Presidentes, empresarios, inversionistas, jefes de Estado y líderes políticos coinciden en un mismo país bajo un ambiente mucho menos rígido que el de una cumbre internacional. Las conversaciones ocurren en los palcos, los saludos parecen espontáneos, pero rara vez son improvisados.
El futbol consigue algo que ningún comunicado oficial puede ofrecer: cercanía.
Y precisamente eso necesitaba México.
No sólo para cerrar un capítulo incómodo con España, sino para proyectar una imagen distinta ante el mundo: la de un país capaz de convocar, dialogar y construir puentes utilizando el mayor escaparate internacional del planeta después de los Juegos Olímpicos.
Ese mensaje adquiere todavía más relevancia mientras la relación con Estados Unidos atraviesa uno de sus momentos más delicados desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.
Trump ha endurecido nuevamente su discurso sobre migración, comercio y seguridad fronteriza. Al mismo tiempo, su relación con varios gobiernos europeos, incluido el español, ha estado marcada por diferencias en temas comerciales, de defensa y de cooperación internacional.
En ese contexto, el acercamiento entre México y España también tiene una lectura geopolítica.
No significa que México cambie de aliados ni que pretenda desafiar a Washington. Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más importante: un país de la dimensión de México necesita ampliar sus espacios de diálogo y fortalecer todas las relaciones que contribuyan a su estabilidad política y económica.
La política exterior, al final, también consiste en diversificar puertas de entrada.
Y el Mundial le ofreció a Sheinbaum una que difícilmente volverá a repetirse.
En política internacional, los símbolos suelen viajar mucho más lejos que los discursos.
Y pocas imágenes simbolizan tanto como un rey entrando a Palacio Nacional después de siete años de desencuentros.