El futbol femenino constituye otro ejemplo. Durante décadas, las futbolistas enfrentaron condiciones de desigualdad respecto de sus pares masculinos en materia salarial, de infraestructura y de reconocimiento institucional. Las reclamaciones de jugadoras y asociaciones han contribuido a impulsar reformas orientadas a combatir discriminaciones estructurales que durante mucho tiempo fueron consideradas normales.
Con frecuencia pensamos que es el derecho el que transforma a la sociedad. Pero en ocasiones ocurre exactamente lo contrario: son los cambios sociales los que obligan al derecho a evolucionar.
Y pocos fenómenos sociales poseen la fuerza cultural y la capacidad de influencia del futbol.
No deja de ser significativo que cuestiones tan diversas como la igualdad entre ciudadanos europeos, la lucha contra el racismo, la discriminación por orientación sexual o las reivindicaciones del futbol femenino hayan encontrado en una cancha un escenario privilegiado para el desarrollo de nuevas respuestas jurídicas.
Mientras millones de personas siguen el Mundial y discuten sobre goles, penales y favoritos, vale la pena recordar que el futbol también se juega en otro terreno.
Uno donde no hay árbitros, tarjetas ni tiempos extra.
El de los tribunales.
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Nota del editor: Carlos Enrique Odriozola Mariscal es abogado y activista en la defensa de los derechos humanos. Presidente del Centro Contra la Discriminación. Redes sociales @ceodriozolam Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.