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Sí a un México seguro. No a la reforma electoral

El país ha construido durante tres décadas un sistema electoral que permitió alternancias pacíficas y aceptación de resultados incluso en contiendas cerradas. No es un logro menor.
jue 05 marzo 2026 06:01 AM
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Cuando se plantea una reforma electoral, el debate no debería centrarse únicamente en su conveniencia política inmediata, sino en sus efectos estructurales. Las reglas que organizan la competencia democrática son, al mismo tiempo, reglas que brindan certidumbre a inversionistas, trabajadores y ciudadanos, apunta Juan José Sierra Álvarez. (Cuartoscuro/Victoria Valtierra Ruvalcaba)

Las naciones avanzan cuando sus reglas son claras y estables. No se trata de inmovilidad, sino de confianza en que las normas que rigen la vida pública no cambian al vaivén de cada coyuntura. Las empresas pueden adaptarse a impuestos altos o bajos, a ciclos de crecimiento o desaceleración. Lo que no pueden gestionar con facilidad es la incertidumbre constante sobre las reglas del juego.

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En México, el sistema electoral es parte del entramado que sostiene la estabilidad jurídica del país. De su solidez depende que los procesos de transición política ocurran con orden, que los resultados sean aceptados y que las disputas se resuelvan por cauces institucionales.

El país ha construido durante tres décadas un sistema electoral que permitió alternancias pacíficas y aceptación de resultados incluso en contiendas cerradas. No es un logro menor. En América Latina, los episodios de inestabilidad postelectoral han tenido impactos económicos inmediatos. Según el informe Perspectivas Económicas Mundiales 2026 del Banco Mundial, la incertidumbre en torno a políticas comerciales y la volatilidad del entorno internacional contribuyen a condiciones económicas más débiles y representan riesgos para el crecimiento y la inversión en economías en desarrollo. Esa relación entre política y economía es empírica.

Cuando se plantea una reforma electoral, el debate no debería centrarse únicamente en su conveniencia política inmediata, sino en sus efectos estructurales. Las reglas que organizan la competencia democrática son, al mismo tiempo, reglas que brindan certidumbre a inversionistas, trabajadores y ciudadanos.

La experiencia internacional demuestra que los países que modifican con frecuencia sus marcos normativos fundamentales envían señales de volatilidad. Y la volatilidad se traduce en decisiones pospuestas: expansiones que no se concretan, capital que busca destinos más previsibles, empleos que no se generan.

México enfrenta hoy un entorno económico desafiante. La relocalización de cadenas productivas representa una oportunidad histórica, pero solo se materializará si ofrecemos condiciones de estabilidad institucional. La confianza no se decreta; se construye a partir de instituciones sólidas y reglas duraderas.

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Las reformas electorales pueden ser necesarias en determinados contextos. Sin embargo, su legitimidad y eficacia dependen de procesos amplios, técnicos y transparentes que reduzcan la incertidumbre en lugar de ampliarla. Cambiar normas fundamentales sin una deliberación suficientemente incluyente puede generar efectos contraproducentes.

Más allá de posiciones partidistas, el debate debería responder a una pregunta central: ¿esta modificación fortalece la previsibilidad del país o introduce nuevos factores de duda? Esa es la medida que realmente importa para el desarrollo.

En cualquier escenario, las leyes electorales deben resguardar pilares democráticos fundamentales: autonomía real de las autoridades que organizan las elecciones, pluralidad que refleje la diversidad del país, fiscalización efectiva que garantice equidad en la competencia, inclusión de minorías y, sobre todo, certeza jurídica con reglas claras y estables. Una reforma en esta materia solo puede justificarse si fortalece estos principios y surge de un proceso amplio, serio y responsable.

El debate sobre una reforma electoral debe evaluarse desde sus implicaciones estructurales. En momentos donde México necesita consolidar condiciones para atraer inversión, generar empleo formal y fortalecer el Estado de derecho, la previsibilidad institucional se vuelve un factor decisivo.

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La reforma electoral propuesta es inoportuna y riesgosa, pues en lugar de promover la unidad nacional en un contexto de retos internos y externos, genera mayor polarización e incertidumbre. La mejor reforma electoral es que no haya reforma electoral. Insisto en que México debería concentrarse en prioridades urgentes como seguridad, justicia, paz y el fortalecimiento de las condiciones para atraer inversión, incluyendo certeza jurídica, energía, infraestructura y atención a la crisis hídrica.

Cualquier cambio institucional debe evaluarse a la luz de su impacto en la certeza jurídica y en la confianza país. Porque sin confianza, no hay inversión; y sin inversión, no hay desarrollo sostenible.

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Nota del editor: Juan José Sierra Álvarez es Presidente Nacional de Coparmex. Es contador público con especialidad en auditoría financiera, y ha desarrollado una larga trayectoria tanto en el sector privado como en organizaciones de la sociedad civil y en Coparmex. Como presidente del organismo, impulsa una visión basada en la unidad, el desarrollo inclusivo, el fortalecimiento de las mipymes. Síguelo en X como @jsierraalvarez Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

Consulta más información sobre este y otros temas en el canal Opinión

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