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En México, “será difícil romper ciclo de violencia sin atender salud mental”

Las comunidades con niveles elevados de violencia desarrollan traumas colectivos y su atención es urgente, plantean especialistas en el libro "Salud mental y violencia colectiva".
dom 13 noviembre 2022 07:00 AM
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La psiquiatra Dení Álvarez es una de las coordinadoras del libro Salud mental y violencia colectiva, publicado por Debate.

Son tan frecuentes las escenas de violencia en México, las desapariciones, homicidios y otros delitos de alto impacto que algunas comunidades han normalizado estos sucesos. Sin embargo, la aceptación de la violencia es un rasgo de una población que enfrenta un trauma colectivo, expone la psiquiatra Dení Álvarez.

“Vivir en una comunidad en la cual hay atrocidades, hay frecuentemente narcomensajes o hay altos índices de homicidios tiene impactos en el bienestar mental”, indica en entrevista.

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La doctora Álvarez es una de las coordinadoras del libro Salud mental y violencia colectiva: una herida abierta en la sociedad, publicado recientemente por Debate, y esa antología expone que varias zonas del país están sumidas en una violencia colectiva.

A partir de la definición de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la experta explica que la violencia colectiva es el uso sistemático y organizado de acciones violentas que un grupo de individuos ejerce para obtener dominio económico, político o social.

El terrorismo, la delincuencia organizada, la violencia asociada a pandillas, los genocidios y la violencia de Estado son algunos tipos de violencia colectiva, detalla.

En México, explica, predominan dos tipos de violencia colectiva: la asociada a la delincuencia organizada y la del Estado.

Esto provoca que las personas que viven en localidades con delitos de alto impacto desarrollen traumas colectivos.

“El trauma colectivo es un concepto de la Antropología Social y se refiere a que una comunidad que ha estado expuesta a un evento altamente traumático, a violencia, en este caso de manera continua, empieza a modificar sus dinámicas, incluso sus culturas, sus valores, la forma en que se relacionan entre ellos, la vida empieza a girar en torno de los eventos de violencia o de los eventos traumáticos”, detalla.

 

Y por ello, subraya, es necesario hacer intervenciones psicosociales en esas comunidades.

Llevar atención a la salud mental en poblaciones asediadas por grupos criminales cumple tres funciones importantes: desde la óptica de protección de los derechos humanos, es una forma de reparación de daño para las víctimas; es una defensa del desarrollo social y un aporte para romper los círculos de violencia. Porque, afirma, si no se brinda atención emocional a las poblaciones afectadas, difícilmente podrá combatirse la violencia colectiva.

“Podemos observar que hay comunidades que han quedado marcadas, cuyo estilo de vida, cultura, incluso estilos de relación, han quedado marcados por los hechos de la violencia”, subraya.

El caso Guerrero

El origen del libro Salud mental y violencia colectiva se remonta a un proyecto de intervención psicosocial que la doctora Dení Álvarez desarrolló en una comunidad rural de Guerrero, estado del sur de México que hace años registra elevados índices de violencia.

Ahí, como en otras zonas inmersas en violencia colectiva, menciona, las afectaciones no las sufren únicamente las víctimas directas, sino toda la comunidad y repercuten en su capacidad de producir.

“Las enfermedades mentales son altamente costosas y las personas que tienen un padecimiento mental y las comunidades en las cuales son frecuentes los padecimientos mentales van a tener un impacto en su productividad. Es decir, la salud mental impacta directamente al desarrollo humano”, expone.

 

Al realizar un diagnóstico de la situación de la comunidad de Guerrero, detalla la doctora, identificaron que había dificultades para que las personas con problemas de salud mental accedieran a atención; el personal de salud no estaba capacitado para detectar trastornos mentales y la población manifestaba una alta aceptación de la violencia, lo que se reflejaba en la transformación de sus dinámicas de vida.

“La gente había abandonado los espacios públicos debido a la violencia y refería sentirse más desconfiada a partir de que empezaron a sufrir una ola de secuestros y desapariciones y asesinatos”, recuerda la también secretaria del Comité Técnico para la Atención a la Salud Mental de la UNAM.

Así que implementaron una intervención psicosocial en tres fases. La primera consistió en trabajar con docentes, familias y escuelas en la disminución de la aceptación de la violencia; después, en la detección oportuna de los problemas de salud mental de las personas, a quienes se les brindó atención emocional y “herramientas de resiliencia”.

La otra fase se centró en la capacitación del personal de las clínicas de salud en la detección de trastornos mentales, así como en atender a la población diagnosticada en su propia comunidad, para evitar los traslados a zonas alejadas que sí cuentan con hospitales grandes.

“Y llevamos un servicio itinerante especializado. Es viable llevar especialistas cada cierto tiempo y lo que hicimos fue eso: llevar una psicóloga y un psiquiatra periódicamente a la comunidad, cada dos o tres semanas, para dar atención in situ a los casos”, explica.

La respuesta de la comunidad fue positiva y la intervención exitosa, califica la doctora Dení Álvarez.

 

Esa experiencia, considera, fue una de las motivaciones del libro que coordinó en conjunto con el doctor Juan Ramón de la Fuente.

En esa publicación buscaron exponer las intervenciones que ayudarían a la población mexicana afectada por la violencia colectiva y presentar un abordaje amplio de este fenómeno, que considere la salud y los aportes de las Ciencias Sociales.

“Es una obra única en ese sentido. Si uno hace una búsqueda, no va a encontrar otro libro que tenga este tipo de perfil, este abordaje. Creo que también tiene la cualidad de estar asentado a la realidad mexicana, pero también tiene una visión global del fenómeno”, destaca.

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En el libro Salud mental y violencia colectiva expone algunas intervenciones que ayudarían a la población mexicana afectada por la violencia.

La urgencia de invertir en salud mental

Pese a que la intervención en Guerrero tuvo buenos resultados, el proyecto no continuó por falta de apoyo financiero, lamenta la psiquiatra Dení Álvarez.

Y ese caso ilustra la triste política de atención a la salud mental en México: aunque se hacen esfuerzos y se crean estrategias de prevención de la violencia, estas políticas no tienen continuidad o no se evalúan adecuadamente para saber si funcionaron, expone.

“En cuanto a la salud mental, hay un giro importante hacia fortalecer el primer nivel de atención, que eso es algo fundamental, pero nos falta todavía, nos falta bastante. Se han hecho esfuerzos, sí, pero se requiere la canalización de presupuesto”, apunta.

La doctora Dení Álvarez subraya que gastar en salud mental es una inversión, ya que se estima que por cada peso destinado a este rubro el retorno es de cuatro a seis pesos.

Pero el mayor aporte de invertir en salud mental, sostiene, es que esta acción también ayudaría a romper los círculos de violencia si la población deja de normalizarla, recibe atención y logra trascender los traumas que los homicidios, secuestros, feminicidios y las desapariciones forzadas han dejado en los y las mexicanas.

“Realmente creo que invertir en salud mental sí es fundamental si estamos interesados en ver una disminución en la violencia en este país”, subraya. "Es difícil que vayamos a romper este ciclo de violencia en el que estamos inmersos si no damos atención a la salud mental".

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