Se presume una reducción de 46% en el promedio diario de homicidios respecto a septiembre de 2024.
El número suena contundente. El problema es que ese número fue elegido con cuidado quirúrgico, no con rigor científico.
Septiembre de 2024 fue uno de los meses más violentos del sexenio, en plena escalada del conflicto interno del Cártel de Sinaloa. Comparar contra ese pico es como medir la temperatura corporal de un paciente durante una crisis de fiebre alta y celebrar que hoy tiene 37 grados.
Técnicamente es correcto. Metodológicamente es una trampa.
Reducir la violencia a un solo número
El error más grave del informe no es una cifra falsa. Es un concepto falso.
El documento asume, de manera implícita pero sistemática, que homicidio doloso es sinónimo de violencia.
No lo es.
La violencia criminal en México opera como un sistema complejo que incluye desapariciones forzadas, extorsión generalizada, desplazamiento interno, cobro de piso, reclutamiento forzado, control territorial, ataques con explosivos y violencia política. Nada de esto aparece como indicador central en el informe.
Si la violencia fuera únicamente una estadística de homicidios, bastaría con que los grupos criminales ocultaran mejor los cuerpos para que el gobierno reportara récords históricos de seguridad.
Y, dicho sea de paso, eso ya ocurre: cuando un cuerpo no aparece, no hay homicidio registrado. Hay una persona desaparecida.
Las fosas clandestinas llevan años explicando parte de esta ecuación que el informe ignora completamente.
La cifra negra: el elefante en la sala
El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública registra carpetas de investigación, no delitos cometidos.
La diferencia no es semántica: es estructural.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública del Inegi, históricamente más del 90% de los delitos en México nunca llegan a una carpeta de investigación.
Eso significa que la disminución de carpetas puede reflejar menor denuncia ciudadana, menor confianza en las fiscalías o menor capacidad ministerial, no necesariamente menos delitos. Una reducción estadística construida sobre esa base no mide la realidad criminal. Mide cuánta gente todavía confía en denunciar.