Durante las décadas de 1930 y 1940, la Ciudad de México enfrentó una compleja crisis ambiental: el acelerado hundimiento del terreno urbano. La causa principal fue la extracción desmedida e intensiva de agua subterránea mediante pozos y norias locales para abastecer a una población en crecimiento. Los acuíferos del Valle de México estaban siendo explotados más allá de su recarga natural, colapsando la estructura del suelo.
Ante la imposibilidad de depender únicamente de las fuentes internas sin agravar los daños en la capital, autoridades e ingenieros analizaron las cinco cuencas circundantes al Valle de México: Lerma, Cutzamala, Amacuzac, Libres Oriental y Tecolutla. Se determinó que Lerma y Cutzamala eran las más apropiadas y viables por su proximidad geográfica para convertirse en las primeras proveedoras externas de agua potable.