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Una elección difícil de ponderar

Lo que cuenta en esta elección federal no son tanto los votos en sí mismos sino las curules en las que dichos votos se traduzcan y su valor dentro de la correlación de fuerzas resultante.
mar 25 mayo 2021 11:59 PM
Una elección difícil de ponderar
Lo que cuenta en esta elección federal no son tanto los votos en sí mismos sino las curules en las que dichos votos se traduzcan y su valor dentro de la correlación de fuerzas resultante.

¿Cómo evaluar los resultados de las próximas elecciones? ¿Con qué contrastarlos para hacer inteligible su significado? ¿Conforme a qué criterios se pueden estimar ganadores y perdedores?

En 2018, Andrés Manuel López Obrador tuvo 53% de los votos en la elección presidencial. Una hazaña, un hito, lo que ningún presidente en la historia de la democracia mexicana. Esa cifra, sin embargo, es irrelevante en el contexto del proceso electoral de este año. Porque López Obrador se ha metido de lleno en la contienda, pero su nombre no está en la boleta. Por mucho que haya interferido en la campaña, él no es candidato. Eso no significa que los comicios que vienen, particularmente a nivel federal, no tengan una dimensión plebiscitaria respecto a su mandato. Claro que lo tienen, como toda elección intermedia en un régimen presidencial. Más bien lo que significa es que el próximo 6 de julio no habrá, en rigor, ningún resultado con el que ese 53% pueda compararse. Son peras y manzanas, pues.

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Un mejor criterio para cotejar podría ser la votación por diputados. En 2018 Morena consiguió 37% de esos votos. Los otros partidos de la coalición lopezobradorista, el PT y el viejo PES, se allegaron 4 y 2% respectivamente. Este año, según lo que proyecta el modelo de Oraculus ( https://oraculus.mx/diputados2021/ ), Morena se perfila para ganar alrededor de 42% de los sufragios, el PT 4% y el nuevo PES (que compite solo por ser, formalmente, partido de reciente creación) 1%. En ese escenario, el nuevo PES no accedería a la representación, el PT quedaría igual y Morena tendría una diferencia a su favor de 5%.

Los principales partidos de oposición, a pesar de que ahora competirán todos juntos, quedarían más o menos tablas. En 2018, el PAN obtuvo 18, el PRI 17 y PRD 5%. Según el mismo modelo, en este ciclo el PAN lograría 17, el PRI 18 y el PRD 4%.

El PVEM y MC ameritan mención aparte. El primero, porque en 2018 fue en coalición con el PRI y NA y se llevó 5% de los votos; ahora, en 2021, va con la coalición con Morena y el PT y parece que alcanzará 6%. El segundo, porque hace tres años fue en coalición con el PAN y el PRD y captó 4%; esta vez va solo y el pronóstico indica que podría llegar al 6%.

 

Con todo, la utilidad de esos porcentajes de votación para ponderar ganadores y perdedores es relativa. Por un lado, porque lo que cuenta en esta elección federal no son tanto los votos en sí mismos sino las curules en las que dichos votos se traduzcan y su valor dentro de la correlación de fuerzas resultante. Y, por el otro lado, porque las autoridades electorales atajaron para este 2021 algunos de los mecanismos que, mediante convenios de coaliciones y acuerdos legislativos, permitieron que en 2018 el lopezobradorismo le diera la vuelta al tope constitucional de 8% a la sobrerepresentación –de modo que el cálculo para convertir votos en curules ya no será igual y la comparabilidad de los resultados se tornará, digamos, un poco más compleja–.

Así, es perfectamente factible que Morena gane un porcentaje mayor de los votos que en 2018, pero uno menor de las curules. O que con el PAN y el PRD ocurra lo contrario. O que el PRI o el PVEM ganen un porcentaje de votos similar, pero uno mayor de las curules. Y eso tendrá tres consecuencias potenciales. La primera, que cada partido podrá proclamarse ganador o víctima según le convenga y con las cifras que mejor les sirvan para ese fin. La segunda, que la interpretación de los resultados terminará politizándose conforme a las pautas ya bien conocidas de la polarización y la posverdad. Y la tercera, que todo ello contribuirá a enrarecer aún más el ambiente de un probable conflicto postelectoral basado, fundamentalmente, en la voluntad del partido en el poder de reventar un proceso que, todo indica, le será más adverso de lo que esperaba.

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Nota del editor:

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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