Ese tránsito rara vez ocurre de inmediato. Comienza con concesiones menores, excepciones toleradas y arbitrariedades justificadas en nombre de la urgencia o de la conveniencia. Continúa con la aplicación selectiva de normas, la fragmentación de la autoridad y la idea, cada vez más extendida, de que las reglas obligan a unos, pero no a otros que pueden pasar por encima de ellas.
Lo que está en juego no es la legalidad, sino la legitimidad. El sistema no colapsa de golpe, se vacía. Primero aparecen resquicios; después, avenidas. Y por esas vías entra la fuerza.
Aquí conviene advertir un punto de quiebre sistémico: cuando la desobediencia es marginal, el orden la absorbe; cuando se vuelve extendida, empieza a rebasarlo.
A partir de ahí, la fuerza deja de ser último recurso y se vuelve alternativa cotidiana. Deja de responder al interés público y se convierte en instrumento de motivaciones privadas. Ya no se vive bajo reglas abstractas, sino bajo capacidades desiguales de presión.
Quien puede imponer, impone. Quien no puede, resiste, se adapta o se resigna.
En esa lógica, la ventaja de hoy puede desvanecerse mañana. Siempre puede aparecer un actor más fuerte, dispuesto a rebasar límites. Por eso, donde domina la fuerza no hay equilibrio duradero, sino tensiones en reacomodo permanente.
Así, apostar por el Derecho no es ingenuidad, sino racionalidad política elemental. Es la mejor herramienta para sustituir la lógica del enfrentamiento por la de las reglas. No porque sea infalible, sino porque ofrece el mínimo de eficacia indispensable para contener arbitrariedades, distribuir responsabilidades y hacer posible la convivencia armónica entre intereses distintos.