A principios de febrero, la mandataria lanzó una estrategia para incrementar en 5.6 billones de pesos la inversión en infraestructura pública durante su sexenio.
En ese sentido, en esta semana presentó una iniciativa de ley para abrir a las empresas la participación en obras públicas estratégicas y para ello propone cambios en los modelos de financiamiento para que el Estado, la iniciativa privada y el sector social puedan financiar y construir obras a largo plazo.
Son pasos significativos, pero el reto es enorme, ya que México tiene años con una baja inversión pública.
En 1981, el gasto en infraestructura representó 12% del Producto Interno Bruto (PIB) y desde entonces, no ha alcanzado el mismo nivel, de acuerdo con el informe de Oxfam Oligarquía o democracia.
Aunque del 2021 a 2024 se han registrado aumentos en el gasto, la inversión pública, sigue por debajo de aquellos años con 4% del PIB.
“Estamos en una situación peor a la que teníamos hace 45 años en términos de inversión pública”, explica Efrén Pérez, gerente de Gestión del Conocimiento en Oxfam México.
Los efectos de esta tendencia son graves, ya que la inversión pública es uno de los motores del crecimiento económico y la vía para que el Estado garantice derechos como la educación, salud y la seguridad social, así como servicios de cuidados, transporte, electricidad y el agua.
Según explica Pérez, la caída en el gasto para infraestructura se debe a una disponibilidad de recursos públicos limitados a lo que se suman factores externos como la inseguridad y la percepción de incertidumbre jurídica. Todo ello ha obstaculizado la inversión.
Sin embargo, asegura que el país mantiene atractivo para atraer capitales extranjeros por su cercanía con Estados Unidos.
La inversión pública es una de las maneras que tienen los gobiernos para cambiar la vida de las personas directamente”,
Efrén Pérez, gerente de Gestión del Conocimiento en Oxfam México.