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El futbol también se juega en los tribunales

Las expresiones racistas en los estadios, la violencia contra las mujeres árbitras y jugadoras, las manifestaciones homofóbicas han dado lugar a discusiones jurídicas que trascienden el ámbito deportivo.
La FIFA castiga gritos homofóbicos
Las sanciones impuestas a la Federación Mexicana de Futbol por el llamado grito homofóbico han generado un intenso debate público, apunta Carlos Enrique Odriozola Mariscal.

La Copa del Mundo inició y, durante las próximas semanas, miles de millones de personas seguirán con pasión cada gol, cada sorpresa y cada polémica arbitral. Sin embargo, existe una dimensión del futbol que rara vez ocupa las portadas. Porque además de disputarse en las canchas, el deporte más popular del planeta también se juega en los tribunales.

Y, en más de una ocasión, ha sido precisamente el futbol el que ha permitido ampliar los alcances de la igualdad y la no discriminación.

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El ejemplo más conocido es el caso Bosman, surgido en 1990. Jean-Marc Bosman era un futbolista belga que, al concluir su contrato con su club, pretendía fichar por un equipo francés. Sin embargo, las reglas vigentes en el futbol europeo imponían restricciones a la contratación de jugadores extranjeros, de modo que, pese a ser ciudadano de otro Estado miembro de la entonces Comunidad Europea, Bosman no recibía el mismo trato que un futbolista francés.

Bosman acudió a los tribunales sosteniendo que, en virtud de los tratados europeos, un ciudadano belga debía poder trabajar en Francia en las mismas condiciones que un ciudadano francés. En otras palabras, argumentó que las normas deportivas no podían establecer diferencias injustificadas basadas en la nacionalidad entre ciudadanos comunitarios.

En 1995, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea le dio la razón. La sentencia no solo revolucionó el mercado de transferencias del futbol europeo, sino que se convirtió en uno de los precedentes más importantes en materia de igualdad y prohibición de discriminación por nacionalidad.

Paradójicamente, uno de los hitos más relevantes del derecho europeo contemporáneo no nació de una disputa entre Estados ni de un conflicto entre grandes empresas, sino del reclamo de un futbolista prácticamente desconocido.

Pero el caso Bosman no ha sido la única ocasión en que el futbol ha obligado a replantear los alcances de la igualdad.

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Las expresiones racistas en los estadios, la violencia contra las mujeres árbitras y jugadoras, las manifestaciones homofóbicas y las controversias sobre la participación de personas transgénero han dado lugar a discusiones jurídicas que trascienden por mucho el ámbito deportivo. Detrás de todas ellas aparece una misma pregunta: ¿hasta dónde puede llegar una sociedad en la tolerancia de prácticas que históricamente han sido normalizadas, pero que afectan la dignidad de las personas?

México tampoco ha sido ajeno a esas discusiones.

Las sanciones impuestas a la Federación Mexicana de Futbol por el llamado grito homofóbico han generado un intenso debate público. Mientras algunos sostienen que se trata de una expresión tradicional del ambiente futbolístico, otros consideran que constituye una manifestación incompatible con los principios de igualdad y no discriminación.

Con independencia de la postura que se adopte, el caso demuestra que las prácticas culturales no son inmunes al escrutinio jurídico. Las costumbres, por arraigadas que parezcan, también deben ser examinadas a la luz de los derechos fundamentales.

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El futbol femenino constituye otro ejemplo. Durante décadas, las futbolistas enfrentaron condiciones de desigualdad respecto de sus pares masculinos en materia salarial, de infraestructura y de reconocimiento institucional. Las reclamaciones de jugadoras y asociaciones han contribuido a impulsar reformas orientadas a combatir discriminaciones estructurales que durante mucho tiempo fueron consideradas normales.

Con frecuencia pensamos que es el derecho el que transforma a la sociedad. Pero en ocasiones ocurre exactamente lo contrario: son los cambios sociales los que obligan al derecho a evolucionar.

Y pocos fenómenos sociales poseen la fuerza cultural y la capacidad de influencia del futbol.

No deja de ser significativo que cuestiones tan diversas como la igualdad entre ciudadanos europeos, la lucha contra el racismo, la discriminación por orientación sexual o las reivindicaciones del futbol femenino hayan encontrado en una cancha un escenario privilegiado para el desarrollo de nuevas respuestas jurídicas.

Mientras millones de personas siguen el Mundial y discuten sobre goles, penales y favoritos, vale la pena recordar que el futbol también se juega en otro terreno.

Uno donde no hay árbitros, tarjetas ni tiempos extra.

El de los tribunales.

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Nota del editor: Carlos Enrique Odriozola Mariscal es abogado y activista en la defensa de los derechos humanos. Presidente del Centro Contra la Discriminación. Redes sociales @ceodriozolam Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente al autor.

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