando en Tamaulipas. Las miles de mujeres asesinadas a lo largo y ancho de la República.

La herida esta abierta de los estudiantes de Ayotzinapa, entre otros miles de crímenes sin resolver, entre miles y miles de expedientes que nunca obtendrán justicia".

Porque en México se cree que la sangre de los inocentes puede ser borrada con jabón y cambiando de tema. Pero arde el sentimiento de impunidad, ese que reina en los tribunales y que la corrupción ha secuestrado, haciendo rehenes a todos los ciudadanos.

Por eso la gente sigue y seguirá recordando el 2 de octubre de 1968 con ira y sin perdón. Por eso será imposible olvidar lo sucedido. Porque hoy en día, aún los más jóvenes, tienen el anhelo y ensueño de ver un país que se recupere de sus propia degradación. Tienen hambre de saber la verdad.

Por eso, debemos gritar una y otra vez “¡no se olvida!”, porque recordar nos hace partícipes de la lucha de quienes perdieron la vida. Gritamos “¡no se olvida!” para decirle al gobierno que tenemos memoria histórica y jamás aceptaremos más mentiras, desinformación y abusos cometidos por el Estado. Gritamos “¡No se olvida!” para mitigar el dolor de todo un país.

El 2 de octubre no solo es un día para reflexionar y recordar. Es para actuar, para reconocer que es nuestro silencio el causante de nuestro temor. Que la valentía no ha pasado de moda y lo más importante, que no debemos endosar nuestro propio país a alguien más. Porque la exigencia de un grupo de jóvenes estudiantes, era justamente sentir que el país le pertenecía y no a los que ostentaban el poder.

El 2 de octubre nos recuerda, que la exigencia es a los gobiernos para recuperar la verdad, dejar atrás la simulación, la impunidad y el silencio. ¡No se olvida!".

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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