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Se busca Fiscal, el anterior está en campaña

Michoacán abre vacante temporal mientras la impunidad trabaja sin descanso.
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Michoacán enfrenta presencia permanente de organizaciones criminales, disputas territoriales activas, desplazamiento forzado, homicidios dolosos sostenidos, extorsión sistemática e infiltración criminal en estructuras municipales, señala Alberto Guerrero Baena. (Cuartoscuro/Juan José Estrada Serafín)

La legalidad no es suficiente

Hay decisiones que pueden ser legales y profundamente ilegítimas al mismo tiempo. La licencia temporal solicitada por Carlos Torres Piña, Fiscal General del Estado de Michoacán, para explorar su incorporación al proceso de nominación interno de Morena rumbo al gobierno estatal, pertenece precisamente a esa categoría.

El Congreso local la aprobó con aparente pulcritud procedimental, acreditando los requisitos previstos en el artículo 44, fracción XXXVII, de la Constitución michoacana y en la Ley Orgánica de la Fiscalía General.

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El procedimiento fue correcto. La decisión, sin embargo, es institucionalmente inadmisible.

Porque en materia de seguridad pública y procuración de justicia, la forma nunca agota el fondo.

Un cargo de nueve años convertido en sala de espera

El diseño constitucional de las Fiscalías autónomas tuvo un propósito concreto: blindar la persecución penal de la lógica electoral. Durante décadas, los Procuradores fueron operadores políticos del gobernador en turno.

La autonomía llegó para romper esa subordinación. El Fiscal General dejó de ser un actor del sistema político para convertirse en garante del Estado de Derecho.

Torres Piña tomó posesión de un encargo constitucional de nueve años. No de una comisión de servicio. No de un interinato. Nueve años.

Ese plazo no fue diseñado como ventana de oportunidad política, sino como condición estructural para construir una institución que trascienda los ciclos electorales.

Pedir licencia a menos de un año de haber asumido ese compromiso para participar en una competencia partidista no es un acto administrativo. Es una ruptura del contrato moral con la sociedad michoacana.

Michoacán no admite titulares de tiempo parcial

El contexto importa. Y el contexto de Michoacán es brutal.

La entidad enfrenta presencia permanente de organizaciones criminales, disputas territoriales activas, desplazamiento forzado, homicidios dolosos sostenidos, extorsión sistemática e infiltración criminal en estructuras municipales.

Diagnósticos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública y evaluaciones externas de organizaciones especializadas han documentado y exhibido persistentemente los rezagos de la Fiscalía michoacana en eficacia investigativa, judicialización efectiva y atención a víctimas.

En ese escenario, la Fiscalía no es una dependencia administrativa cualquiera.

Es uno de los pilares más sensibles del Estado. Su liderazgo no admite pausas.

Cada día de incertidumbre en la conducción institucional es un día en que los expedientes pendientes, las carpetas sin judicializar, las familias de desaparecidos y los homicidios impunes quedan suspendidos en un limbo institucional producido no por falta de recursos, sino por decisión voluntaria de quien aceptó el encargo.

Michoacán no tiene el lujo de un Fiscal de tiempo parcial.

La simulación operativa como política institucional

Existe un eufemismo peligroso en este proceso: la suplencia legal. El dictamen del Congreso considera suficiente que la Vicefiscal Coordinadora asuma temporalmente la conducción.

Jurídicamente, esa figura existe. Institucionalmente, es una ficción funcional.

La conducción de una Fiscalía en una entidad con los niveles de complejidad criminal de Michoacán no se delega con un oficio.

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Las investigaciones estratégicas de alto impacto, los acuerdos con instancias federales, las decisiones sobre persecución penal frente a la delincuencia organizada y la gestión de casos políticamente sensibles requieren una titularidad efectiva, no una suplencia de administración cotidiana.

Lo que Torres Piña deja atrás no es únicamente un escritorio vacío.

Es la conducción real de una institución que requiere liderazgo permanente y que, en su ausencia, operará bajo una simulación de normalidad institucional que ningún ciudadano que haya perdido un familiar debería tener que tolerar.

El Congreso como oficialía de partes

El Poder Legislativo tampoco salió bien librado.

En lugar de ejercer control constitucional real, la Comisión de Justicia se limitó a verificar que los documentos estuvieran en orden.

No preguntó cuáles investigaciones estratégicas quedarían comprometidas. No exigió un plan de continuidad operativa. No solicitó garantías sobre la protección de casos de alto impacto. No evaluó el riesgo institucional de la separación en el contexto de seguridad estatal.

El Congreso actuó como una ventanilla de trámite. Eso no es control democrático. Es complicidad institucional con una decisión que debió someterse a un escrutinio mucho más riguroso.

Las víctimas no tienen licencia

Existe una dimensión que el debate jurídico sistemáticamente invisibiliza: las víctimas.

Cada expediente sin resolver. Cada carpeta de investigación sin avanzar. Cada persona desaparecida cuya familia espera una llamada. Cada homicidio impune en los municipios más golpeados del estado.

Esas personas no pueden pedir licencia de su dolor. No pueden suspender su espera mientras el titular de la institución que debía procurarles justicia explora si Morena le abre la puerta del Palacio de Gobierno.

La responsabilidad del Fiscal General no es delegable. La administración operativa puede transferirse temporalmente.

La obligación moral, jamás.

Cuando la autonomía pierde su razón de ser

La licencia de Torres Piña puede superar cualquier revisión de legalidad formal. Lo que no supera es el examen de la ética pública.

Cuando la titularidad de una Fiscalía constitucional comienza a percibirse como escala de transición política, el diseño de autonomía pierde su contenido práctico. La institución deja de proyectar continuidad técnica y adquiere la lógica del oportunismo electoral.

En un estado que acumula años de violencia, impunidad y desconfianza institucional, ese mensaje tiene un costo que no aparece en ningún dictamen legislativo, pero que miles de michoacanos pagan todos los días: la certeza de que para quienes los gobiernan, la ambición personal siempre llega antes que la justicia.

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Nota del editor: Alberto Guerrero Baena es consultor especializado en Política de Seguridad, Policía y Movimientos Sociales, además de titular de la Escuela de Seguridad Pública y Política Criminal del Instituto Latinoamericano de Estudios Estratégicos, así como exfuncionario de Seguridad Municipal y Estatal. Puedes escucharlo con su análisis en Políticas de Seguridad los martes a las 5: 25 hrs y los miércoles a las 18:20 hrs en MVS Noticias, en el 102.5 FM de la Ciudad de México. Escríbele a albertobaenamx@gmail.com y síguelo en redes sociales como @guerrerobaenamx Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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