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2021, ¿partidos o personas?

El sistema de partidos está debilitado, en buena medida por causa de Calderón, Peña y López Obrador; el próximo año, veremos si la gente vota por partidos o por personas, señala Don Porfirio Salinas.
lun 12 octubre 2020 06:00 AM
Morena
En 2021, se renovará la Cámara de Diputados y habrá elecciones locales en casi todo el país.

Las elecciones intermedias de 2021 serán de las más relevantes que hayamos visto en la historia reciente. Veremos si los partidos son capaces de mantener su relevancia en un sistema democrático derruido en los últimos tres sexenios y si las dinámicas electorales que hemos conocido hasta ahora seguirán vigentes.

Con el arranque de la competencia electoral en México a principios de los años 90, las estructuras partidistas se fueron modificando. Pero, lejos de tener una evolución, se transitó a una perversión basada en la compra descarada de “líderes” que movilizaban esas estructuras al mejor postor.

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Las lealtades partidistas se desdibujaron. Las otrora maquinarias de voto, particularmente del PRI, se fueron desarticulando, dando paso a hábiles caciques electorales que aprendieron a jugar con los partidos, que dejaron de lado a la ciudadanía para privilegiar la compra de clientelas temporales.

Así, los partidos se fueron apartando cada día más de las realidades que tanto aquejaban a la sociedad. Se abstrajeron de las verdaderas problemáticas y necesidades de la ciudadanía. Dejaron de entender y, por lo tanto, de abanderar sus agendas y causas.

En este contexto, buena parte de los políticos que llegaron al poder se fijaban más en la compra que en conectar con sus votantes. Al detentar sus cargos, se volvían completamente ajenos a la realidad de sus gobernados, fuera el partido que fuera.

Esta realidad provocó que se fueran dinamitando las lealtades a los partidos, y que los políticos en el poder se apartaran cada vez más de sus propios institutos políticos, debilitando así esta figura tan fundamental para la democracia.

Fue con este lento pero firme debilitamiento de los partidos, apresurado por presidentes como Calderón y Peña que atentaron contra sus propios institutos, que empezaron a perder relevancia y a generar un hartazgo y rechazo profundo en los votantes.

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Las dinámicas electorales cambiaron y se abrieron paso liderazgos personales que usaban a los partidos como meros vehículos. Eso generó un mercado en el que, si alguien popular no conseguía la candidatura de su partido, simplemente cambiaba de bando para llegar al poder.

Estos personajes no representaban ideales o agenda alguna, ni principios ni valores, solo un afán personalista de ganarse un espacio y de vengarse de quienes le cerraron el paso a su ambición. Y así, se fueron desgastando aún más los políticos ante la población.

La incursión de liderazgos personales cambió la vida electoral, al punto de llegar un gobernador independiente en 2015 a Nuevo León y López Obrador a la presidencia en 2018.

Ambos usaron estructuras partidistas tradicionales como base. Rodríguez Calderón aprovechó estructuras priistas que se separaron del partido ante la pésima candidatura impuesta por Peña, mal aconsejado en su momento por Rodrigo Medina y Emilio Gamboa.

Y López Obrador creó su propio partido, alimentado por bases de la estructura del PRD, que él mismo ayudó a desarmar, y con apoyo de estructuras priistas que se salieron del PRI ante los embates y maltratos del peñismo.

Pero, también, ambos aprovecharon su figura personal. Y en el caso de López Obrador, eso fue lo que le dio el arrastre a miles de candidatos, desconocidos en sus propias plazas, para ganar la aplastante mayoría que lo acompañó al poder.

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Sin embargo, ambos fenómenos unipersonales difícilmente son repetibles o incluso sostenibles. Fueron posibles por una tendencia creciente del electorado por elegir personas sobre partidos. Pero la gente también busca que esas personas tengan una infraestructura para gobernar, que dan los partidos.

Si bien las marcas partidistas se desgastaron profundamente, se mantenían como factores electorales. En 2018, el hartazgo generó la excepción a esa regla. Pero poco a poco, las dinámicas locales se están recomponiendo.

Los partidos difícilmente recobrarán el poder que tuvieron, particularmente ante su inexplicable incapacidad de depurarse y reconectar. En muchos casos, son marcas que imposibilitan la victoria incluso a los candidatos más populares, como se vio en Aguascalientes en 2016.

Pero en muchos otros casos, siguen siendo instrumentos importantes para lograr un mínimo de votantes. Lo más determinante es qué personas llegarán a las boletas para 2021, y si son personas que logren aglutinar las debilitadas estructuras partidistas para obtener suficientes votos.

Los integrantes de Morena no ha entendido que en 2018 no ganaron ellos, sino López Obrador. Y con los profundos problemas internos que tienen, están perdiendo tiempo invaluable para mantener competitividad ya sin López Obrador como candidato.

#QuéPasóCon...el Frente Anti-AMLO (FRENAAA)

El ejercicio de gobierno del presidente ha implicado el rompimiento con muchos grupos sociales que lo apoyaban. Sin un partido consolidado, esa marea de votantes que se volcó por él ya no tiene a dónde mirar. Ante este escenario, se impondrán nuevamente las dinámicas locales.

PRI, PAN y los partidos tradicionales están deslegitimados en lo nacional, pero mantienen presencia en plazas locales particulares. Si logran nombrar candidatos que la gente sienta cercanos, podrán recobrar posiciones que necesariamente perderá Morena.

Las elecciones de 2021 permitirán identificar qué regiones votarán por personas, cuáles por partidos y cuáles buscarán una mezcla de ambos. Será un escenario muy complejo y los que logren adaptarse a esa nueva realidad serán los que sobrevivan, al menos un tiempo más.

El sistema de partidos ha quedado profundamente herido, en buena medida gracias a Calderón, Peña y López Obrador. Esperemos que 2021 haga entender a los partidos la urgente necesidad de transformarse, porque quedarnos sin partidos solo nos acercará a un escenario de autoritarismo populista en el que, finalmente, México podría tocar fondo.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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