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BTS en el Zócalo y la política del espectáculo

Mientras el país hablaba de BTS saludando desde Palacio Nacional y miles de videos inundaban las plataformas sociodigitales, también se acumulaban otros temas mucho menos cómodos para el gobierno.
lun 11 mayo 2026 06:01 AM
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El grupo surcoreano de K-Pop BTS saludo a sus fans desde uno de los balcones de Palacio Nacional tras la invitación de la presidenta Claudia Sheinbaum. 
 (Foto: Galo Cañas/Cuartoscuro)

Hay imágenes que explican mejor a un país que cualquier discurso oficial. Más de 50,000 personas reunidas en el Zócalo para ver durante sólo unos minutos a BTS desde un balcón de Palacio Nacional es una de ellas. Esto habla de la magnitud del fenómeno cultural que representa la banda en México, pero también de la manera en que hoy se construye la conversación pública desde el poder político.

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Porque esto no puede leerse únicamente como una anécdota pop o un acto histórico que relata la alegría de las fans después de una espera tan larga. Tampoco basta con reducirlo a un gesto de cercanía política con las juventudes. Lo que ocurrió en el Zócalo es parte de algo más amplio vinculado a la continuidad de una política que entiende perfectamente el valor del entretenimiento como herramienta de conexión emocional, legitimidad y control narrativo con objetivo (principalmente) en generaciones que son visiblemente apáticas en términos políticos.

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Y, en realidad, eso no es nuevo. Desde el sexenio pasado, la política ha entendido que gobernar también implica administrar emociones y espectáculos. La vieja lógica del pan sigue siendo visible. Hoy ya no pasa necesariamente por desfiles militares, sino por conciertos masivos, eventos virales y momentos diseñados para ser visibles digitalmente. La política contemporánea ya no solo busca ser escuchada. Busca ser, habrá a quien le guste más o menos, compartida.

En ese sentido, el actual gobierno federal y el de la Ciudad de México han sido particularmente hábiles para leer algo que otros actores políticos ignoraron durante años. La ciudadanía también necesita entretenimiento, espacios de encuentro y experiencias colectivas. Frente a eso, los conciertos gratuitos en el Zócalo, desde Los Ángeles Azules y Polymarchs hasta Shakira, no son casualidad. Son parte de una estrategia que entiende que la cultura genera cercanía, identidad y conversación pública, en muchos sectores, positiva.

Y sería un error mirar eso únicamente desde el desprecio elitista que suele aparecer cada vez que miles de personas llenan una plaza pública para cantar, bailar o celebrar. Porque el acceso a la cultura y al entretenimiento también es una necesidad social genuina. Especialmente en un país marcado por jornadas laborales agotadoras, tanta desigualdad y una conversación pública dominada casi siempre por la violencia y la incertidumbre.

La gente necesita espacios para emocionarse. Necesita momentos de alegría colectiva. Necesita distraerse. Pero, el problema aparece cuando el entretenimiento deja de convivir con la realidad y comienza a funcionar como sustituto de ella.

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Porque mientras el país hablaba de BTS saludando desde Palacio Nacional y miles de videos inundaban las diferentes plataformas sociodigitales, también se acumulaban otros temas mucho menos cómodos para el gobierno. Entre ellos, las recientes acusaciones desde Estados Unidos que vinculan a actores políticos mexicanos con redes del narcotráfico. Temas delicados que obligan a conversaciones incómodas sobre los resultados en materia de seguridad, impunidad y gobernabilidad.

Y ahí es donde el espectáculo político adquiere otra dimensión y necesidades. No porque un concierto o un evento cultural sean, por sí mismos, una conspiración diseñada para distraer al país. Aunque habrá quien diga que sí, por aquello de que en la política nunca hay casualidades, pensarlo así sería intelectualmente flojo. Pero sí porque los gobiernos entienden perfectamente que la atención pública es limitada. Que las emociones colectivas desplazan conversaciones. Que un momento viral puede alterar por completo el ritmo mediático de una semana políticamente complicada.

Así, no es necesario ocultar información. La ecuación cambia y se vuelve más fácil operar saturando emocionalmente el espacio público.

Esto vuelve tan relevante que la propia presidenta Claudia Sheinbaum decidiera involucrarse directamente en la visita de BTS, apareciendo junto al grupo y habilitando el Zócalo como escenario para el encuentro con fans. El gesto no fue accidental ni menor. Fue un acto cuidadosamente poderoso. Juventud, cultura global, entusiasmo colectivo y cercanía presidencial reunidos en un mismo cuadro. ¿Algo podría salir mejor?

Y, sin embargo, lo más interesante es que incluso dentro del ARMY mexicano aparecieron tensiones alrededor de ese momento. Mientras miles celebraban la posibilidad de ver a la banda, otros fans cuestionaban el uso político del evento y pedían mantener cierta distancia entre la comunidad y el aparato gubernamental. Esa incomodidad también importa, porque revela la manera en que las audiencias culturales ya no son masas pasivas. Entienden cuándo están siendo interpeladas políticamente.

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Y quizá ahí está la verdadera discusión. No en condenar que existan estos eventos, ni en exigir una política incapaz de conectar emocionalmente con la ciudadanía, sino en preguntarnos qué ocurre cuando el entretenimiento comienza a convertirse en el principal lenguaje del poder.

Porque una democracia necesita cultura, sí. Necesita espacios públicos vivos, conciertos, arte y momentos colectivos. Pero, también necesita ciudadanos capaces de sostener más de una conversación al mismo tiempo. Capaces de emocionarse con BTS y, al mismo tiempo, exigir respuestas relacionadas violencia, corrupción o presuntos vínculos criminales dentro de las estructuras políticas. Pero, lo más importante, necesita un gobierno que también pueda entrarle a más de una conversación. Así, sin que una apague, casual o causal, a otra.

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Nota del editor: Luis Ruiz es consultor en comunicación estratégica corporativa y relaciones públicas. En los últimos años ha colaborado en el desarrollo de campañas de comunicación corporativa de compañías reconocidas a nivel nacional y regional. Síguelo en LinkedIn . Las opiniones publicadas en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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