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Los enemigos de la modernidad han regresado

En la antipolítica, el ataque a la supuesta “mafia del poder” conduce a atacar las propias instituciones políticas, escribe Jorge Sánchez Tello.
mié 24 julio 2019 06:00 AM

Un fantasma recorre México y el mundo, los enemigos de la modernidad han regresado pensando que todo lo que se ha hecho en el pasado es malo y se creen los redentores cuando en realidad podrían complicar más el escenario económico, son los antisistema.

Las crisis partidarias suelen concitar variadas referencias a conceptos tales como populismo, antipolítica, así como reflexiones acerca del papel de los considerados como antisistema. Es indudable que el nuevo fenómeno de la antipolítica está a la ofensiva con inusitado vigor tanto en las democracias establecidas de Europa y Norteamérica como en la democracias de América Latina.

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Estamos frente a una tendencia sin precedentes desde que a principios de la década de los ochenta se detectara una "brecha de confianza" entre la ciudadanía y sus representantes elegidos, que se ha ido expandiendo hasta convertirse en desilusión y desencanto con las estructuras de la democracia representativa y los actores tradicionales de la política (los partidos), y finalmente desembocar en la antipolítica.

Al margen de esta problemática de las múltiples causas de la antipolítica, el hecho incontestable es que no es un fenómeno localizado, sino global; algo así como un indicio de que algo anda mal con los partidos políticos. Dondequiera que dirijamos nuestra mirada, constatamos la expansión de la antipolítica. El populismo puede tener el corazón rojo del castro/chavismo, azul mahón de los falangistas, la nacionalización de la banca y la democracia social o el multicolor del ecologismo/feminismo/anticapitalismo. O todos a la vez.

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El descenso de la confianza en las instituciones democráticas, paralelamente a una caída de la visión positiva de las privatizaciones y de la confianza en el mercado puede dar pie al nacimiento del regreso del populismo. El triunfo de Hugo Chávez, Fujimori o Menem fue fruto de este clima y del desfondamiento de los partidos tradicionales. Pero la aparición de liderazgos populistas no exige necesariamente un colapso previo del sistema de partidos.

La condición fundamental es la existencia de una crisis de representación en el sentido que una parte importante de la sociedad sienta que ninguno de los partidos existentes representa sus intereses. Es obvio, por otra parte, que la consolidación de un liderazgo populista contribuye a profundizar la crisis de los partidos preexistentes, ya que su discurso fomenta el descrédito de éstos, y a menudo sus políticas están dirigidas a socavar los mecanismos de funcionamiento de la representación, erosionando sus bases sociales y recortando su papel en las instituciones.

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En último término, el ataque a la supuesta “mafia del poder” conduce casi inevitablemente a un ataque a las propias instituciones políticas, más allá de los partidos, y al intento de crear una nueva institucionalidad a la medida del régimen populista, lo que puede tener efectos negativos muy duraderos para la vida política democrática, más allá del propio ciclo populista.

El balance de los gobiernos populistas de Chávez, Menem y Fujimori fue negativo en el sentido de que condujeron al desmantelamiento o la perversión de las instituciones democráticas, y muy en particular de las que cumplen la función de contrapesar o controlar al Poder Ejecutivo.

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El populismo, incluso si se somete a las reglas de juego de la democracia, no es un proyecto democrático. Divide a la sociedad a través de su distinción maniquea entre sectores populares y oligárquicos, basa su discurso en la confrontación y no pretende crear ciudadanos, sino seguidores. Por otra parte, la dinámica política del populismo puede derivar fácilmente en políticas económicas poco o nada responsables, ya que su prioridad es la redistribución clientelar en lugar de la inversión y la transformación de la sociedad.

México deberá alejarse de esta tendencia mundial para no perder los avances que se han realizado en los últimos 30 años, si bien todavía no somos un país desarrollado nos falta todavía mucho camino por recorrer hacia la modernidad y para lograrlo necesitamos tener una economía del conocimiento basada en innovación y educación de calidad.

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