La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos volvió a activar viejas lealtades ideológicas en México y profundizó la polarización política. Nada nuevo. Lo inquietante es otra cosa: la aparición de una mutación del conflicto, la versión digital del llamado bloque negro.
Cuando el vandalismo toma las redes
En su expresión física, el bloque negro es reconocible: personas encapuchadas que, amparadas en el anonimato, vandalizan bienes públicos y privados durante manifestaciones, justificando la violencia como forma de resistencia política: negocios señalados como “neoliberales” dañados, consignas maximalistas y una narrativa que normaliza la agresión simbólica y material como acto político legítimo.
Pero ahora el fenómeno más persistente no está en las calles. Está en las redes.
La versión digital del bloque negro opera con otros instrumentos, pero con la misma lógica. Perfiles sin rostro ,sin fotografía real, sin nombre completo, a veces sólo un nombre de pila con una inicial, configurados como privados, con pocos seguidores y escasa o nula interacción orgánica. Su comportamiento es predecible: irrumpen en publicaciones que no son afines a su pensamiento, no para debatir, sino para provocar. Reaccionan con el emoticón de “me divierte”, lanzan insultos, descalificaciones o burlas, cuidadosamente escritas con caracteres alterados o palabras incompletas para evadir los filtros de moderación de las plataformas.
No argumentan. No contrastan datos. No buscan persuadir. Buscan irritar.
El paralelismo con el bloque negro físico es evidente. En ambos casos hay anonimato, vandalismo y una sensación de impunidad. En uno se rompen vidrios; en el otro, se intenta erosionar la conversación pública. En ambos, el objetivo no es ganar la discusión, sino contaminarla.
La pregunta es inevitable: ¿se trata sólo de ciudadanos radicalizados actuando por cuenta propia? La respuesta honesta es que no puede descartarse nada. Como en el bloque negro de las calles, existen posibilidades múltiples: infiltración de actores con intereses políticos, grupos organizados que operan coordinadamente y, en esta versión digital, un elemento adicional imposible de ignorar: la automatización.
La conducta repetitiva, los patrones de lenguaje, los horarios de actividad y la sincronía de reacciones sugieren que, en no pocos casos, podría tratarse de bots o cuentas semiautomatizadas. Algoritmos diseñados no para informar ni convencer, sino para provocar, saturar y vandalizar el espacio digital. Una forma de guerra de desgaste emocional que no necesita razón, sólo volumen y, sobre todo, refuerza una lógica binaria: amigo o enemigo, leal o traidor, pueblo o “neoliberal”.
La ironía es brutal. Si el vandalismo lo comete el adversario, es prueba de su corrupción moral; si lo hacen los propios, es resistencia legítima.
La próxima vez que una publicación sea respondida con risitas, insultos velados o provocaciones sin argumento, vale la pena considerar una posibilidad incómoda: quizá no se esté discutiendo con una persona real, con rostro y responsabilidad, sino con una versión digital del bloque negro. O peor aún, con un bot diseñado para hacer exactamente eso: irritar, ensuciar y desaparecer.
Como en las calles, el anonimato no es casual: es parte del método. El daño no siempre es inmediato, pero se acumula. Esta vez no se rompen escaparates; se busca vandalizar algo más frágil y difícil de reparar: la conversación pública.
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Nota del editor: Carlos A. Ibarra es periodista e integrante del Observatorio de Medios Digitales del Tecnológico de Monterrey , profesor de cátedra en dicha institución y consultor en Comunicación estratégica y Relaciones Públicas. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.