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Ellas, mañana

La chispa de su movimiento no es resultado de una borrachera ideológica sino de una sobria rebeldía contra una normalidad que resulta, que debería resultar, insoportable.
mar 10 marzo 2020 06:45 PM
Mujeres marcharon para exigir justicia en contra de todos los feminicidios y violencias machistas.
Ellas hablan de sororidad, un hermanamiento entre ellas.

A Montserrat

Lo mejor está todavía por llegar. Porque las protestas del domingo y el paro del lunes fueron apenas una muestra de lo que son capaces, un testimonio de su determinación y su fuerza. Habrá quienes se resistan a captar su mensaje, quienes traten de menospreciarlas o hasta de antagonizar con ellas. Allá ellos y su voluntad de no entender, de no enterarse, de no evolucionar. Ellas, por lo pronto, ya entendieron que no los necesitan. Ya vieron que no les hacen falta patrocinadores ni permisos. Ellas, bendita sea la hora, ya se vieron a sí mismas: sororas, valientes, soberanas. Convirtiendo el dolor en furia y la furia en potencia. No están solas, solos están quienes no quieren escucharlas y no saben identificar en sus voces la música del futuro. En medio de una creciente y cada vez más profunda decepción, ellas ya reinventaron el significado de la esperanza. Ya se reconocieron, ya se saben, ya se tienen. Y no, ya no se van a soltar ( https://bit.ly/38A5PeE ).

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La chispa de su movimiento no es resultado de una borrachera ideológica sino de una sobria rebeldía contra una normalidad que resulta, que debería resultar, insoportable. Pero a la que poco a poco –¿por indiferencia?, ¿por ignorancia?, ¿por impotencia?– nos hemos ido acostumbrado. Una normalidad donde diez mujeres son asesinadas cada día. Donde dos de cada tres mayores de quince años han sufrido algún tipo de violencia (emocional, sexual, física o económica). Donde durante la última década la tasa de homicidios contra mujeres de entre 20 y 35 años se ha triplicado. Donde en 2019 el delito con el porcentaje más alto de carpetas de investigación iniciadas a nivel nacional fue “violencia familiar”. Una normalidad donde ni siquiera existe una política deliberada para generar conocimiento accionable sobre los feminicidios: no hay procedimientos de registro homologados, no hay garantías de acceso a la información, no hay datos suficientes ni realmente confiables que permitan elaborar un diagnóstico puntual del fenómeno, ni tampoco que sirvan como insumo para diseñar políticas públicas específicas con el fin de prevenirlo y de mermar la impunidad que lo caracteriza ( https://bit.ly/38B25tu ). ¿Rebelarse contra semejante normalidad las hace “radicales”, como dice cierta derecha, o “conservadoras”, como dice López Obrador? Tal vez ambas cosas. Porque en un entorno tan aberrante, parafraseando una definición clásica del feminismo, han hecho suya la noción radical de querer conservar sus vidas.

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Anteayer se hicieron visibles marchando en las calles; ayer, guardándose en sus casas. El contraste fue, a la par, emblemático y abrumador. Su presencia impuso, su ausencia increpó. Pero con una y otra también hicieron visible que no todas están en condiciones de ejercer los privilegios de la protesta y el paro. Porque no todas están igual de empoderadas, no todas tienen la misma capacidad efectiva de decidir, de negociar o exigir. Aunque la causa de género pueda unirlas, la desigualdad las sigue separando. Todas pueden padecer discriminaciones o violencias por ser mujeres; sin embargo, por diferencias de clase no todas padecen las mismas ni las padecen igual. El riesgo no está distribuido aleatoria ni equitativamente, los contextos importan ( https://bit.ly/39COlQv ). Por eso, como argumenta Mónica Orozco, “mientras no transformemos las estructuras económicas no podremos transformar las estructuras sociales” ( https://bit.ly/3aSoynF ). Esta lucha, en otras palabras, no es solo por la igualdad de algunas; es, tiene que ser, por la emancipación de todas.

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Enfrentarán obstáculos y contrariedades a cada paso. Nada va a ser fácil. Lo cierto, de todos modos, es que para ellas nunca lo ha sido. Su reclamo incomoda pero, al mismo tiempo, inspira. Incomoda porque emplaza, nos obliga a hacernos cargo de una injusticia en la que, de un modo u otro, hemos sido partícipes. Inspira porque libera, pues al articular ese reclamo la injusticia queda en evidencia y se vuelve insostenible. Lo que el movimiento de las mujeres está construyendo trasciende, por mucho, los caprichos del presidente, las maniobras de uno u otro partido, los vaivenes de la coyuntura sexenal o los cálculos sobre lo que sea o no políticamente oportuno. Tiene una dimensión distinta; una densidad más compleja; una proyección, de verdad, histórica. No me atrevo a postular que el mañana será de ellas o no será. Pero sí a sostener que ellas, hoy, ya son el rostro de un mejor mañana.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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