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La violencia somos todos

La violencia en México es profundamente estructural y social, y no sólo corresponde a la provocada por el crimen organizado, escribe Don Porfirio Salinas.
Violencia México
Inseguridad. Aunque disguste a muchos, la violencia es un fenómeno cultural (incluso más que la corrupción).
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Los secuestros siguen en altísimos niveles, y los feminicidios van al alza. Pero además, los delitos son cada vez más violentos. Prueba de ello es que subió a 70.9% el número de homicidios cometidos con arma de fuego.

Sólo en Ciudad de México, los últimos meses hemos visto casos dramáticos de jóvenes asesinados, como Norberto Ronquillo, de la Universidad del Pedregal, encontrado en Xochimilco; Leonardo Avendaño, seminarista y estudiante de posgrado de la Intercontinental; e Iván Lugo, de la Panamericana, asesinado en Satélite.

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En términos de representación geográfica, la incidencia delictiva no discrimina, ya que su aumento ha estado presente en estados más desarrollados como Jalisco, Sonora o Baja California, y en estados más rezagados como Oaxaca, Hidalgo o Tlaxcala.

Otro dato importante es que, apenas en febrero pasado, el mismo SNSP publicó que también la violencia intrafamiliar va al alza, con incrementos de entre 100% y 800% entre 2015 y 2018; es decir, un 40% más. Fueron 27 los estados en los que se apreciaron los incrementos, y sólo en 5 hubo baja.

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Un par de meses después, en abril, se publicaron datos adicionales del SNSP en los que se muestra que en el primer trimestre de 2019 la violencia intrafamiliar subió 72% con respecto al mismo periodo de 2015, cuando se empezó a hacer este indicador.

Y la violencia intrafamiliar tampoco ve fronteras geográficas. Los principales estados aquejados por este mal van desde Nuevo León, Guanajuato o Aguascalientes, hasta estados menos desarrollados como Chiapas o Tlaxcala.

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En Ciudad de México, donde desde 2016 que se cuenta con el Portal de Datos Abiertos, el principal delito ha sido el de violencia intrafamiliar. De marzo de 2018 a marzo de 2019 el aumento fue de 5.1%. Y el incremento general desde 2016 es de 22.6%.

Adicionalmente, según datos de la UNAM y el INEGI, 6 de cada 10 niños en México son víctimas de violencia doméstica; 50% son víctima de presión psicológica; y 1 de cada 15 son disciplinados de manera violenta.

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Lo que todos estos datos de violencia demuestran es un hecho que ya mucho se ha dicho, pero que al parecer no termina de entenderse: la violencia en México es profundamente estructural y social, y no sólo corresponde a la provocada por el crimen organizado.

Son muchas las razones por las que la violencia es intrínseca a nuestra sociedad. Muchos podrán argumentar que viene desde las épocas precolombinas, algunos que deriva de la colonia, otros que es resultado del México independentista y revolucionario; unos más que es de la guerra contra el narco.

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La realidad es que la violencia es profundamente estructural, y la hemos vivido en todas las etapas de nuestra historia. Aunque disguste a muchos, la violencia es un fenómeno cultural (incluso más que la corrupción).

Ante esta realidad, es poco o nada lo que se ha hecho en tiempos recientes para atacar de raíz el problema, e incluso algunas medidas lo han profundizado, con acciones tan simples como haber quitado la materia de Civismo de las escuelas en el sexenio de Fox. Sus efectos son notorios.

Y desde la escalada de violencia en el sexenio de Calderón, ningún gobierno ha enfocado realmente sus esfuerzos en un aspecto fundamental para combatir la violencia: la prevención social y la cultura de paz.

El problema es que el actual gobierno no sólo no tiene un plan de prevención social de la violencia, sino que con su malentendida austeridad y su rencor por organizaciones sociales está dinamitando los pocos espacios que funcionaban como amortiguadores: las estancias infantiles y los refugios.

Esto, aunado al marcado discurso de confrontación tanto por parte del gobierno como de quienes deberían ser sus contrapesos, está llevando a México a niveles cada vez peores de violencia que, si no son atendidos, no tardarán mucho más en explotar.

En este contexto, quienes menos estamos haciendo algo al respecto somos la sociedad. Seguimos instalados en la intolerancia, en la falta de respeto por todo aquel que piense diferente, en el individualismo exacerbado, en el clasismo, en el racismo y en una vacía lucha de clases.

Si gobierno y partidos no matizan su estridente tono discursivo, y si desde la sociedad no entendemos que este problema nos atañe a todos, más temprano que tarde será demasiado tarde para México. Ojalá que no tengamos que tocar fondo para entenderlo y empezar a actuar.

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