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#ZonaLibre | ¿Por qué a Norberto?

En México, ser joven es un peligro inminente; nadie está a salvo de la desbordante violencia que no mengua, reflexiona Caleb Ordóñez Talavera.
mar 11 junio 2019 08:54 PM

CIUDAD DE MÉXICO (Expansión Política).- “¡Ayúdame, tía!”, se escuchaba gritar a Norberto Ronquillo Hernández mientras los secuestradores negociaban con su tía vía telefónica el 4 de Junio. Querían cinco millones de pesos, una cantidad imposible de reunir en ese momento. Todo quedó en medio millón de pesos y alhajas.

Se pusieron de acuerdo: el primo de Norberto, Osvaldo, fue a entregar la cantidad acordada y las joyas frente a un autolavado situado en la calle “Calzada de las bombas”. Luego, se dirigió al lugar donde sería liberado Junior –como cariñosamente le decían sus familiares– en la calle “Canal de Chalco”. Todo era mentira, días después sería asesinado por sus captores.

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El pasado 9 de junio, un cuerpo sin vida fue encontrado en la alcaldía de Xochimilco, justo en una zona de terracería, tan apartada e inhóspita que fueron los olores y la gran cantidad de moscas lo que llamó la atención de algún habitante quien se comunicó anónimamente al 911 para reportar al presunto occiso. Todo se confirmaría: Norberto había sido reconocido y el país entero se estremecía ante la terrible noticia.

Durante los cinco días previos al doloroso hallazgo de Norberto, compañeros, amigos y familiares hicieron ruido en redes sociales, que fue imposible de acallar. El hashtag #NosFaltaNorberto inundó el internet.

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Con esperanza intacta y una fe inquebrantable, un ejército de jóvenes salía a las calles; exigía su libertad y regreso, anhelaban la aparición con vida del estudiante de 22 años de edad, quien estaba a unos días de celebrar su graduación en la universidad del Pedregal de la Ciudad de México.

Norberto nunca regresó, no volverá a abrazar a su novia Jennifer, a quien nunca le ocultó el amor que le tuvo. Una tragedia que podría ser enmarcada con el tuit fijado por el mismo Norberto en su cuenta personal (@NorbertHdez_): “Tantos enamorados que no están juntos, y tantas personas juntas que no están enamoradas”.

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El futuro de Norberto fue arrancado, de tajo, por un grupo de criminales que pusieron precio a su cabeza, que lo golpearon hasta deformar su rostro y estrangularlo para luego arrojar su cuerpo atado por cables a un barranco.

Por 500,000 pesos, la cobardía de sus captores fue suficiente para poner al país entero de nuevo ante el horror y la zozobra. En este México donde tristemente ser joven es un peligro inminente. Pues nadie está totalmente a salvo de la flamante delincuencia, de la desbordante violencia que no mengua, sino que crece por todo el país, porque el crimen sigue enseñoreándose de cada esquina en los pueblos y ciudades.

Donde nadie ha podido silenciar que durante los primeros cinco meses del gobierno de Andrés Manuel López Obrador han sido asesinadas 14,510 personas y se han registrado 826 secuestros en todo el país, lo que equivale a 5 secuestros al día, un crecimiento del 56%.

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La sangre de los estudiantes

¿Por qué mataron a Norberto? Me he preguntado una y otra vez, quizá porque mi novel paisano chihuahuense me recordó el sentimiento de ilusión y emoción que se siente al llegar a la Ciudad de México y anhelar cumplir grandes sueños; en una ciudad tan desafiante y llena de retos que seguramente él podía e iba a cumplir.

No, Norberto no merecía morir, pero trágicamente no es el único estudiante al que le han arrebatado la vida.

En lo que va del año también asesinaron a Ingrid Aremis Guevara quien era alumna de Psicología de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP); en Guerrero, Mociel “N”, un estudiante de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma del estado fue asesinado a tiros afuera de su casa. Ámbar Dolores, estudiante de arquitectura y practicante de taekwondo, fue asesinada en Hermosillo, Sonora, calcinaron su cuerpo. Mariana “L”, estudiante de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) fue asesinada y su cuerpo hallado en la carretera Cuernavaca-Acapulco, el pasado 13 de mayo. Nayeli Nohemí, de 22 años, una estudiante de Derecho de la Universidad Autónoma de Zacatecas fue asesinada el pasado 11 de abril al interior de la institución. Aideé Mendoza, estudiante del CCH Oriente, murió luego de recibir un impacto de un “bala perdida” mientras se encontraba en clase de matemáticas el pasado 30 de mayo. Ese mismo día, Raúl Alexis Yael Torres Castillo, estudiante de Derecho de la UNAM fue asesinado a balazos cuando iba llegando a su casa. Ellos y otros más, aparecen en la cruel lista, así como muchos más que al momento, siguen desaparecidos.

El valor de la desgracia

Norelia Hernández, madre de Norberto, levanta la voz por su hijo. Con una impactante fortaleza dice no tener ningún rencor, pero clama ante los medios de comunicación que la muerte de su hijo no sea en vano. “Que se haga justicia por esos 'Norbertos' que no debe haber".

Nore, como cariñosamente le llaman en Meoqui, Chihuahua, dice estar agradecida con Dios, “por estos 22 años que me lo prestó, me siento orgullosa porque creo que mi Dios no me hubiera escogido para ser la madre de un ángel terrenal, porque eso era mi hijo, un ángel terrenal. Ahora es un ángel del cielo". El día de hoy, Norberto llegará a su ciudad natal en una carroza y no lo hará caminando con un título en la mano, que tantos sacrificios le costó obtener.

Sirvan estas letras para recordarle a la jefa del Gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, que no habrá descanso, paz ni consuelo en las almas de los amigos y familiares, hasta que haya justicia, pronta y expedita.

Cuando los captores de Norberto reciban todo el peso de la ley. Que sirvan entonces, para decirle al presidente López Obrador que no hay excusas, que la muerte de Norberto no puede ser endosada a los gobiernos anteriores o al neoliberalismo. Que el presidente también es padre, que puede entender que hoy un país entero se identifica con Ronquillo Hernández, porque Norberto pudo ser el hijo, el hermano, el amigo de todos. Su muerte no puede, ni debe de ser en vano, pues representa el rostro de millones de jóvenes que quieren prepararse para convertirse en el mejor futuro de México.

¿Cuántos “Norbertos” más necesitamos para darnos cuenta que es la impunidad la que nos está matando?

Nota del editor: Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

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