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Psicología del poder: ¿por qué Sheinbaum está ganando la batalla a Trump?

Sheinbaum no discute el discurso de Trump, prefiere evaluar su conducta. No responde a la amenaza con amenazas, ni convierte el intercambio en un pleito personal.
lun 19 enero 2026 06:05 AM
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La estrategia de la presidenta Claudia Sheinbaum hasta ahora no ha sido la del choque frontal, sino la del control. Y en política internacional, muchas veces, esa es la forma más efectiva, aunque menos vistosa, de ejercer el poder, considera Carlos Enrique Odriozola Mariscal. (Presidencia)

Cuando se analiza la relación entre México y Estados Unidos bajo la presión de Donald Trump, suele leerse en clave ideológica o personal, lo cual es un error recurrente. La pregunta que se repite es si Trump “respeta” o “le cae bien” la presidenta mexicana. Es una mala pregunta. Trump no gobierna desde la simpatía, gobierna desde la presión.

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Trump ha construido su liderazgo político sobre el rasgo constante de provocar reacciones. Exagera, amenaza, sube el tono y empuja a su contraparte a un terreno emocional. Cuando logra que el otro se enganche, Trump gana doble pues controla la narrativa pública y fuerza errores estratégicos. En ese sentido, la presión no es un accidente de su estilo, sino su método.

Frente a esa lógica, la estrategia de Claudia Sheinbaum ha sido distinta y eficaz desde el punto de vista psicológico. Sheinbaum no discute el discurso de Trump, prefiere evaluar su conducta. No responde a la amenaza con amenazas, ni convierte el intercambio en un pleito personal. Administra tiempos, cuida el lenguaje y reduce deliberadamente la carga emocional del conflicto.

Esa decisión no debe confundirse con pasividad. En psicología política, no reaccionar puede ser una forma de control. Trump necesita confrontación visible para sostener su estrategia. Cuando no se le confronta, la presión no se disipa, se le regresa como frustración. De ahí que el tono tienda a escalar cuando no hay respuesta emocional del otro lado.

Hay, además, un factor que suele omitirse y que resulta clave para entender la dinámica es la legitimidad. Sheinbaum llegó a la presidencia con un respaldo político claro y con autoridad interna suficiente para no negociar desde la defensiva. No necesita sobreactuar firmeza ni enviar señales para consumo doméstico. Esa posición le permite aguantar presión externa sin improvisar ni precipitar decisiones.

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La legitimidad no solo fortalece la posición institucional de México, también incide en el plano psicológico de la negociación. Trump detecta con rapidez cuándo un interlocutor está debilitado internamente. En el caso de Sheinbaum, no enfrenta a una presidenta en búsqueda de validación, sino a una mandataria con margen político para sostener una línea propia.

A ese elemento se suma otro factor relevante a tomar en cuenta, como es la ideología política de Sheinbaum. Proveniente de la izquierda mexicana, su trayectoria política ha estado marcada por una concepción clara de la soberanía como límite no negociable. Esto no significa rigidez absoluta ni rechazo al diálogo, sino la existencia de una política bien definida.

Sheinbaum ha sido consistente en transmitir ese mensaje. No lo hace con estridencia ni con retórica incendiaria, sino con claridad. La soberanía no es una ficha de negociación coyuntural. Esa convicción reduce el margen de presión de Trump, porque elimina la expectativa de una cesión rápida a cambio de aminorar el conflicto.

Aquí aparece un componente incómodo, pero real, del análisis psicológico. Trump ejerce el poder desde una visión marcadamente masculina y jerárquica, donde dominar implica imponer ritmo, tono y escenario. En ese marco, ser contenido, sin confrontación directa ni espectáculo, por una mujer con legitimidad política y convicciones claras representa un desafío adicional a su lógica de poder.

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Por eso, cuando la estrategia de presión de Trump no produce el efecto esperado, la intensidad aumenta. No porque esté funcionando, sino precisamente porque no lo está haciendo. La ausencia de reacción emocional desarma el método.

Nada de esto implica que el conflicto esté resuelto o que la presión vaya a desaparecer. Al contrario. La relación con Trump, si se intensifica, será una prueba constante de carácter y resistencia estratégica. Pero conviene entenderla con claridad. No se trata de quién grita más fuerte ni de quién gana el intercambio retórico del día.

Se trata de quién maneja mejor la presión, quién comete menos errores y quién es capaz de sostener una línea sin perder el control. En ese terreno, la estrategia de Sheinbaum hasta ahora no ha sido la del choque frontal, sino la del control. Y en política internacional, muchas veces, esa es la forma más efectiva, aunque menos vistosa, de ejercer el poder.

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Nota del editor: Carlos Enrique Odriozola Mariscal es abogado y activista en la defensa de los derechos humanos. Presidente del Centro Contra la Discriminación. Redes sociales @ceodriozolam Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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