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Las dos injusticias de la mujer en el trabajo

En pleno 2020, la única forma en la que una mujer puede trabajar es si alguien le trabaja a ella en casa gratis, semi-gratis o si la mujer gana mucho dinero para pagarle a quien cuide la casa.
lun 02 marzo 2020 06:45 AM
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Equidad salarial, otro de los pendientes para no fomentar el machismo.

La semana pasada fui invitada a el Institut Européen d'Administration des Affaires (INSEAD) a participar en un curso sobre liderazgo para mujeres. El grupo estaba integrado por cerca de 30 ejecutivas de todas partes del mundo. Entre las asistentes estuvo una pilota militar dentro de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, la vicepresidenta del equipo legal de Starbucks, una ingeniera de la NASA, una socia de Deloitte, entre otras.

Lo más sorprendente de la reunión es darse cuenta de cómo los problemas de todas las mujeres, independientemente de la industria, el idioma o el país, son muy similares. Los clasifico en dos:

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El primero es que las mujeres no pueden trabajar al 100% si no tienen alguien que cuide la casa y familia. La expectativa global es que alguien tiene que realizar trabajo doméstico sin paga. Algunas han resuelto el problema con sus esposos, los cuales se quedan en casa. Otras tienen apoyo de migrantes de otros países –a las cuales parece aceptable explotar porque “les pagan mejor de lo que ganarían en sus países”. La gran mayoría gasta una proporción muy alta de su ingreso pagándole a una institución o persona que cuide la casa por ellas.

En pleno 2020, la realidad es que la única forma en la que una mujer puede trabajar es si alguien que le trabaja a ella gratis, semi-gratis o si la mujer gana mucho dinero para pagarle a quien cuide la casa. Esto es una gran injusticia.

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El modelo económico actual utiliza el trabajo gratuito de mujeres, migrantes y cada vez más, de hombres, para que se cuiden a niños y enfermos, se compre comida y se limpie.

En México, esta injusticia es grave. Mientras el 60% de las mujeres hacen quehaceres domésticos sin paga, solo el 25% de los hombres los hacen. La situación se acentúa en el matrimonio. El 43% de los hombres solteros hacen quehacer sin paga en su casa, pero cuando se casan solo el 15% lo hace. En cambio, el 66% de las mujeres casadas hacen quehaceres domésticos sin paga.

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Así, las mujeres trabajan 27 horas a la semana en quehaceres domésticos que los hombres. Si no fuera por ellas, el hombre tendría que realizar o pagar para que se realicen. El valor de este trabajo femenino se estima en 17.7 puntos del PIB, o 5 billones de pesos.

La segunda injusticia es todavía más invisible: aún cuando las mujeres logran trabajar, los estándares con los que se les evalúa son distintos. Mientras que en los hombres se valora un liderazgo arrojado, visionario y arriesgado, a la mujer se le castiga cuando tiene esas actitudes. De la mujer se espera una forma de liderazgo comunitario y maternal, una coordinación de muchos actores y el apoyo del resto del equipo. Si no lo hace así se le juzga como “mala líder”.

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El liderazgo comunitario es mejor que el individual pero toma más tiempo. Ello deja en desventaja a las mujeres pues no pueden posicionarse tan rápidamente para posiciones directivas. Así, las mujeres siempre se quedan en cargos de “servicio”, debajo de hombres que son arrojados e individualistas porque pueden serlo sin castigo social.

Esto es evidente en la arena pública Los hombres, por ejemplo, tienen mayor posibilidad de debatir en la arena política con argumentos fuertes y personalizados. Si bien son castigados por ser agresivos, el castigo siempre es mejor que para las mujeres que debaten con fuerza. Tener un debate candente para un hombre es un acto de valentía, mientras que para una mujer es síntoma de intolerancia y falta de inteligencia emocional.

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Más aún, el físico juega un papel fundamental. Se espera que la mujer para ser un “producto completo” sea también bonita, o al menos, no muy fea. Esto se refuerza por las mujeres pues critican a otras por verse viejas a la par de celebrar a los hombres “maduros”. El doble estándar es evidentemente sexista.

Un buen primer paso para resolver la primera injusticia en México ha sido planteado por OXFAM: financiar por medio de impuestos progresivos más guarderías y espacios para el cuidado de los viejos y enfermos. Esto requerirá reducir la informalidad y aumentar el número de rangos del ISR.

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La segunda injusticia es más compleja pues es cultural. Un primer paso para resolverla es comenzar a hacernos conscientes de cómo interpretamos las actitudes de las mujeres ¿Criticaría a una mujer por verse vieja si fuera hombre? Si JLo y Shakira se vieran como mujeres de su edad y no de 25 años, ¿diría que son unas Diosas? ¿Considero la palabra “señora” despectiva y “señor” una forma de respeto? ¿Le diría “jovencito” a un hombre en una reunión de trabajo? ¿Por qué busco distintos estándares de comportamiento en los trabajadores y en las trabajadoras? ¿Por qué les pago distinto?

Hay mucho por hacer y a penas estamos comenzando. El feminicidio es la punta del iceberg de muchas conductas machistas que hacen que la vida profesional de las mujeres sea injusta.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autora.

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