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Terror en Afganistán

Duele el alma al constatar que pueda existir tal grado de desesperación en un ser humano que decida colgarse de las alas de un avión con la esperanza de dejar su país ante la llegada de un régimen
jue 19 agosto 2021 12:05 AM
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Miles de afganos se amontonaron tratando de ingresar al aeropuerto de Kabul con la idea de abandonar su país.

Epítome del caos. No hay otra manera de describir a los ríos de personas tratando de llegar al aeropuerto de Kabul, peleando por ingresar desesperados a un avión, y ver a quienes quedaron fuera colgando de sus alas para caer al vacío en cuanto despega la aeronave.

Duele el alma al constatar que pueda existir ese grado de desesperación en un ser humano. El Gobernador del Banco Central de Afganistán, Ajmal Ahmadi, describe en un hilo de tuits el colapso de ese gobierno en tan solo una semana que, según señala, fue “tan rápido y completo que fue desorientador y difícil de comprender”. Acusa la falta de información, planeación y de un periodo de transición en el contexto de la desaparición de la cadena de mando.

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Más pertinentes que nunca las palabras del escritor afgano Khaled Hosseini: “puede ser injusto, pero lo que pasa en unos pocos días, a veces en un solo día, puede cambiar el curso de toda una vida”, mientras narra la historia de un niño que vuela su papalote para escapar de su desoladora realidad en Kabul.

Justo hoy, Afganistán está cambiando en tan solo unos instantes el curso de su vida, llevándose en el proceso el destino de 38 millones de almas. Las heridas abiertas, lejos de cerrar, han reventado en las últimas horas y recrean una espiral de angustia y dolor en el contexto de un mundo abrumado por sus propios problemas.

Cuando se pensaba que ese país estaba en ruta –precaria, pero ruta al fin– de encontrar ciertos márgenes de institucionalidad y avance, resuena la poesía de nuestro primer Embajador en esa nación del Medio Oriente, Octavio Paz, que describe a Kabul como un lugar donde “el presente es perpetuo”. Y ha sido justamente esa perpetuidad la constante en el otrora imperio, protectorado, reino, emirato y forzada república islámica desde 2004, época en la cual miles de afganos, en especial mujeres, emigraron para buscar una vida de paz, de libertades y fuera del alcance del terror talibán.

En palabras de la periodista Nazira Karina que con lágrimas en los ojos participó hace unos días en la conferencia de prensa del Pentágono y frente a su vocero, John Kirby dijo: “soy de Afganistán y estoy muy triste hoy porque las mujeres afganas no esperábamos esto, de la noche a la mañana todos los talibanes llegaron, me quitaron mi bandera, ésta es mi bandera”.

 

Y esa bandera representaba la aspiración a derechos que fueron conquistados de muy poco en poco con sacrificio, dolor y sangre. Derecho a salir a la calle, a vestir libremente, a expresarse sin represalias, a ir a la escuela. Simplemente, a vivir y a hacerlo de manera libre y plena. Estados Unidos defiende su postura de retirada, Reino Unido está por convocar a una reunión del G-7 para abordar la crisis y preparan un programa de asilo de emergencia similar al que ha permitido a más de 20 mil sirios abandonar su país.

El desastre está hecho, el terror talibán está de regreso. No habrá una historia única de las razones detrás del caos. Se darán diversas explicaciones y justificaciones tanto a nivel doméstico como internacional. Casi imposible es que exista un deslinde justo de responsabilidades que sirva para algo. Más útil en estos momentos que la repartición de culpas, será la repartición de responsabilidades y el compromiso de acciones concretas para salvaguardar, en la medida de lo posible a la población.

A falta de una verdadera autoridad internacional, Afganistán quedará en manos de su propio destino, a merced de los intereses internacionales: geopolítica, migración, drogas, armas, metales y valiosos minerales, incluido uno de los depósitos más grandes de litio en el mundo.

 

El desenlace es impredecible en estos momentos: un emirato islámico controlado por los talibanes, fuerzas descoordinadas de resistencia locales, un paraíso para el terrorismo, apoyo internacional a las fuerzas armadas, reuniones multilaterales en favor de los derechos humanos, mesas de negociación para la paz y la seguridad globales, nuevas intervenciones adhoc de Estados Unidos, China, Rusia, Irán, y más sanciones internacionales.

Las crudas imágenes de la significativa toma de Kabul han sido, parafraseando a Robespierre, terror sin virtud que es simplemente, muerte.

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Nota del editor:

La autora fue servidora pública por más de 25 años, exsubsecretaria de Relaciones Exteriores, Desarrollo Social y Hacienda, y senadora con licencia.

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única de la autora.

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