Si México decidió trasladar la legitimidad de sus jueces constitucionales hacia las urnas, también trasladó hacia el proceso electoral una parte fundamental de la legitimidad de la propia Suprema Corte.
Por eso podemos hablar de dos dimensiones distintas. Durante este primer año, la nueva Corte desaprovechó la oportunidad de construir legitimidad de ejercicio, mediante la calidad de sus sentencias, su independencia frente a los poderes políticos y su capacidad para proteger los derechos fundamentales. Además, permanece pendiente la discusión sobre su legitimidad de origen.
La cuestión adquiere mayor relevancia porque la siguiente elección judicial federal, originalmente prevista para 2027, fue aplazada hasta 2028. México tiene, por tanto, una oportunidad que no debería desperdiciar: esclarecer lo ocurrido en 2025 y corregir las deficiencias del modelo antes de regresar a las urnas.
Aplazar la siguiente elección judicial puede resolver un problema de calendario. No resuelve los problemas que dejó la elección de 2025.
Si para 2028 seguimos sin saber quién produjo y financió los acordeones, cómo fueron distribuidos y cuáles deben ser las consecuencias jurídicas de una operación de esa naturaleza, habremos desperdiciado tres años sin resolver una de las principales interrogantes de nuestra primera elección judicial.
Un año después de la instalación de la nueva Suprema Corte, el tiempo ya permite comenzar a evaluar a sus integrantes por lo que hacen.
Pero todavía falta responder cómo llegaron ahí.
Y esa pregunta no pertenece a quienes ganamos o perdimos aquella elección.
Pertenece a todos los que tendremos que vivir bajo las decisiones de la Corte que surgió de ella.
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*Carlos Enrique Odriozola Mariscal es abogado y activista en la defensa de los derechos humanos. Presidente del Centro Contra la Discriminación. Redes sociales @ceodriozolam.
Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.