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#ColumnaInvitada | La revocación de mandato en perspectiva populista

Sin cometer el exceso de homologar a todos los líderes populistas, es importante comprender los modos, los hábitos y la naturaleza política del populismo en nuestros días.
mié 13 abril 2022 11:59 PM

Durante las últimas semanas, incluso meses, hemos discutido sobre la consulta de revocación de mandato hasta el cansancio. Ése ha sido el tema que ha ocupado buena parte de las mesas de debate, las columnas políticas y hasta las charlas de café. No obstante, llegó un punto en el que todos los analistas –y aquí va un mea culpa– parecíamos cajas de resonancia de los mismos argumentos.

De un lado, quienes nos oponíamos a la consulta de revocación de mandato argumentábamos que el ejercicio era nocivo para la democracia y la estabilidad política de la República. En el otro frente, quienes apoyaban la celebración de la consulta sostenían que se trataba de un avance significativo en la consolidación de la democracia participativa en México.

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Por supuesto, es un resumen apretado. Había más argumentos de uno y otro lado, así como distintas interpretaciones y variaciones sobre los puntos aquí sintetizados, pero ésos eran los ejes generales de la discusión.

Ahora bien, durante los primeros días de esta semana, hemos visto decenas de balances del resultado de la consulta. Algunos lo leen como un triunfo para el presidente, pues demostró que aún cuenta con una sólida base de apoyo. Otros lo aprecian como una derrota para el oficialismo por la baja participación.

Ya no tengo mucho que aportar a ese balance. Por eso quiero escapar un momento de esta discusión para analizar la consulta desde el punto de vista obradorista, más allá de los argumentos que el oficialismo esgrimió. Procuraré desentrañar el significado profundo de la consulta de revocación de mandato desde una perspectiva populista.

No empleo el término “populista” de manera peyorativa. Más bien, lo utilizo como un concepto valioso para comprender la lógica detrás de la consulta que acabamos de vivir en México.

Según distintos teóricos, el populismo es, a la vez, una ideología y una forma de hacer política que se caracteriza por anteponer al pueblo y las élites, por un nacionalismo exacerbado, por la desconfianza hacia las instituciones liberales, por un discurso de reivindicaciones sociohistóricas y por la preminencia de la democracia plebiscitaria por encima de la democracia representativa.

En ese sentido, el plebiscito, el referéndum, las consultas y demás instrumentos de democracia directa (o democracia popular, como la denominan algunos) son de especial importancia para los gobiernos populistas. Atención: democracia directa, plebiscitaria o popular, pero no democracia participativa. Me explico.

La democracia participativa –que tiene una acepción más liberal o socialdemócrata– pretende involucrar a los ciudadanos en la toma de decisiones de gobierno, en la promulgación de nuevas leyes o en la formulación de políticas y programas. Por su parte, la democracia plebiscitaria busca dotar de legitimidad popular a las decisiones del gobierno en turno, mantener en movilización constante a las bases sociales del movimiento populista y fortalecer la idea de que hay una conexión directa entre el pueblo y su líder.

La consulta de revocación pudo parecer un sinsentido para muchos analistas y ciudadanos: “¿Cómo puede ser posible que el propio presidente sea quien pida su revocación? Estamos en el mundo al revés. Además, el derecho constitucional de solicitar la remoción de un presidente por pérdida de confianza se deformó en un instrumento de propaganda”. En muchos sentidos, yo también lo veo así.

Sin embargo, más allá de las metas pragmáticas que el presidente López Obrador se planteó al convocar la consulta, desde un punto de vista de teoría del populismo, la revocación de mandato hace perfecto sentido, pues sus objetivos fueron: primero, renovar la legitimidad popular de AMLO y de la “cuarta transformación”; segundo, activar, aceitar, cohesionar y movilizar a las bases obradoristas; tercero, reforzar la percepción de que el presidente es un líder cercano al pueblo y, al mismo tiempo, alimentar su relación con los sectores sociales que tradicionalmente lo han apoyado.

Dudo que el presidente haya leído a Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, María Esperanza Casullo, Pierre Rosanvallon u otros teóricos del populismo. Más bien, de modo circunstancial su forma de entender y hacer política se puede inscribir fácilmente dentro de los marcos del populismo.

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A quienes les vendría bien leer a estos autores es a los integrantes de los partidos de oposición. Si los opositores de AMLO quieren comprender mejor la racionalidad política de los actos del presidente y, por lo mismo, posicionarse con mayor efectividad ante ellos, más vale que empiecen a tomar con seriedad al populismo.

Por supuesto, cada líder populista y cada régimen populista tiene sus matices y sus singularidades. No hay que caer en el error de pensar que hay un “manual del populismo” y, por tanto, concluir que “todos los populistas son iguales”. Tildar de “populista” a un líder suele ser un insulto o un intento por desacreditarlo, pero en realidad, como bien dice Pierre Rosanvallon, nos encontramos en “el siglo del populismo”.

En ese sentido, sin cometer el exceso de homologar a todos los líderes populistas, es importante comprender los modos, los hábitos y la naturaleza política del populismo en nuestros días. De otro modo, seguiremos pensando que los actos de los gobiernos populistas carecen de sentido o de estrategia y, por lo mismo, seremos incapaces de articular alternativas de oposición ante esta clase de regímenes.

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Nota del editor:

Jacques Coste (Twitter: @jacquescoste94) es historiador y autor del libro Derechos humanos y política en 'México: La reforma constitucional de 2011 en perspectiva histórica', que se publicó en enero de 2022, bajo el sello editorial del Instituto Mora y Tirant Lo Blanch. También realiza actividades de consultoría en materia de análisis político. Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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