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Seguridad, salud y migración: ¿absolutismo moral o cálculo político?

Tres temas hoy le disputan espacio mediático al presidente: seguridad, salud y migración, ninguno de los tres es particularmente favorable a este gobierno.
mar 28 enero 2020 02:40 PM
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Duplicados. La guardia Nacional ha sido asignada a tareas de seguridad y migración.

Tres acontecimientos recientes han logrado disputarle espacio mediático al presidente y colocar en la agenda pública temas que no le son particularmente favorables a su gobierno. Los acontecimientos son el movimiento encabezado por Javier Sicilia y Julián LeBaron; las protestas de los padres a cuyos hijos, que requieren atención médica especializada, la salud pública no les está respondiendo; y las acciones de la Guardia Nacional para detener a las caravanas de centroamericanos que cruzan a territorio mexicano. Los temas son seguridad, salud y migración.

Por un lado, cada uno de esos temas implica un imperativo moral que pone a prueba el compromiso, tanto de las autoridades como de la sociedad mexicana, con poblaciones altamente vulnerables. Ya sean las víctimas de la “guerra”, los niños enfermos de cáncer o los migrantes que huyen de la violencia y la falta de oportunidades. Pero, por el otro lado, cada tema entraña también una dimensión estratégica de enorme complejidad. ¿Cómo hacerles justicia a las víctimas sin entrar en conflicto, por ejemplo, con las fuerzas armadas? ¿Cómo reformar todo lo que no sirve del sistema de salud sin sacrificar lo que sí funciona, cuando además escasean recursos financieros y capacidades técnicas? ¿Cómo conciliar las presiones de los flujos migratorios en la frontera sur con las presiones de Donald Trump en la frontera norte?

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Más allá de las filias y fobias de la temporada, del desgastante jaloneo entre la estridencia y la arrogancia en el que se ha convertido la conversación pública, lo cierto es que esas decisiones siempre suponen un dilema, una negociación, entre las convicciones y las consecuencias. Entre lo deseable y lo posible. Pero en la coyuntura actual esas disyuntivas se están complicando porque el lopezobradorismo insiste en plantearlas desde la inercia de un absolutismo moral que le era muy útil cuando estaba en la oposición, pero que le estorba ahora que es gobierno y tiene que habérselas con sus efectos prácticos. Porque antes sabía hacer suya cualquier crítica o demanda sin tener que asumir la responsabilidad de atenderla, pero ya que la responsabilidad es suya da la impresión de que no sabe qué hacer frente a ninguna crítica o demanda. Es como si ese absolutismo moral le impidiera habérselas con la ambigüedad propia, ineludible, de la política. Con el hecho, como bien lo escribió Max Weber, de que “el mundo está regido por los demonios y quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario”.

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O quizás el presidente simplemente calcula que sus apoyos y niveles de aprobación constituyen un capital que le permite sufragar con facilidad los costos de no aceptar la validez de las exigencias de las víctimas, de los padres de niños con cáncer o de quienes denuncian el maltrato contra los migrantes. Quizás el presidente piensa que admitir las fallas que esas exigencias le significan pondría en entredicho su autoridad y, por eso, prefiere ignorarlas, relativizarlas como mero golpeteo político o hasta pasar a la ofensiva contra quienes le formulan dichas exigencias. Total, la opinión pública mayoritaria sigue estando con él a pesar de los déficits de sus políticas, sus errores de juicio o sus malos resultados.

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En cualquier caso, sea por absolutismo moral o por cálculo político, el presidente está rehuyendo reclamos sociales legítimos que no van a desaparecer simplemente porque él insista en minimizar o descalificarlos. Al hacerlo, sin embargo, está dando una muestra de debilidad y exhibiendo un rostro que lo retrata ya sea como un líder intransigente, que se niega a escuchar opiniones desfavorables y no quiere aceptar sus equivocaciones; o como un líder sin escrúpulos, cuya única preocupación es consolidar su poder y al que en última instancia le importa más alentar que lo veneren que atender a los vulnerables.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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