Las grandes ciudades del mundo enfrentan el mismo problema ¿cómo mover a millones de personas que viven en laderas, cañadas y zonas de topografía complicada, donde construir metro o tren ligero resulta técnicamente inviable o económicamente prohibitivo? Medellín lo resolvió con teleféricos hace más de veinte años. La Paz construyó una red de cable que une a dos ciudades. La Ciudad de México, con tres nuevas líneas de Cablebús en construcción, se suma a esa conversación global, adaptando soluciones a escala de una megalópolis de 10 millones de habitantes.
La megalópolis que decidió resolver su movilidad por el aire
Las tres líneas nuevas, Tlalpan-Coyoacán, La Magdalena Contreras-Álvaro Obregón y Milpa Alta-Tláhuac, suman en conjunto casi 40 kilómetros de longitud y 28 estaciones, con más de mil cien cabinas operando de manera simultánea. Cada línea se integra con la red de transporte de la capital, lo que convierte a estas zonas periféricas en parte activa del sistema de movilidad que conecta a toda la urbe.
Se trata de infraestructura de transporte masivo diseñada para mover a decenas de miles de personas diariamente, con tiempos de recorrido que en algunos casos reducen hasta en dos terceras partes el tiempo que hoy toma cruzar esas mismas zonas en transporte convencional.
El dato que más debería llamar la atención de quien analiza ciudades desde una perspectiva de desarrollo urbano y sostenibilidad es otro. Más de 487 mil personas en 140 colonias y pueblos, muchos de ellos en zonas de topografía accidentada donde ningún otro sistema de transporte masivo había logrado llegar, tendrán por primera vez una conexión directa con el centro y con el resto de la red de movilidad de la capital. Eso significa integrar economías locales que hasta ahora operaban de manera aislada, permitir que comerciantes y pequeños productores muevan su mercancía en tiempos razonables, y reducir la dependencia de transporte informal o de rutas que multiplican tiempos y costos.
El transporte por cable, además, tiene una ventaja que cada vez pesa más en la conversación internacional sobre movilidad urbana: es eléctrico, de bajísima huella de carbono, y se construye sin necesidad de modificar la traza urbana existente, a diferencia de un tren elevado o una nueva avenida.
Pero su aporte más importante tiene que ver con algo que empieza a discutirse con más fuerza en el urbanismo contemporáneo, la pobreza de tiempo que enfrentan millones de personas en las grandes manchas urbanas, obligadas a invertir varias horas del día solo en trasladarse de un punto a otro. Reducir esos trayectos significa brindarle calidad de vida a la gente, tiempo que puede destinar a su familia, a su salud o a su descanso, en lugar de perderlo en un traslado que la ciudad podía haber resuelto de otra manera.
La Ciudad de México, bajo el liderazgo de la Jefa de Gobierno, Clara Brugada, construye, kilómetro por kilómetro, la infraestructura que corresponde a una megalópolis que sabe que sus soluciones tienen que estar a la altura de su gente, y del reto de conectar a millones de personas que durante décadas quedaron fuera del mapa del transporte masivo.