Hay momentos en la política donde no hace falta un discurso para entender lo que pasó. Basta con ver las caras, los silencios y las decisiones. El famoso “Plan B” de la reforma electoral prometía ser una pieza clave del proyecto político de la presidenta. Hoy, más que una victoria, parece un recordatorio incómodo de que el poder también se desgasta y, a veces, se fragmenta.
#ZonaLibre | Ebrard, ¿el regreso que se cocina?
Porque sí, la reforma va. En lo técnico, en lo estructural, en lo que se puede vender como avance: reducción de costos del sistema electoral, ajustes al órgano electoral, compactación de estructuras locales, cambios en la representación proporcional y nuevas reglas para el financiamiento de partidos. Todo eso camina. Todo eso, en papel, se aprobará.
Pero lo importante no está en el papel. Lo importante está en lo que se rompió en el camino.
La eliminación de la revocación de mandato para 2027 no fue un accidente. Fue una jugada. Una señal clara de que los “mini” aliados ya no están alineados como antes. Y cuando un partido pequeño se permite ese nivel de independencia, lo que realmente está diciendo es: “Ya no estoy obligado”.
Ahí está el verdadero golpe.
Porque durante años, el oficialismo construyó una maquinaria política donde los aliados funcionaban como extensiones disciplinadas. Hoy esa maquinaria cruje. Y no por la oposición, sino desde adentro. La confianza —esa palabra tan invisible como determinante— simplemente dejó de existir.
Y cuando eso pasa, ya no hay reforma que alcance para taparlo.
En ese contexto aparece una figura que entiende muy bien estos momentos: Marcelo Ebrard.
No está en la foto todos los días, pero está. Observando. Midiendo. Esperando. Y sobre todo, entendiendo que cuando el sistema pierde orden, alguien tiene que imponerlo.
Porque si algo quedó claro en este episodio es que el Congreso necesita operación política real. No discursos, no buenas intenciones, no conferencias. Operación. Acuerdos. Control. Y eso, hoy, simplemente no está ocurriendo.
El intento de liderazgo falló. No se logró consolidar una conducción que alineara intereses, que disciplinara aliados, que negociara con inteligencia. Y en política, cuando no hay conducción, hay caos.
Ahí es donde Ebrard empieza a tomar sentido. Pues ha sido el aliado más importante para la presidenta al día de hoy.
Y entraría al quite, no como nostalgia, sino como necesidad.
Porque además hay un factor que pocos están diciendo en voz alta: Marcelo necesita volver a la calle. Necesita territorio, cercanía, ruido político. Hoy está atrapado en una de las tareas más desgastantes que existen: negociar, contener, administrar tensiones internacionales. El T-MEC no da votos. Las conversaciones con Trump no llenan plazas. Son necesarias, sí. Pero no construyen capital político interno.
Y Marcelo lo sabe.
Por eso no sorprendería que, pasando el Mundial —o incluso antes de lo que muchos imaginan—, decida soltar el escritorio y regresar al terreno donde se construyen las candidaturas: el país real.
Mientras tanto, su equipo ya se mueve. Y eso es clave. Porque en política, los equipos no se mueven por intuición, se mueven por señal. Están preparando salidas, buscando espacios, levantando la mano en todos los niveles: desde alcaldías hasta gubernaturas, desde congresos locales hasta el federal. Es una operación silenciosa, pero muy clara.
Y hay otra razón que acelera todo. Se llama Omar García Harfuch.
Porque mientras unos negocian, otros crecen. Y Harfuch está creciendo. Sus resultados, su perfil, su narrativa de eficacia le están dando algo muy valioso en política: credibilidad. Y eso, inevitablemente, empieza a reflejarse en encuestas.
Marcelo no compite solo contra el tiempo. Compite contra nuevas figuras que ya están construyendo su propio camino.
Entonces la pregunta ya no es si va a regresar. La pregunta es cómo.
¿Volverá como el operador que ordena al Congreso? ¿Como el articulador que recompone la relación con aliados fracturados? ¿O como el político que, desde el Senado, empieza a construir su siguiente candidatura?
Lo que sí es un hecho es que el “Plan B” dejó mucho más que una reforma incompleta. Dejó un mensaje claro: el poder ya no está tan concentrado como parecía.
Y en ese tipo de escenarios, siempre hay dos tipos de políticos: los que administran la crisis y los que la convierten en oportunidad.
Marcelo, históricamente, ha sido de los segundos lugares. La duda es si esta vez le alcanzará el tiempo, o si alguien más ya entendió el momento mejor que él.
La pelota está de su lado.
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