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AMLO como director de orquesta

Estamos ante un director de orquesta que quiere interpretar una sinfonía llamada cuarta transformación, pero sólo tenemos el estridente ruido de la incertidumbre, analiza Carlos Bravo Regidor.
mar 24 septiembre 2019 07:00 AM
Carlos Bravo Regidor
Analista político y coordinador del programa de periodismo en el CIDE.

“No hay expresión más vívida del poder que la actividad del director de orquesta. Cada detalle de su conducta pública es revelador”.

Elias Canetti, Masa y poder

El lopezobradorismo quiere reescribir la partitura nacional, reemplazar las descompuestas certezas del régimen de la transición a la democracia con una jubilosa sinfonía autodenominada “cuarta transformación”. Sin embargo, contrario al compás de un rumbo cierto, lejos de brindar ese horizonte que Peter Kuzmic llamó “la música del futuro”, lo que se escucha hoy en México es más bien el estridente ruido de una nueva incertidumbre.

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El director actúa como si la orquesta lo obedeciera a la perfección, como si el recital sonara con nitidez por todo el recinto. Pero nadie sabe decir, ni siquiera sus admiradores, en qué consiste exactamente la melodía. Lo ú]nico que se alcanza a distinguir con claridad son instrumentos desafinados, ritmos disparejos, notas disonantes. El primer violín está ocupado tratando de sobornar al inspector gringo de la sala, el piano hacendario trata de interpretar a Beethoven mientras las trompetas de la política social tocan mariachi, los tambores de seguridad han usurpado el lugar de Olga, la clarinetista. Sin embargo, por encima de cualquier otro sonido está la voz del director. Sí, la ubicua y monomaniaca voz del director, quien más que ejecutar su papel va narrando, sobre la marcha, la trama. E insiste, incansable, en que la sinfonía suena muy bien, alto y fuerte.

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Y es que estamos ante un director de orquesta cuyo recurso fundamental es su voz. En contraste con el director previo, que de todos modos nunca hubiera tenido nada que decir, el actual no deja de hablar nunca. Aunque contravenga su papel, no importa. Y no es nada más que hable y mucho; es, además, cómo habla: dotando a sus palabras de plena soberanía, como si sus dichos –por más improvisados, frívolos o infundados que sean– adquirieran la cualidad de hechos en el acto de enunciarlos; como si no necesitaran evidencia para sostenerse porque al pronunciarlos él se convierten en verdades evidentes.

 

En el auditorio hay quienes de inmediato comprendieron y acataron lo que semejantes pontificaciones exigen: hacer como si la voz del director constituyera la sinfonía misma, como si la “cuarta transformación” fuera, sobre todo, esa impetuosa e interminable prédica sobre la “cuarta transformación”. Y la aplauden frenéticamente, se desviven por aplaudir, por reforzar el sermón aplaudiéndolo, incluso por competir en quién aplaude más duro. Pero sus aplausos sirven no solo para celebrar la obra –más retórica que material, pero a fin de cuentas obra–, para ayudarla o para identificarse dentro del público que se dedica a aplaudirla; sirven, además, para acallar los demás sonidos que no sean la voz del director que llegan a coincidir con ella. Es decir, se aplaude no solo para ovacionar, sino también para que enmudezca cualquier cosa que contradiga al aplauso. Esa aclamación permanente termina formando parte de la propia puesta en escena; es, de hecho, uno de sus rasgos más asombrosos.

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Cuando esos entusiastas ya no pueden seguir aplaudiendo, sea por estar agotados o porque hay cosas que ni ellos se atreven a aplaudir, optan entonces por descansar sus manos tapándose las orejas, señalando a quienes no han aplaudido o gesticulando contra quienes se han atrevido a abuchear. El espectáculo se desborda entonces del escenario a las butacas e invade la arquitectura entera del edificio. Una arquitectura cuya acústica favorece estructuralmente a la voz del director, pero de la que el director y sus devotos no dejan de quejarse. Quieren acabar con ella, demolerla por tecnocrática, conservadora y neoliberal. No le reconocen ninguna virtud, ni siquiera la de haberles permitido subir al escenario en paz y de acuerdo con la voluntad mayoritaria de los asistentes. ¿Qué quieren construir en su lugar? No sabemos, carecen de planos y planes, pero les sobran bolas de derribo y ganas de usarlas.

La buena noticia es que solo faltan cinco años para que acabe el concierto.

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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

 
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