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El renacer de las perlas del Golfo de California enfrenta un enemigo que la ciencia no puede frenar

Las perlas volvieron gracias a la acuacultura. Pero producir una joya puede tomar años y el calentamiento del mar y los huracanes amenazan el futuro de esta pequeña industria mexicana.
Collage de perlas cultivadas en Baja California Sur.
La producción mexicana apuesta por recuperar una tradición histórica mediante el cultivo de ostras perleras en el Golfo de California. (Fotos: Getty Images / turismo.lapaz.gob.mx https://drive.google.com/file/d/1nUlcOpi7Sc8NeCzDtEsrMR1iPFPuFlqw/view?usp=drive_link )

Durante siglos, las perlas mexicanas caracterizadas por sus particulares colores y brillo, fueron una de las razones por las que los exploradores europeos miraron hacia el Golfo de California. En las aguas que hoy rodean Baja California Sur, las ostras perleras formaron parte de una economía que llevó conchas y gemas hacia mercados de Europa y Estados Unidos.

Sin embargo, la extracción de ostras perleras terminó por reducir los bancos naturales y la actividad prácticamente desapareció. Décadas después, científicos, acuacultores y empresarios comenzaron a buscar una alternativa: producir la perla cultivada.

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Pero el desafío actual es distinto al de hace un siglo. El problema ya no es cuánto puede extraerse del mar, sino de si se pueden mantener las condiciones para que las ostras sobrevivan y puedan producir perlas, señala Carlos Cáceres Martínez, fundador de Perlas de La Paz, una de las dos empresas productoras de perlas que existen actualmente en el país.

De la explotación a la perlicultura

La Bahía de La Paz fue durante siglos uno de los principales puntos de extracción de ostras perleras del Golfo de California. La presión sobre el recurso llevó a establecer, desde el siglo XIX, reglas para delimitar las zonas y temporadas de captura, aunque la explotación continuó.

A principios del siglo XX, el empresario Gastón Vives intentó cambiar esa lógica. En la isla Espíritu Santo puso en marcha la Compañía Criadora de Concha y Perla , un proyecto pionero que apostó por cultivar las ostras en lugar extraerlas. La empresa llegó a mantener millones de ejemplares en cultivo y a comercializar conchas y perlas en mercados extranjeros.

Sin embargo, la empresa cerró definitivamente en 1914, debido al estallido de la Revolución Mexicana y conflictos políticos locales que provocaron el saqueo de sus instalaciones.

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De la ciencia al negocio pequeño

A finales de la década de 1980, investigadores del Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (CIBNOR) retomaron el estudio de las ostras perleras y comenzaron a trabajar en la producción de semilla, su ciclo biológico y las técnicas para cultivarlas.

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Estos trabajos se concentraron en la madreperla (Pinctada mazatlanica) y la concha nácar de labios arcoíris (Pteria sterna), las dos especies que hoy sustentan buena parte de la perlicultura en el noroeste mexicano.

Muestra de perlas cultivadas por Perlas de La Paz.
Perlas de La Paz cultiva Pteria sterna, conocida como concha nácar de labios arcoíris, que produce tonos azules, grises, rosas y morados, y Pinctada mazatlanica, o madreperla, cuyas perlas pueden presentar tonalidades grises, verdes y azules. (Foto Facebook/ Perlas de La Paz)

Entre 1988 y 1994, la investigación permitió consolidar tecnología para su cultivo y producción de perlas. Ese conocimiento terminó dando origen a nuevas empresas.

En 1991, comenzó en Guaymas, Sonora, el proyecto que dio origen a Perlas del Mar de Cortez, una empresa dedicada al cultivo de las otra nativa del Golfo de California, Pteria sterna.

Mientras que 1999, nació en La Paz, Perlas de La Paz, empresa dedicada al cultivo de concha nácar y madreperla, y que ha revivido la tradición de cultivar perlas en la Bahía de La Paz.

Cáceres Martínez, fundador de esta empresa, recuerda que el proyecto nació con una idea que parecía sencilla, pero que exigía años de experimentación: recuperar la producción de una especie que había sido explotada durante siglos sin repetir el modelo extractivo.

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El objetivo era trabajar con las dos especies nativas de la región: Pinctada mazatlanica, conocida como madreperla, y Pteria sterna, la concha nácar de labios arcoiris, ambas caracterizadas por sus tonalidades que pueden presentar desde grises y azules hasta verdes, rosas y morados.

Ahora la diferencia con la antigua explotación está en la forma de producir la perla, en lugar de buscarla dentro de una ostra silvestre, los productores llevan las ostras a estructuras de cultivo y las mantienen allí durante años. Las crías pueden obtenerse del medio natural o producirse en laboratorio y, cuando alcanzan el tamaño adecuado, comienza el proceso para inducir la formación de la perla. Después vuelve al agua.

“Una vez que se hace el implante, se regresa al mar y ahí empieza otra vez el proceso”, explica Cáceres.

Sin embargo, el resultado y la obtención de una perla en estas ostras no está garantizado y es que durante los siguientes años, la ostra debe sobrevivir en el mar, crecer y formar una capa de nácar alrededor del implante. Solo al final del ciclo el productor sabe cuántos organismos sobrevivieron hasta la cosecha y qué calidad tendrán las perlas.

Para Cáceres la espera de este tiempo es uno de los primeros filtros para quien quiera convertir la perlicultura en un negocio grande. “Es muy difícil conseguir inversionistas que quieran esperar cuatro años para ver las ganancias”, dice.

“Los inversionistas quieren recuperar su dinero en el primer año”, señala.

Proceso de cultivo de ostras perleras realizado por Perlas La Paz.
Ostras perleras cultivadas en la Bahía de La Paz, donde permanecen varios años bajo el agua antes de ser cosechadas para producir perlas. (Foto: Facebook/ Perlas La Paz)

Por eso la producción perlera mexicana se ha mantenido lejos de una lógica industrial de grandes volúmenes. Para Cáceres, no es necesariamente la ruta que deba seguir el sector y es que llevar la producción a una mayor escala requiere más infraestructura, maquinaria, combustible y energía. Además de que la apuesta de la empresa es mantener una producción limitada y diferenciar sus perlas por las características particulares de cada pieza.

Sin embargo, la empresa ha buscado diversificar sus ingresos. A la venta de perlas y joyería actualmente suma la realización de recorridos turísticos y la venta productos elaborados a partir de las conchas.

La concha puede convertirse así en materia prima para productos derivados, mientras que la granja se transforma también en un espacio para mostrar al visitante cómo una joya tarda años en formarse.

En 2024, según datos de la Secretaría de Economía, México registró 492,000 dólares de comercio internacional de perlas cultivadas trabajadas: 420,000 dólares correspondieron a importaciones y apenas 72,100 dólares a exportaciones. Es decir, por cada dólar de perlas cultivadas que México vendió al exterior, compró casi seis dólares.

El mercado internacional actualmente es dominado por perlas chinas que resultan ser más baratas debido a que se producen de forma industrializada, lo que las diferencian de las perlas mexicanas que son producidas a menor escala, priorizando el mantener sus colores y "rareza"

Una perla contra el clima

En una granja terrestre, el productor puede controlar buena parte de las condiciones en las que crecen sus organismos. En el mar no es así. La temperatura, el alimento disponible y los ciclos naturales están fuera de su control.

Eso ya está modificando la producción de Perlas de La Paz.

Durante años, Pteria sterna fue la especie principal de la empresa y llegó a representar más de 80% de su producción, según Cáceres. Pero desde hace unos ocho años comenzaron a observar una disminución de estos organismos.

“Desde hace unos ocho años hemos visto que la Pteria sterna ha ido disminuyendo”, dice.

El empresario relaciona esta caída con el aumento sostenido de la temperatura del mar. Explica que el problema no es únicamente que el agua esté más caliente: los cambios de temperatura también pueden modificar la disponibilidad de alimento y los ciclos reproductivos de las ostras, lo que afecta su supervivencia.

“Lo que estamos viendo es que la temperatura ha ido subiendo”, señala.

Ostras perleras cultivadas son devueltas al mar después de ser manipuladas, dentro de estructuras de cultivo en la Bahía de La Paz.
Ostras perleras son devueltas al mar después del proceso de cultivo, donde permanecerán bajo el agua hasta completar su desarrollo y formar la perla. (Foto: Facebook/ Perlas La Paz)

Ante este escenario, Perlas de La Paz ha concentrado parte de sus esfuerzos en cultivar Pinctada mazatlanica, una especie que, de acuerdo con Cáceres, ha mostrado mayor capacidad para soportar las condiciones actuales, aunque es menos abundante en el medio natural.

El cambio climático, por tanto, introduce un riesgo que va más allá de la temperatura. Si las condiciones del mar cambian, también puede cambiar la capacidad de las ostras para alimentarse, reproducirse y sobrevivir.

Para una actividad que necesita años para obtener una cosecha, las consecuencias económicas son complejas.

La primera cosecha de medias perlas de Perlas de La Paz llegó en 2004 y, según la propia empresa, un proyecto nuevo puede tardar alrededor de tres años en obtener su primera producción. El problema es que los riesgos pueden aparecer mucho antes de que llegue el primer ingreso.

El huracán Odile lo demostró. En 2014, el ciclón provocó la pérdida de aproximadamente 95% de los organismos que tenía la granja, cuenta Cáceres

Después de esa experiencia, la empresa modificó sus estructuras de cultivo para poder hundirlas durante un huracán y reducir el riesgo de que el oleaje las destruya o las arrastre. Pero ni siquiera esa medida garantiza que las ostras sobrevivan. “Puedes bajar las estructuras, pero los animales también se mueren”, explica.

El cambio climático es un riesgo latente para la industria, pues ha provocado cambios en la intensidad de fenómenos naturales como los huracanes. “Son cuatro años de trabajo que se pueden perder en un día. Nosotros dependemos completamente del ambiente”, sentencia Cáceres.

Preocupados por esto, desde hace siete años, la empresa creó Efecto Arena, una organización dedicada a proyectos de cultivo y restauración de corales en la Bahía de La Paz. La restauración de corales se suma a un modelo que busca combinar acuacultura, turismo y aprovechamiento de la concha.

Cáceres advierte que la producción de perlas y la conservación no pueden separarse. “Si no tenemos un arrecife sano, tampoco vamos a tener pesca ni turismo”, sostiene.

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