La lógica de la integración comercial
México no solo vende productos terminados a Estados Unidos: también le surte insumos para su propio proceso productivo. Ese comercio sostiene cadenas de suministro transfronterizas que abaratan la manufactura regional y ayudan a Estados Unidos a competir con China. Por ello, la administración Trump aceptó exentar de los aranceles globales, vigentes desde abril de 2025, a las exportaciones que cumplen las reglas del T-MEC , excepción que cubre el 85% de las ventas mexicanas.
Según los términos del propio tratado, la revisión arrancó el 1 de julio de 2026. Dada la integración de las cadenas de suministro, preservar la previsibilidad comercial debería ser una apuesta segura. Pero Estados Unidos se ha negado a renovar el acuerdo por tres razones.
El déficit comercial de México
La primera es la aversión de Trump a los déficits comerciales , que atribuye a la fuga de empleos y producción estadounidenses por prácticas desleales. El argumento explica, hasta cierto punto, el comercio con China, pero encaja mal con México: a diferencia de las exportaciones chinas, se calcula que el 75% de las manufacturas mexicanas que llegan a Estados Unidos incorporan insumos estadounidenses, lo que genera empleo en ambos lados de la frontera en vez de sustituirlo.
Trump también ignora que Washington logró que muchas empresas trasladaran su producción de China a países de menor costo, entre ellos México, lo que ensanchó el déficit con su vecino del sur . Es, en buena medida, un "problema" que la propia Casa Blanca ayudó a crear: un estudio de la Reserva Federal de 2026 encontró que el 53% del aumento del déficit comercial de México con Estados Unidos en el último lustro se explica por los aranceles estadounidenses a China. Pese a esta evidencia, el gobierno de Trump insiste en reducirlo , lo que complica aún más la revisión.
La ilusión del reshoring
La segunda razón es que Trump está aferrado a la idea del reshoring, o el regreso de la producción a suelo estadounidense, postura que choca con la lógica del nearshoring que inspiró al T-MEC: acercar la producción a Norteamérica, no forzosamente a Estados Unidos.
Esta obsesión explica por qué Washington se negó a exentar al acero y al aluminio mexicanos del arancel del 50% impuesto a mediados de 2025, y solo concedió una exención parcial al arancel del 25% sobre autos y autopartes. También explica su exigencia de fijar un contenido mínimo estadounidense obligatorio en la fabricación de vehículos. México se opone con firmeza a estos gravámenes, un obstáculo más para el éxito de la revisión.
Coerción mediante el caos
La tercera razón es la convicción de Trump y su equipo de que Washington solo puede avanzar sus intereses presionando a otros países. Esa lógica incluye condicionar una revisión exitosa del T-MEC a la cooperación en seguridad, y usar los aranceles para forzar tanto a aliados como a adversarios a ceder ante sus exigencias.
México y Canadá fueron los primeros blancos de esta coerción en febrero de 2025, cuando Trump impuso aranceles a todas sus exportaciones para obligarlos a cooperar en migración y narcotráfico. Aunque los productos amparados por el tratado de 2020 quedaron exentos poco después, y la Suprema Corte estadounidense terminó por declarar inconstitucional el fundamento legal de esos gravámenes, Trump ha seguido explotando el poder coercitivo de los aranceles. No tiene, en consecuencia, ningún incentivo para firmar un acuerdo que limite su margen para imponerlos a voluntad.