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#Libros | El juicio del Chapo y las memorias del ‘Rey’ (adelanto)

Conoce a detalle el testimonio de Jesús el ‘Rey’ Zambada, escrito por la periodista Alejandra Ibarra en su libro “El Chapo Guzmán, el juicio del siglo”.
dom 14 julio 2019 09:28 AM
Libro Chapo
Juicio. La periodista Alejandra Ibarra, quien estuvo presente en el juicio del capo sinaloense, escribió el libro “El Chapo Guzmán, el juicio del siglo”, editado por Aguilar.
Expansión Política
@ExpPolitica

Joaquín Guzmán Loera conocerá su sentencia el próximo miércoles 17 de julio tras un juicio que se extendió durante tres meses y en el que desfilaron varios de sus excolaboradores que vertieron toda clase de confesiones en la Corte Federal de Brooklyn, en Nueva York.

Uno de esos testigos que decidió colaborar con la Fiscalía estadounidense es Jesús el ‘Rey’ Zambada, hermano de Ismael el ‘Mayo’ Zambada y en otros tiempos un cercano amigo del ‘Chapo’, quien contó a los presentes en la sala 8D cómo el cártel de Sinaloa corrompió al gobierno y autoridades mexicanas mediante cuantiosos sobornos, además de delinear una serie de asesinatos, entre ellos el de Ramón Arellano Félix.

Para conocer a detalle este testimonio compartimos a continuación –con permiso de Penguin Random House Grupo Editorial– lo escrito por la periodista Alejandra Ibarra, quien estuvo presente en el juicio del capo sinaloense, en su libro “El Chapo Guzmán, el juicio del siglo”, editado por Aguilar.

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LAS MEMORIAS DEL REY

Para entender quién era El Chapo, primero teníamos que aprender qué era el Cártel de Sinaloa. Las primeras dos sema­nas del juicio sirvieron para sentar las bases de las operaciones del cártel, la historia del ascenso de Guzmán Loera en la or­ganización criminal y una visión panorámica del narcotráfico en México desde finales de los ochenta del siglo XX a 2008, todo narrado por el testimonio de Jesús Reynaldo Zambada García, el hermano menor del Mayo. La evidencia de la vida criminal del Rey y todo lo que él le contó al gobierno de los Estados Unidos sobre los 21 años de operaciones del cártel, estaba compilada en una enorme carpeta de pastas negras. El abogado de la defensa, William Purpura llamaría a esa carpeta rebosante —en tono de burla— “el librito negro de la fiscalía”. Ese libro negro fue la guía para navegar el juicio completo; era el indicio para entender cómo intentarían pro­ bar que Guzmán Loera era culpable de los 10 delitos que le imputaban.

Despertar a las 4:00 de la mañana. Llegar a la corte pasa­das las cinco. Anotar mi hora de llegada en la lista de la hojita amarilla. Esperar en la calle a que dieran las 7:00. Entrar, esperar otra hora y media junto a los botes de basura. Todo esto se había convertido en una rutina. Fue Adam quien nos avisó que los alguaciles también llevarían una lista para res­petar nuestro lugar adentro de la sala. “¿Hay alguien nuevo el día de hoy?” Preguntó. Un abogado que quería aprender del equipo de la defensa levantó la mano. El vikingo californiano se le acercó, le explicó la dinámica y nos guiñó un ojo antes de regresar a su puesto de vigilancia. A partir del segundo día pudimos entrar y salir de la sala 8D después de anotarnos en la segunda lista, la de los alguaciles.

Había una cafetería, el Bayway Café, en el tercer piso, donde vendían un café que —bien describía Víctor— era peor que el petróleo. Pero no había de otra, nos lo tomábamos. Un plátano o un pan frío y una tacita de petróleo se convirtieron en mi desayuno. En la caja de la cafetería cobraban dos em­pleadas. Cuando platicaba con ellas, me gustaba pensar que eran una postal del cambio demográfico en Estados Unidos. La mayor de ellas era blanca y monolingüe. La más joven, de tez morena, era latina y bilingüe. Ambas, mujeres. Junto a la caja había un barandal cubierto con guirnaldas de hojas otoñales porque se acercaba el Día de Acción de Gracias.

“Perdón por el retraso para empezar”, dijo el juez Cogan a los miembros del jurado, después de abordar una moción de la fiscalía donde pedía se desestimaran todos los alegatos iniciales de Jeffrey Lichtman. “Un juicio no es como un show de Broadway”, agregó el juez. Algunos miembros del jurado sonrieron.

El primer testigo en tomar el estrado fue el agente de adua­nas jubilado, Carlos Salazar; habló sobre un túnel que El Cha­po utilizaba para cruzar droga por la frontera que su equipo descubrió el 11 de mayo de 1990, entre Arizona y Sonora. Salazar era un hombre mayor, menudo, enjuto, de ojos peque­ ños, calvo y con barba de candado. Empezó a trabajar como agente de aduanas en 1987 y permaneció en su agencia, que se convirtió en la de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) tras la reforma del expresidente George W. Bush, en 2003, después del ataque a las torres gemelas.

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Ese cambio institucional fue muy significativo, pues ICE fue creada para encontrar terroristas infiltrados en el país, para prevenir otro ataque como el del 11 de septiembre de 2001. Antes de crearse ICE, la agencia de naturalización y migración (INS, por sus siglas en inglés), la antecedía y estaba bajo el Departamento de Justicia, no bajo el Departamento de Seguridad Interior. El enfoque de INS había sido procesar visas y permisos de trabajo, y regular situaciones migratorias. Tenía una misión administrativa. No era una agencia del or­den como llegó a ser ICE. Cuando Salazar encontró ese túnel en 1990, el mundo era muy diferente.

El agente y su equipo dieron con el túnel a través de la bodega, en Arizona, donde también encontraron 926 pa­quetes (o kilos) de cocaína con palabras clave como “SOSP”, “Yamaha”, “MR” escritas sobre las envolturas de plástico. Ese día de mayo de 1990, los agentes taladraron el piso hasta encontrar la entrada que los llevó al otro extremo del túnel, a una casa en Agua Prieta, Sonora. Ahí realizaron una redada pero no encontraron a nadie. Al parecer llegaron minutos tarde, según el agente, porque cuando entraron todavía había comida caliente sobre la mesa. Para ilustrar el mecanismo del túnel, que no era una excavación cualquiera, la fiscalía proyectó un video donde aparecían agentes estadounidenses demostrando su hallazgo hacía casi 30 años.

Al túnel, explicó Salazar señalando las pantallas de la sala, se entraba por medio de una compuerta secreta en el piso de la casa en Sonora; justo debajo de una mesa de bi­llar, se levantaba con un mecanismo de pistones hidráulicos activable con un aspersor de riego en el jardín. Para Salazar, descubrir ese túnel fue probablemente uno de los momentos más significativos de su carrera. El Chapo veía la que pre­suntamente era su obra con los brazos cruzados, sin ninguna expresión. Ese túnel fue quizá de los primeros que el narco ordenó construir, y por lo que después se ganó el mote de El Rápido, ya que permitía llevar cocaína por la frontera a velo­cidades sin precedentes. La fiscalía presumía su evidencia, el primer video de muchos que eran parte de una investigación de décadas. Yo no dejaba de pensar cómo un túnel —un ca­mino subterráneo que conectaba punto A con punto B—, por sofisticado que fuera, podía simbolizar tanto para numerosas personas tan diferentes.

Después empezó el contrainterrogatorio de William Pur­pura. Rápidamente dejó claro que había algunos problemas con las fechas entre el descubrimiento del túnel y los reportes realizados por la agencia gubernamental. A Purpura también le pareció poco creíble que el agente no se hubiera dado cuenta de que un túnel de esas magnitudes se había construido a es­casas cuadras de su oficina durante más de 10 meses. Poco a poco, los abogados de Guzmán Loera iban plantando las semillas de la duda.

La mayoría de los reporteros en la sala estábamos im­pacientes. Queríamos ver un narco. Pero la fiscalía no iba a darnos el gusto tan rápido. El segundo testigo fue el químico forense Robert C. Arnold, que trabajó en el Buró de Narcó­ticos y Drogas Peligrosas de 1990 a 1997. Su trabajo consistía en analizar la evidencia de sustancias controladas, comida, pesticidas, drogas. Había testificado al menos 100 veces en cortes de Estados Unidos. Era un hombre anciano con len­tes de pasta tan grandes como sus orejas, arrugado, con pelo blanco quebrado; vestía un traje con un pañuelo en la solapa y traía consigo una larga lista de títulos académicos. Arnold era un señor francamente aburrido. Durante su testimonio muchos periodistas salieron de la sala.

Ese químico forense había recibido los 926 paquetes de cocaína que Salazar encontró en Arizona. El 18 de ju­lio de 1990, recordó, realizó la prueba de color a esos kilos de polvo blanco y los vio teñirse de azul. Eso le confirmó que la sustancia que parecía harina blanca era 95% cocaína, el resto: humedad. Según Arnold, esa cocaína era de muy buena calidad. En su contrainterrogatorio, Purpura nos hizo ver que el científico con su larga lista de títulos académicos y certificaciones en decenas de cortes se equivocaba en cálcu­los matemáticos. “¿Nos puede repetir cuántas libras son 926 kilos?” Le pidió el abogado al testigo por segunda vez. Aproxi­madamente 420, insistió Arnold, errando mientras explicaba que para convertir kilos en libras había que dividir (y no mul­tiplicar) entre 2.2. Fue, francamente, vergonzoso.

Había tres descansos al día: el de media mañana, de 15 minutos; el del almuerzo, de una hora, y el de media tarde, de otros 15 minutos. En la cafetería comían algunos reporteros, Eduardo Balarezo con su equipo de abogados, Mariel Colon Miro con Emma Coronel, y el equipo K-9 antibombas. El nombre del equipo no era oficial, pero en Estados Unidos, desde la Primera Guerra Mundial, así se le conocía a los ope­rativos que usaban perros para detectar bombas. En inglés “K 9”, suena como “canine”, canino.

Cuando reinició el juicio, por la puerta de madera en el fondo de la sala por donde entraba y salía el jurado, entró un hombre grande vestido con el uniforme de prisionero: cami­seta y pantalón azul marino. En la sala reinó el silencio. Usaba lentes con los cristales oscurecidos de pasta negra, tenía poco pelo y el que le quedaba lo tenía cortado a rape. La barba la llevaba de candado. Se sentó junto a él una intérprete y esperó a que el juez iniciara la sesión. Era El Rey: Jesús Reynaldo Zambada García, el benjamín de la familia Zambada García.

En esos primeros días del juicio contra Guzmán Loera, El Rey abarcó toda la sala con su presencia y, con su carisma, se ganó toda nuestra atención. El interrogatorio lo llevó Gina Parlovecchio. La fiscal, graduada en la Escuela de Derecho de la Universidad de Cornell, era rubia y vestía un traje sas­tre de falda y saco. Tenía una voz monótona y una manera extremadamente minuciosa de realizar las preguntas. Frente a ella, el libro negro le señalaba qué temas abordar, y con una pluma, palomeaba lo abarcado. No iba a dejar que se le escapara un solo envío, una sola fecha, un solo cómplice, un gramo de droga traficado. En su testimonio dirigido pun­tualmente por Parlovecchio, El Rey explicó la estructura del cártel, las diferentes rutas de envío de cocaína con sus res­pectivas ganancias, las guerras que libró el Cártel de Sinaloa, los sobornos enviados a funcionarios públicos, los asesinatos ordenados por Guzmán Loera, la fuga de Puente Grande y el sistema de comunicaciones que utilizaba El Chapo. En cada uno de esos puntos, ahondarían los fiscales en los siguientes meses, arrancándole a cada testigo colaborador confesiones para corroborar un tema diferente.

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LA ESTRUCTURA DEL CÁRTEL DE SINALOA

Era surreal escuchar al Rey hablar sobre el cártel. Tenía una manera tan prosaica de describir sus actividades criminales que, si alguien hubiera entrado repentinamente, podría pen­sar que se hablaba de una compañía comercializadora de jugos o harina, no de una empresa delincuencial. Dijo, por ejemplo, que el Cártel de Sinaloa era un grupo de personas cuyo fin era llevar a cabo actividades criminales dirigidas por líderes para controlar el mercado y los precios del producto hasta su venta en Estados Unidos. El producto: mariguana, cocaína, metanfetaminas o heroína. Parlovecchio palomeaba en su libro negro.

Fue tan exhaustivo el testimonio del Rey, que explicó in­cluso que la cocaína venía de Colombia, de un árbol que tenía una hoja que se molía para formar un tipo de harina que se mezclaba con productos químicos, quedando convertida en cocaína. La heroína, por otro lado, era cultivada y procesada en México. Venía de una planta llamada amapola que daba, en sus palabras, una flor muy hermosa con una pelotita al centro. Cuando la pelotita llegaba a su clímax, decía El Rey mientras hacía una forma redonda con sus manos como si una de esas pelotitas estuviera entre ellas, se rayaba y salía la goma del opio. La mariguana era cultivada también en México, mientras que las metanfetaminas se fabricaban con un precursor, la efedrina la importaban de países asiáticos.

A finales de los ochenta El Chapo invertía con otros nar­cos en la importación de cocaína. Compartían el transporte, se dividían los sobornos y el personal para mover esa droga has­ta el otro lado de la frontera norte de México. Trabajaba con Ismael, El Mayo Zambada, Juan José Esparragoza, El Azul, Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos, Ignacio, Na­cho Coronel y Arturo Beltrán Leyva. En 1992, el gobierno de­nominó a la organización a la que pertenecía El Chapo como La Federación. Incluso Parlovecchio utilizó un tablero negro con tiras de velcro para pegar las fotos de los narcotrafican­tes mencionados en el interrogatorio, según la jerarquía que le indicaba el testigo. “¿Dónde iría el acusado?”, le preguntó a Zambada. Cuando él respondió que junto al Azul, la fiscal pegó una foto del Chapo en su pizarra negra. A su derecha, Guzmán Loera la veía mientras colocaba su cara en el collage. En el orden de los líderes del tablero con fotos, se veía algo así:

La estructura del cártel incluía líderes principales que ma­nejaban a los sublíderes, quienes se encargaban de controlar las plazas del territorio mexicano. Mientras El Rey detallaba esta estructura digna de una empresa trasnacional, en la pan­talla de la corte se proyectaba un organigrama. Era tan vasta la red de lugartenientes en los noventas, que si un cargamento tenía que llegar a Guerrero, había un sublíder ahí, ¿Chiapas? Otro. ¿ Jalisco? Otro. ¿Sonora? ¿Sinaloa? Otro líder, presumía El Rey. No importaba de dónde llegara la cocaína colom­ biana, el cártel tenía la infraestructura para recibirla y llevarla a Estados Unidos. En total, controlaban Baja California Sur, Sonora, Nayarit, Jalisco, Guerrero, Chiapas, Tabasco, Quin­tana Roo y Chihuahua. Así lo explicaba el hermano menor del Mayo, mientras circulaba con detalle los estados en el mapa de México que estaba en la pantalla táctil frente a él. Seguramente era la primera vez que los miembros del jurado estudiaban con tanto detenimiento un mapa de México.

Los sublíderes que controlaban las plazas eran Nacho Co­ronel, en el caso de Guadalajara, Benny Contreras en el caso de Quintana Roo y Chiapas, Arturo y Héctor Beltrán Leyva en Guerrero y Morelos, El Nene Jaramillo en Baja California y Gonzalo Inzunza, Macho Prieto, en Sonora, Germán en Chihuahua, Arturo Beltrán Leyva y El Chapo en Chihuahua y él mismo en la Ciudad de México.

Parte crucial de esa operación eran los funcionarios públicos que recibían una paga de los narcos. Llevar esa rela­ción con el gobierno era labor de los sublíderes, al igual que coordinar sicarios, transportistas, pilotos, ingenieros, choferes y guardias de seguridad. El Rey, por ejemplo, recibía cocaína colombiana en Cancún, en lanchas rápidas de las que descar­gaba la droga una cadena humana a 60 metros de la playa. Recibía de 5 a 7 lanchas juntas, cada una con 3 toneladas de cocaína, cada 3 o 4 semanas.

Para el 2001, El Chapo —después de su fuga de Puente Grande— estableció una sociedad 50/50 con el Mayo Zam­bada. Poco a poco se irían quedando como los jefes princi­pales. Se decía que El Azul murió de un infarto en 2014; Amado Carrillo Fuentes murió en una cirugía plástica en 1997 y a Nacho Coronel lo asesinaron en un enfrentamiento en 2010.

En las anécdotas del Rey oímos hablar por primera vez sobre la pista clandestina en la sierra del triángulo dorado donde El Chapo recibiría a muchos de sus socios con un grupo de escoltas y, en algunas ocasiones, vestido con atuendo mili­ tar para llevarlos a diferentes casas, una de ellas en Las Co­loradas, Durango. El Rey también habló de la pistola que El Chapo siempre llevaba consigo: una Súper .38 con cachas de diamantes que tenía sus iniciales. La foto de la pistola se proyectaba en las pantallas de la corte mientras El Rey la describía.

LAS RUTAS DE ENVÍO

Una de las responsabilidades del Rey era administrar las bo­degas en la Ciudad de México donde se almacenaba la droga que llegaba de diferentes puertos, se marcaba con la informa­ción del proveedor para distribuirla y pagar, y se mandaba a diferentes puntos en la frontera para cruzarla a Estados Unidos. Entre 80 y 100 toneladas de cocaína pasaban por sus bodegas al año generando millones de dólares. El prin­cipal proveedor del cártel en los noventas era Chupeta, un narcotraficante colombiano que trabajaba para el Cártel del Norte del Valle.

En Cancún, Eduardo, El Flaco Quirarte, que trabajaba para Amado Carrillo Fuentes, recibía la droga colombiana y enviaba vía terrestre al Rey a las bodegas de la capital, donde se empacaba en una especie de hule que le llamaban condón. “Se introduce el bloque de cocaína al hule, se ama­rra y se le pone otro. Se encinta. Otro hule, lo encintas. Lo encintas hasta que tengas seguridad de que no se va a mojar el producto si le cae agua”, decía El Rey como quien habla de preparar una receta de cocina. Después le ponían una marca a cada tabique. Marcas como las que había encontrado Car­ los Salazar, el agente de aduanas, en los tabiques de cocaína incautados en Arizona. Las principales que recordó El Rey eran Zafiro, Randor, Alacrán, Pacman, Coca Cola, R, B y Corona.

Cuando la droga salía de la Ciudad de México, se man­daba a Estados Unidos en pipas de gas, a las que les hacían un doble fondo. Si detenían alguna y abrían la válvula, salía olor a gas. También transportaban cocaína a través de túne­les, mediante operación hormiga de coches particulares con la droga escondida en compartimentos secretos, dentro de submarinos caseros y por avión.

Después de la muerte de Amado Carrillo Fuentes, el cártel empezó a incursionar en nuevas maneras de enviar cocaína a Estados Unidos. El Mayo llevó al Rey a conocer a Tirso, un mecánico que se encargaría de transportar cocaína en tanques de tren. Se conocieron en el aérea de carga del ferrocarril en Ecatepec, Estado de México, donde Tirso le enseñó los tanques que venían de Estados Unidos con químicos y aceite. Adentro de esos mismos tanques había una compuerta donde guardaban la cocaína. Sólo quien conocía el sistema lo podía abrir. Era una operación de bajo riesgo y la única persona que estaba presente en la zona de carga era un velador. En total sólo llegó a ver a Tirso una vez más.

En el tiempo que le quedaba entre sobornar funcionarios públicos y administrar las bodegas de almacenamiento, empaque y distribución de cocaína, El Rey se hacía espacio para reunirse con contactos que le ayudaban a importar otras drogas, además de la cocaína. Una de esas reuniones fue en­tre 2004 y 2005 en un parque de la Ciudad de México, con Chéspiro, el hombre de confianza del Chapo en el negocio de las metanfetaminas. En esa reunión, Chéspiro y El Rey acordaron importar entre 15 y 20 toneladas de efedrina desde Asia. Abrieron una empresa fachada, por la cual importa­rían mercancía comercial tres veces antes de traer la efedrina. Cuando tuvieron el precursor para fabricar metanfetaminas, o hielo, disolvieron la compañía.

El Rey también se encargaba de sobornar a los funcionarios del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México para que pudieran llegar los vuelos con envíos de droga sin problemas. Normalmente tenía todo bajo control, pero en 2005 recibió una llamada del Chapo. Necesitaba ayuda. Acababa de llegar un vuelo comercial de la línea Aeropostal, administrada por Chuy Villegas, con un cargamento de cocaína colombiana y no lo dejaban pasar. Eran cinco toneladas de cocaína y ya las habían requisado.

Era la tercera vez que llegaban cargamentos con droga, las dos ocasiones anteriores les habían dado chance por ser gente del Mayo y del Rey, le dijeron las autoridades del ae­ropuerto. Pero esa vez no era gente suya, ni de su hermano, recordó el testigo molesto, sino del Chapo. Pero como eran un mismo cártel, tuvo que trabajar con las autoridades haciendo un papeleo legal muy embrolloso para lograr sacar la cocaína. Al final le terminaron cambiando el nombre a la aerolínea, que pasó a llamarse Aerofox y siguió operando incluso des­pués del arresto del Rey en 2008.

Los envíos por barco tenían una logística diferente, de­bían esquivar la guardia costera estadounidense. Tal era el reto, que en 1995 una tripulación perdió todo el cargamento de cocaína después de un ataque de pánico. Aquella ocasión el envío venía de Colombia y poco antes de llegar a su des­tino, a las orillas de Nayarit, los narcos en el barco pensaron que los estaban persiguiendo los estadounidenses y su solución fue aventar toda la cocaína por la borda, lanzándola al mar. El cártel no estaba dispuesto a perder la mercancía, así que mandaron un equipo de buzos de profundidad a buscarla y la recuperaron.

Una década más tarde, la organización de los envíos marítimos se había sofisticado. En 2006, El Rey asistió a tres reuniones donde se organizó el envío de 30 toneladas de cocaína desde Panamá a Sinaloa. La inversión inicial la hicieron Arturo Beltrán Leyva, El Mayo y El Chapo; el barco lo había conseguido uno de sus socios de Culiacán, el Capi Beto. El plan era cargar el barco en Panamá con lanchas rápidas y mandarlo hasta Topolobampo o Mazatlán. Des­pués de la primera reunión, El Chapo le pidió al Azul, el intermediario del grupo, que se quedara con él para platicar, ambos bebieron de una botella de whisky Buchanan’s. Aun­ que la reunión había sido de negocios, Guzmán Loera estaba preocupado por la cantidad cada vez mayor de problemas entre el Cártel de Sinaloa y Arturo Beltrán Leyva. El año si­guiente, 20 de las 30 toneladas que venían de Panamá fueron incautadas por la guardia costera. Aparentemente Capi Beto hacía demasiadas llamadas y la DEA había interceptado sus comunicaciones. Ese mismo año se desató la guerra contra los Beltrán Leyva.

Una de las últimas hazañas del Rey fue mandarse a ha­cer un submarino casero que se podía sumergir tres metros y cuya estela no podía ser detectada por ningún satélite. Pagó un millón de dólares a los ingenieros que lo construyeron en Colombia y juntó una inversión de otro millón de dólares para importar cinco toneladas de cocaína. A la vaquita (la coope­ración) le entraron El Mayo, El Chapo y sus trabajadores de la Ciudad de México. La guardia costera estadounidense lo interceptó en septiembre de 2008; terminó en Costa Rica. Pe­ro detrás de su submarino venían otros cuatro: uno de Nacho Coronel, otro de Genaro, otro del Mayo y uno más del Cha­ po. Cada uno traía entre cinco y seis toneladas de cocaína. Con sus contactos, El Rey les ayudó a que llegaran a puerto y recibió en sus bodegas todos los envíos, menos el del Chapo. Un mes después, en octubre de 2008, arrestaron al Rey.

LOS SOBORNOS

Era curioso que la fiscalía sacara el tema de los sobornos. Necesitaban establecer ese paso para explicar la operación del cártel. Después de todo, los funcionarios públicos eran una división específica de la estructura del Cártel de Sinaloa, como había explicado El Rey. Pero los sobornos más signi­ficativos y grandes, los de los altos mandatarios con nombre y apellido, serían un tema que la fiscalía intentaría ocultar a toda costa. Esos sobornos ayudaban a corroborar la historia de la defensa, donde el cártel les pagaba a los políticos de al­tura para dejarlos seguir operando.

Los pagos se distribuían una vez al mes. El Rey le daba 300 mil dólares al director de la Procuraduría General de la República, al de Caminos y Puentes Federales, al de la Policía Judicial, al de homicidios, a las autoridades del aeropuerto y a policías municipales. Cuando recibían la droga colombiana en las costas, El Rey usaba la ayuda del comandante estatal de la PGR, el Yanqui, y el de la Policía Federal de Caminos, el Puma, quienes los escoltaban para que nadie los detuviera.

Uno de los pagos que El Rey hizo fuera de la capital fue para el “general Toledano” que trabajaba en Chilpancingo, Guerrero. Estaba desayunando con Guzmán Loera en una de sus casas de la sierra en 2003, cuando El Rey le avisó que quería importar un cargamento de cocaína por Guerrero. Un grupo de mujeres preparaba más comida. El Chapo le di­jo que fuera a ver al general Toledano de su parte para avisar­ le que iba a estar trabajando en el estado, que le diera 100 mil dólares de regalo y le mandara un abrazo, recordó Zambada. Ese nombre que El Rey mencionó apenas de pasada en uno de sus cuatro días de testimonio era el general Gilberto To­ledano Sánchez, comandante, en 2004, de la 35 zona militar en Chilpancingo, Guerrero. Después fue Secretario de Segu­ridad Pública en Morelos, incluso diputado suplente para el mismo estado.7 Antes de irse, ese día, El Chapo le pidió al Rey que le vendiera cocaína cuando la tuviera. Como sublíder del cártel, Zambada organizaba a veces sus propias importacio­nes, Guzmán Loera le compraba cuando no tenía suficiente para abastecer el mercado de Estados Unidos. Con ese arre­glo, le llegaría a comprar aproximadamente 2 mil kilos por año, de 2004 a 2008. Para encargarse de las transacciones, El Chapo mandó a Juancho, su primo, a la Ciudad de México.

LAS GUERRAS DEL CÁRTEL

Después de la captura de Miguel Ángel Félix Gallardo en 1989, sus sobrinos, los hermanos Arellano Félix, se quedaron con el control de uno de los cruces más importantes de la frontera: Tijuana. Pero El Chapo pasaba droga por su plaza sin autorización y empezaron a tener problemas. Tras varias reuniones infructuosas para concertar la paz, se desató la gue­rra. Los Arellano Félix incluso intentaron matar al hijo del Mayo, Vicente Zambada Niebla y a Amado Carrillo Fuentes. Aunque fracasaron, lograron asesinar al hermano del Rey y del Mayo: Vicente Zambada García, en Cancún. Según El Rey, su hermano Vicente ni siquiera estaba involucrado en el narcotráfico, tenía una vida social normal. La guerra entre los Arellano Félix y el Cártel de Sinaloa duraría de finales de los ochenta del siglo pasado hasta 2006.

Un día de 1994, o principios de 1995, los sicarios de los Arellano Félix intentaron matar al Rey. Estaba en una tienda de la Ciudad de México, desprevenido, cuando sintió el roce de una bala que le dispararon con intención de asesinarlo. De la herida en la sien le escurría sangre, recordaba el testigo sobándose el lado derecho de la cara donde alguna vez hubo una herida que ahora reemplazaba su cicatriz. Cayó al suelo sin perder la consciencia. “Brinqué inmediatamente con mi pistola y empecé a pelear”, recordaba casi con añoranza el testigo. Según él, los sicarios estaban sorprendidos porque lo creían muerto. Después de un tiroteo, los pistoleros salieron huyendo, heridos. Gritaban: “¡Me va a matar, me va matar!”, según recordaba El Rey, o quiso recordar. Así salvó su vida.

Los primeros años de la década de los noventa fueron convulsos en México. No sólo se libraba la guerra entre cár­teles, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) se levantó en armas durante 12 días a principios de 1994. En septiembre del mismo año, asesinaron a José Francisco Ruiz Massieu, Secretario General del Comité Ejecutivo Nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI), con un balazo en el cuello. Salía de una reunión del partido. Seis meses antes, en Tijuana, Baja California, habían asesinado al candidato para la presidencia del PRI, Luis Donaldo Colosio Murrieta.

En 2000, los hermanos Rodolfo y Vicente Carrillo Fuen­tes trabajaban para los Zetas, el brazo armado del Cártel del Golfo, liderado por Osiel Cárdenas Guillén, quien terminaría convirtiéndose en un cártel propio y de los más sanguina­ rios. Controlaban la frontera de Tamaulipas y los puertos de Tampico, Tamaulipas y Tuxpan, Veracruz. Los Zetas y el Cártel de Sinaloa tenían buena relación hasta que uno de los sicarios de los Zetas, Edgar Valdez Villarreal alias La Barbie, asesinó al Z-40, hermano de uno de los líderes del cártel. Como refugio, eligió el cobijo de Arturo Beltrán Leyva en la Ciudad de México. Beltrán Leyva, que era parte del Cártel de Sinaloa, decidió proteger a La Barbie, lo que llevó al cártel a una segunda guerra, ésta se libraría de 2002 a 2006.

Con cada guerra o asesinato de altos mandos, Parlovec­chio tomaba un par de minutos para preguntarle al Rey cómo se veía en ese momento la más alta cúpula del Cártel de Sina­ loa y reacomodaba las fotos de los líderes. A principios de la década de los 2000, se veía así:

La última guerra del cártel, durante los años del Rey Zam­bada, se luchó entre sinaloenses: los hermanos Beltrán Leyva contra el Cártel de Sinaloa, a partir del 2008, después de la detención de Alfredo Beltrán Leyva en enero del mismo año. Eran los primeros meses de 2007 cuando se reunieron El Mayo, Vicentillo, Juancho y El Rey en la sierra con El Chapo. Habían convocado varias veces a Arturo Beltrán Leyva pero se negaba a subir al triángulo dorado. Ese día decidieron declararle la guerra. Pasaron el resto de la reunión hablando de las compli­caciones que eso traería, había gente muy peligrosa del lado de los Beltrán Leyva, como Rafita y La Barbie. Estaban seguros de que sería una guerra muy violenta, para entonces Arturo estaba aliado con Los Zetas y con Vicente Carrillo Fuentes. Y no se equivocaban. El primer día de la guerra murieron 12 personas, todas en Culiacán. Al final, morirían cientos. Para El Rey fue la guerra más dolorosa, la más fuerte, la más fea, “entre nuestra misma gente, entre sinaloenses”. Cuando se de­ sató la guerra el liderazgo del cártel se veía así:

En uno de los descansos coincidí en el elevador con las in­térpretes que traducían el testimonio del Rey Zambada: una mujer mayor, rubia y otra mujer alta, morena, con el pelo negro. ¿Que se sentiría traducir, en tiempo real y bajo tanta presión, el testimonio de este criminal mientras confesaba sus actividades bajo la mirada atenta del Chapo Guzmán? Sabía que no me podían decir su nombre ni datos personales por seguridad, pero las saludé y les pregunté cómo se sentían. Se rieron entre sí, por compromiso, pero sin responder. Momen­tos más tarde, antes de salir, cuando se abrieron las puertas en el piso ocho, me dijeron “estamos nerviosísimas”.

Al terminar el primer día de su testimonio, El Rey Zam­bada volteó a ver al Chapo antes de salir de la sala. Guzmán Loera había estado tomando notas de lo que contaba el tes­ tigo, para ayudar a sus abogados a puntualizar las preguntas del contrainterrogatorio. Desde su lugar en el estrado, El Rey cruzó miradas con El Chapo y por una fracción de segundo compartieron algo de lo que el resto de los presentes no fui­mos parte. Con un mínimo movimiento de cabeza, Guzmán Loera pareció reconocer la presencia de o saludar al Rey justo antes de que se fuera. Desde las bancas, los reporteros obser­vábamos en silencio, tratando inútilmente de extraer más de ese momento que era más fácil presenciar que describir, e imposible de replicar.

LOS ASESINATOS Y LAS CONSPIRACIONES PARA MATAR

Poco antes de que terminara el tercer día del juicio, El Rey contó la historia del asesinato de Ramón Arellano Félix, una de las pistas que había ofrecido Fels en sus alegatos iniciales. El Chapo llevaba años intentando matar a Ramón. Lo intentó primero en 1992, en la Discoteca Christine de Puerto Vallarta, cuando el hijo de uno de sus empleados, Raúl Guzmán, le dijo que los Arellano Félix iban a estar en la discoteca. Para sor­presa del Chapo, en el antro los esperaban hombres armados. Los Arellano Félix no estaban y la noche terminó en una masa­cre de pistoleros y civiles. Pero 10 años más tarde, a sólo un año de su fuga de Puente Grande, el penal de máxima seguridad, cumpliría su cometido. Le había prometido al Mayo y al Rey ayudarlos a vengar la muerte de Vicente Zambada García.

Ramón Arellano Félix iba en su coche, transitando por Mazatlán, cuando la policía local le hizo una parada. Ignoró el retén. Los policías lo persiguieron hasta la puerta de un hotel, donde el narco quiso entrar. Antes de llegar a la puerta, Ramón se enfrentó a tiros con los policías, hasta que una de las balas lo alcanzó. Murió el 10 de febrero de 2002 en Ma­zatlán, con un balazo en la nuca.8 “Si algo le había dado gusto a mi compa El Chapo”, dijo El Rey, “fue matar a Ramón”.

Después de desatarse la guerra entre los Zetas y el Cártel de Sinaloa, en 2004 Rodolfo Carrillo Fuentes y El Chapo se encontraron en una reunión de paz. Al final, El Chapo le ex­tendió la mano y le dijo “nos vemos, amigo”, pero en vez de responder a la oferta de tregua, Rodolfo lo dejó con el brazo extendido, eso fue lo que le contaron al Rey. Después, Guz­mán Loera prometió matarlo, pidió a los demás que eligieran bando y los Carrillo Fuentes se convirtieron en enemigos del Cártel de Sinaloa.

Ese mismo año, El Rey estaba en Culiacán, en una ca­sa que le había asignado su hermano, cuando se enteró de la muerte de Rodolfo. El comandante Ruedi, que había desertado de la PGR para quedarse a trabajar con El Mayo en Sinaloa, estaba a cargo de su seguridad. En la casa donde estaban, Rue­di tenía una oficinita improvisada con ventanas que daban a la calle. Ahí tenía los radios con los que se comunicaba con el resto del cártel utilizando nombres clave para que no les inter­ceptaran las comunicaciones. A través de esos radios se entera­ ron de que Rodolfo “había caído” después de que le dispararon saliendo del cine con su esposa, sus hijos y Pedro Pérez, un co­mandante de la policía judicial. Esa noche se quedaron ence­ rrados porque luego del asesinato se desató un tiroteo y una persecución que El Rey nunca supo en que terminó.

La muerte de Rodolfo dio pie a otra guerra. Para enton­ ces, Vicente Carrillo Fuentes controlaba la plaza de Ciudad Juárez y lideraba el cártel con el mismo nombre, así como su brazo armado: La Línea. Para resolver ese conflicto, se orga­nizaron seis reuniones de paz, la mayoría en Cuernavaca y una en Zacatecas. Como representantes del Cártel de Sinaloa iban El Rey o El Mayo y como representante del Cártel de Juárez iba J.L., la mano derecha de Vicente Carrillo Fuentes. Tras seis reuniones de paz, llegaron a un acuerdo, pero duró poco, pues J.L. continuó asesinando a la gente del Chapo y El Mayo. Incluso amenazó con asesinar a Vicentillo. Los compadres y líderes del Cártel de Sinaloa mataron a J.L. en un campo de Sinaloa.

Había muchos asesinatos en las pugnas por el poder de las plazas y los ajustes de cuentas por orgullos magullados, pero la mayoría, según El Rey, eran decisiones consensuadas y avaladas grupalmente. Se podía matar, pero no sin avisar.

El siguiente fue Julio Beltrán. Era un narcotraficante que El Rey describió como muy afamado y poderoso, se movía con judiciales de Durango. En 2005, en Acapulco, fue Arturo Beltrán Leyva el que pidió consenso para matarlo “porque no hacía caso”. Un grupo de sicarios se encargó de acribillarlo a “ráfagas” de cuerno de chivo en una avenida de Culiacán. Tantos habían sido los balazos, que la cabeza le quedó col­gando. Los miembros del jurado se contorsionaban con expre­ siones de asco conforme la intérprete traducía el testimonio del Rey. El 13 de julio de 2005, Julio César Beltrán Quintero murió tras recibir varios balazos en una avenida de Culiacán, Sinaloa. Iba acompañado de policías de Tamazula, Durango.

La mayoría de los asesinatos estaban directamente rela­cionados con las guerras, pero no todos. Había un “alto funcionario del gobierno” que tenía enojados a todos en el cártel por no recibir sobornos. El Chapo le había dicho al Rey, en una de las reuniones que sostuvieron en la sierra, que lo iban a tener que matar. El sicario principal del Mayo, Mechudo, quería hacerlo personalmente. Le pidieron su colaboración al Rey para participar en el plan, porque él podía localizarlo a través de sus contactos en la policía. El apellido del funciona­rio era Vasconcelos. Cuando El Rey se enteró del plan com­pleto para asesinarlo, decidió no participar y lo consultó con El Azul. Para el Zambada menor, matar a Vasconcelos sólo les traería problemas. Era un civil que nada tenía que ver con la guerra y lo único que hacía era negarse a recibir su dinero. El Azul lo apoyó. Pero con la ayuda del Rey o sin ella, el plan continuó. De esto se enteró Zambada cuando le pidieron que liberara a un grupo de hombres armados. Eran del cártel. Los habían detenido a mediados de 2005 en el sur de la Ciudad de México. Sacarlos iba a estar difícil porque uno confesó que iban camino a matar a Vasconcelos. Finalmente, dijo El Rey, no lograron matarlo. El funcionario al que El Rey se refería era el llamado “Zar Antidrogas”. Llevaba más de 10 meses vi­viendo en una casa de seguridad después de los atentados con­tra su vida y su mayor temor, según un perfil publicado de él en El Universal, era morir en un atentado. José Luis Santiago Vasconcelos inició su carrera profesional luchando contra el narcotráfico dentro de la PGR, en 1993. Llegó a ser Secreta­rio Técnico de la Subprocuraduría Especializada en Investi­gación de Delincuencia Organizada (SIEDO) y murió en un accidente aéreo con el entonces Secretario de Gobierno, Juan Camilo Mouriño Terrazo, el 4 de noviembre de 2008.

Arturo Beltrán Leyva tenía varios pistoleros, según El Rey, y eran muy poderosos porque la mayoría trabajaba para la SIEDO. Cuando decidieron declararle la guerra a los Beltrán Leyva, empezaron los asesinatos de sus hombres de confianza. Nemesio era un comandante de la SIEDO, se­gún recordó El Rey, que trabajaba para Arturo y había pro­metido matar al Chapo y al Mayo. Un día de 2007, El Rey venía en el coche con el sicario de su hermano, Mechudo. Iban saliendo del aeropuerto cuando El Mayo le marcó por teléfono. Quería que le diera la orden a su sicario de matar a Nemesio. Mechudo, que iba en el coche, respondió que ya se había encargado. Días antes lo había matado en un semáforo de Coapa o en algún lugar del sur de la Ciudad de México. Después Arturo le reclamaría al Rey por matar a su coman­dante: le acababa de pagar varios millones de dólares. Pero El Rey negó todo y le dijo que le preguntara directamente al Chapo o al Mayo. “Yo no tenía por qué decirle nada”, se justificó en la corte federal de Brooklyn. Según un reportaje de La Silla Rota, el lunes 14 de mayo de 2007, un coche rojo y dos motociclistas emboscaron a José Nemesio Lugo Félix en la delegación de Coyoacán, Ciudad de México. Le dispararon hasta que la camioneta donde viajaba se estrelló con un poste. En la escena encontraron ocho casquillos de balas. Lugo Félix era secretario técnico de la Comisión Interinstitucional para Prevenir y Sancionar el Tráfico y Trata de Personas dentro de la PGR. Había iniciado su carrera contra el crimen orga­nizado en el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN) y con el tiempo escaló posiciones en la Policía Fede­ral Preventiva (PFP) y la PGR. Antes de su muerte, el funcio­nario había estado a cargo de la seguridad del aeropuerto de la Ciudad de México y era uno de los colaboradores cercanos del entonces Procurador General de la República, Eduardo Medina Mora.

Después de Nemesio llegó Roberto Velazco, otro coman­dante de la SIEDO, que también trabajaba para Arturo Bel­trán Leyva en 2007, según las afirmaciones del Rey. Nacho Coronel dijo que Velazco estaba atacando al Cártel de Sina­ loa y El Chapo lo quería muerto. Una vez más, éste fue un en­ cargo para Mechudo. Para encontrarlo, El Rey le pidió ayuda a Bayardo, otro comandante de la SIEDO que trabajaba para el Cártel de Sinaloa. El plan funcionó. Encontraron a Velazco en el estacionamiento del edificio donde vivía, rumbo a Ta­cuba: ahí mismo lo asesinaron. En el encargo, Mechudo había recibido un balazo en el estómago, por lo cual pidió 30 días libres para recuperarse de la operación. Según una investiga­ ción de Ginger Thompson para ProPublica, 12 Roberto Velazco Bravo era parte de la Unidad de Investigaciones Sensibles, un grupo de policías federales entrenados por la DEA. Llevaba sólo siete meses en su puesto, tras reemplazar a su antecesor, Rubén Omar Ramírez, también asesinado en la Ciudad de México, a éste último lo mataron afuera de su casa en mayo de 2008. Otro alto mando de la policía federal a cargo de esa unidad de investigaciones fue despedido al poco tiempo por sospechas de corrupción. Uno de los principales testigos en su contra fue Edgar Enrique Bayardo, miembro de la misma unidad. El policía acusado de corrupción fue absuelto de los cargos y a Bayardo lo asesinaron afuera de un Starbucks de la Ciudad de México en 2009.

Antes de la muerte de Bayardo, el policía federal los ayudó a asesinar a otro de los enemigos del cártel. En enero de 2008 el ejército mexicano arrestó a Alfredo Beltrán Leyva, El Mo­chomo, en Culiacán, Sinaloa. Sus hermanos, Arturo y Héctor, culparon al Chapo del arresto y la guerra —que ya se había planteado desde 2007—, estalló en forma. Por eso decidieron matar a Raúl, un venezolano que había empezado trabajando para el Cártel de Sinaloa y se había pasado al bando de Arturo Beltrán Leyva. Raúl tenía demasiada información de las ubi­caciones y operaciones del cártel en la Ciudad de México y El Mayo se sentía personalmente traicionado. Para encontrarlo, Bayardo los ayudó poniéndole un dispositivo en el aeropuerto. Al ser venezolano, lo pudieron identificar antes de viajar y Bayardo se lo entregó a Mechudo, quien —una vez más— cumplió con su labor. Mató a Raúl.

El último asesinato que narró El Rey, fue el peor. Incluso peor que el de Julio Beltrán. Rafita era un comandante de la policía judicial, quien además era un sicario de Arturo Beltrán Leyva. En palabras de Zambada, Rafita tenía el po­der de detener a quien fuera y desaparecerlo sin problemas. A principios de 2008, Nacho Coronel habló con El Rey para contarle el plan para asesinar a Rafita. Las órdenes venían directamente del Chapo y El Mayo. Cuando le dieron las instrucciones a Mechudo, estaba listo. Es más, “ese es el pri­mero que yo quiero matar”, dijo el sicario, según recordó El Rey. Pero matarlo no iba a ser tan sencillo. Rafita viajaba a todos lados con escoltas que no lo dejaban solo en ningún mo­mento. La única manera de llegar a él sería sacarlo de su casa y tener mucha gente preparada. Para hacerlo, utilizaron a su hijo. Todos los días, el niño de Rafita se iba caminando a la escuela. Mechudo mandó un sicario a esperar al niño afuera de la casa en un coche. Cuando salió caminando para ir al colegio, el sicario frenó abruptamente el auto e hizo rechinar las llantas. Inmediatamente después, otro sicario corrió a la puerta de la casa gritando que habían atropellado al niño. Rafita salió corriendo de la casa a buscar a su hijo para en­contrarse con las balas del cártel. “El niño ni cuenta se dio, solo siguió caminando a la escuela”, explicó El Rey sobre la muerte de quien llamó uno de los objetivos más importantes de la guerra.

LA FUGA DE PUENTE GRANDE

Zambada García transportó a Guzmán Loera a la Ciudad de México después de escaparse de la prisión de Puente Grande en 2001. Ahí fue cuando lo conoció en persona. Estaban en un terreno semidesértico con arbustos en Querétaro, un lugar que El Rey le había encontrado a su hermano para aterrizar el helicóptero que traería al Chapo para evitar su recaptura después de escaparse, como se ha dicho varias veces en este libro, en un carrito de lavandería, de la prisión de Puente Grande, en Jalisco. El Mayo estaba preocupado por un tal Chito, dijo El Rey, el empleado del penal que había sacado al Chapo de la cárcel en el carrito de lavandería y ahora se quería entregar. Nunca supimos que pasó con él.

Mientras Zambada recordaba esa anécdota de 17 años atrás, Guzmán Loera lo veía atento desde su lugar en la mesa de la defensa. Vestía un traje y corbata azules, con una ca­misa blanca. Horas antes, El Chapo había entrado a la sala buscando —como todos los días— la mirada de su esposa. Esa mañana, después de levantar el brazo derecho para sa­ludar a Coronel Aispuro, El Chapo saludó a su equipo legal de mano, como cada día desde el inicio del juicio. Uno de sus abogados, Balarezo, se sentó junto a él para ayudarle a acomodarse la corbata mientras el resto del equipo se con­gregaba a su alrededor para hablarle de cosas que el público no alcanzaba a oír.

Ese día de 2001, continuó el testigo, después de recoger al Chapo en Querétaro, El Rey y su esposa Paty, lo transpor­taron a la casa del Mayo en las Lomas de Chapultepec, en la Ciudad de México. El personaje de Paty pronto nos intrigaría a todos: la esposa del narco que lo acompañaba a todos los en­cargos, a recoger al Chapo de su fuga de la cárcel al igual que para volar en un avión a una pista clandestina en la sierra de Sinaloa. Para evitar que la cámara de la caseta lo identificara, bastó con que El Chapo se tapara la cara con un periódico al entrar a la Ciudad de México. En la capital los esperaban los policías del Rey. “Cuando vio a la policía se asustó”, explicó Zambada, “pero le expliqué que eran gente nuestra”. Los ju­diciales, con una patrulla y una moto, los escoltaron hasta su destino: la casa del Mayo, en Las Lomas de Reforma.

La estancia del Chapo en la Ciudad de México no duró más de un día. Después lo llevaran a resguardarse en un ran­cho pequeño con una casa grande de madera en Villas del Carbón, Estado de México. La propiedad era de Barbarino, un pistolero “temido y famoso” del Chapo y de Arturo Bel­trán Leyva.

Las reuniones que sostuvo El Chapo en el rancho, re­cordó El Rey, eran siempre para organizarse con vistas a los siguientes trabajos. Casi siempre había 20 personas máximo, incluidos El Mayo, Paty, El Azul, Arturo Guzmán “El Pollito” y una amiga colombiana del Chapo, Cristina.

Durante esos días de la primera y segunda semana del juicio, empezaron a llegar personas extrañas como parte del pú­blico. Primero fue John B., de Massachusetts, que vestía pants deportivos y hacía estiramientos en la banqueta. Muchos de sus amigos habían estado en la mafia, los habían matado a tiros o estaban en la cárcel, me explicó. Por eso estaba ahí, para ver cómo era uno de estos procesos al más alto nivel de criminales. Otro era Emile, un abogado rumano que venía de Londres para aprender de la estrategia de la defensa. Usa­ba una gabardina negra y traje de tres piezas todos los días. Le apodamos el sicario checheno. Los siguientes fueron un par de hombres rubios, altos, vestidos de traje, pero tenían el pelo largo y la barba mal cortada. Parecían desaliñados para ser abogados. Se sentaron junto a nosotros y no tomaron nota de nada de lo que dijo El Rey Zambada. Se limitaron a escribir en sus libretas lo que decíamos los reporteros. Después descu­ brimos que hablaban español.

Al lunes siguiente, Emma Coronel fue vestida con camisa blanca, saco azul oscuro largo, abierto, leggins negros y za­patos de tacón negros. Decía todo el tiempo que odiaba que los reporteros le prestaran atención y escribieran sobre ella, en vez de enfocarse en el juicio. Pero a veces parecía que le gustaba. Yo pensaba mucho en que teníamos la misma edad pero con vidas tan diferentes y también con probabilidades tan bajas para conocernos pero habíamos terminado las dos en esa salita de seis filas. Ella en su papel de esposa fiel y yo escribiendo sobre su ropa.

“Mi apodo era El Rey”, respondió Zambada cuando la fiscal, Gina Parlovecchio, le preguntó cómo le llamaban. Y cuando inquirió por el origen del sobrenombre, El Rey agregó con total naturalidad: “Me gané ese nombre cuando nací.” Los miembros del jurado observaron al hombre con el uniforme azul de prisionero y sonrieron. Yo misma no pude contener la risa mientras escribía, vuelta loca con las frases que salían de la boca del testigo. “Cuando nací, mi padre me puso el nombre Jesús y dijo que había nacido El Rey”: ¡Ah, música para los oídos de los reporteros!, que en ese momento nos volteamos a ver.

Después de días de testimonio, el testigo se veía más re­lajado, gesticulando mientras explicaba y ofrecía detalles con más soltura. Cuando dijo que era el hermano más chico de su familia, sonrió. Jesús Reynaldo Zambada García pudo haber sido El Rey desde que nació, pero no siempre fue un criminal, le aseguró a la corte. Antes de trabajar como líder de la plaza en la Ciudad de México para el Cártel de Sinaloa, El Rey era gerente general en una compañía común y corriente de la capital. Ese trabajo, conseguido después de titularse como licenciado en contabilidad, terminó cuando su hermano El Mayo empezó a figurar como narcotraficante. Después de ver a su hermano en los medios, sus empleadores lo corrieron.

Una vez que empezó a trabajar como sublíder del Cár­tel de Sinaloa, El Rey usaría nombres falsos en documentos como credenciales de elector, licencias de conducir y visas para entrar a Estados Unidos. No declaraba sus ingresos, car­ gaba una pistola calibre .38 y conspiró tres veces —al menos las que confesó— para matar.

Los cuatro días de testimonio del Rey se mezclaban uno con otro. Nos habíamos acostumbrado al baile en el que Par­lovecchio le hacía preguntas claramente ensayadas al testigo, quien las respondía con diligencia. De vez en cuando algún abogado de la defensa hacía una objeción, para que la fiscal preguntara cómo El Rey sabía algo o de qué fechas estaba hablando. Coronel, reposando la cara sobre sus manos, escu­ chaba con atención. De vez en cuando, las personas sentadas en la sala de la corte federal reían con El Rey cuando inser­ taba un poco de gracia a sus respuestas.

Después de su arresto en 2008 y su extradición en 2012, el testigo firmó un acuerdo de colaboración con el gobierno de Estados Unidos luego de declararse culpable por impor­tación, distribución y venta de cocaína y por pertenecer a una empresa delincuencial continua. A cambio, el gobierno le daría una carta de recomendación que el juez puede tomar en cuenta cuando determine su sentencia. También logró ob­tener una visa para que sus familiares se mudaran a Estados Unidos.

A lo largo de su interrogatorio, la fiscal le mostró al testigo las diferentes fotografías que usó en lo que Purpura llamó su tablero del liderazgo. Para evitar objeciones de la defensa, la fiscal le preguntó, con cada una, cómo sabía quiénes eran. El proceso se había convertido en una repetición constante a la que Zambada se había acostumbrado. Respondía una y otra vez, que lo sabía porque había crecido con El Mayo, o porque era amigo cercano del Azul.

Por eso, cuando la fiscal le enseñó la foto de un hom­bre con barba y ojeras grandes preguntando si reconocía a la persona, los miembros del jurado se rieron cuando El Rey respondió: “Claro, soy yo.” En su uniforme azul de prisionero debajo de una chamarra beige que se había puesto porque al interior de la sala hacía frío, El Rey veía su propia cara cap­turada años antes en la foto proyectada en las pantallas de la corte. En esa cara más joven El Rey tenía una expresión de enojo y una mirada fría que contrastaban con el testigo carismático al que la corte había llegado a conocer. La fiscal tampoco logró contener la risa cuando añadió “no le pregun­taré cómo sabe que ese hombre es usted”.

El Rey Zambada nos cautivó. Hizo reír al jurado. Con sus repuestas, solté carcajadas. Hicimos aspavientos incrédu­ los hasta que los guardias nos regañaron. No hay otra ma­nera de explicarlo: el hermano menor del Mayo era gracioso y ocurrente. Al menos eso creía antes de que empezara el contrainterrogatorio, esa serie de preguntas que el narco no había ensayado. Durante el contrainterrogatorio el carisma del Rey se disolvió muy rápido, mientras un cinismo escalo­friante lo reemplazaba.

Al día siguiente Emma estaba vestida con jeans, zapatos de tacón beige, saco largo de terciopelo negro, camisa blanca. Traía una bolsa de correa negra, larga, cruzada. Desde su lugar, El Chapo volteaba a verla; él vestía un traje gris con camisa color champaña y una corbata marrón, El Chapo le hizo señas de aprobación, levantando los dos pulgares hacia arriba mientras decía con la boca sin emitir sonido “qué bo­nita”. El contrainterrogatorio inició y, con él, la primera vez que presenciamos la misma táctica repetitiva que utilizaría la defensa con todos los criminales que testificaron: un intento por desacreditar sus testimonios al evidenciar que mentían.

Para preparar el testimonio en el juicio contra Guzmán, El Rey se reunió con la fiscalía al menos 20 veces desde mediados de 2017 hasta pocos días antes de iniciar el juicio, según le hizo decir Purpura. Nunca antes de la última serie de reuniones, cuando lo preparaban para testificar contra Joa­quín Guzmán, El Rey había mencionado al acusado como líder del Cártel de Sinaloa. Cada vez que habló de alguien ordenando un asesinato o coordinando un envío de droga, había hablado de su hermano.

Purpura indagó sobre algunos detalles que narró El Rey Zambada en su testimonio. Entre ellos, quería saber si era cierto que de 2004 a 2008, el testigo le vendía cocaína al Chapo en la Ciudad de México.

“De acuerdo con usted, este líder del Cártel de Sinaloa tenía que comprarle a usted cocaína de 2004 a 2008 , ¿cierto?” preguntó Purpura sarcásticamente.

“Así es”, respondió el testigo.

“Entonces en este diagrama”, le dijo el abogado, acercán­dose al tablero que la fiscal Gina Parlovecchio había utilizado varias veces para organizar las fotos de los líderes del cártel a través de los años, “si usted le suministraba al Chapo, us­ted debería estar ahí arriba, ¿no?” añadió Purpura mientras estiraba su mano con la foto del testigo hasta arriba del tablero del liderazgo. “¿Cómo se ve esto?” le preguntó.

“¡Bien!” respondió El Rey con una mirada sombría, son­ riendo desde el estrado.

El abogado insistió en los cambios del liderazgo del cártel. Caminó hasta la mitad de la sala para pararse junto al tablero negro donde la fiscalía había pegado las fotos de la cúpula del Cártel de Sinaloa sobre las tiras de velcro para facilitarle al jurado la comprensión del caso. En la fila superior estaban, de izquierda a derecha, las fotos de los narcos principales.

Conforme se acercaba a la pizarra, Purpura pidió al tes­tigo que se pusiera de pie para ver bien. El abogado empezó a recapitular los eventos narrados en días anteriores. “Ya di­jimos que murió Carrillo Fuentes”, dijo Purpura arrancando la foto del Señor de los Cielos de la pizarra mientras el sonido del velcro inundaba la sala. Zambada lo confirmó.

“El Azul, fallecido”, dijo el abogado.

“Eso creo”, contestó El Rey, parado desde el estrado de los testigos, con otro tronido del velcro.

“Nacho Coronel, fallecido”, continuó Purpura arran­cando la foto a la derecha del Chapo en el tablero.

“Así es”, respondió Zambada.

“Arturo, muerto”, dijo el abogado.

“Muerto”, asintió El Rey mientras la foto de Beltrán Leyva desaparecía.

“Héctor...”, pausó Purpura. “No sabe dónde está, pero no está aquí, ¿no?” Dijo el abogado sin aclarar que Héctor Beltrán Leyva —preso en el Altiplano— había muerto tres días antes de un infartó al corazón.

“Creo que está preso”, dijo El Rey, mientras el sonido del velcro confirmaba la ausencia del H.

“Eso deja a su hermano, ¿dónde está?” Preguntó Purpura frente a un tablero casi vacío.

“Probablemente en las montañas”, admitió Zambada.

Quedó solo El Chapo en la pizarra y el abogado preguntó entonces cuál era la clave del Rey para salir de prisión. Una objeción de la fiscalía impidió que el testigo respondiera, pero las preguntas y la imagen de una pizarra casi vacía ya habían causado una impresión en los presentes.

Después Purpura quiso saber cómo tenía una memoria tan privilegiada para recordar conversaciones precisas y bote­llas de Buchanan’s de 17 años antes. ¿Se acuerda lo que comió en su cumpleaños hace 17 años? Le preguntó, provocando las risas de los miembros del jurado. ¿Sabe lo que es una teleno­vela? Quería saber el abogado. Sí, respondió confundido El Rey. ¿Alguna vez ha escrito para ellos? “¡Objeción!” Parlo­ vecchio detuvo el espectáculo.

Poco a poco, como una canción que llega a su clímax, el ritmo del contrainterrogatorio aumentó con las implicaciones de las preguntas. “Si El Mayo pudiera corromper al presi­dente de México, ¿lo haría?” le preguntó Purpura. “Tal vez”, respondió El Rey. “Su hermano tenía un particular interés en una persona llamada García Luna, ¿cierto?” Prosiguió el abogado. “Correcto”, admitió Zambada.

Diana Baptista, del Reforma, sentada a mi izquierda, me empezó a dar codazos en las costillas. ¡García Luna! Espe­ramos a que terminara la explicación del Rey mientras uno a uno, los reporteros mexicanos salían de la sala caminando apurados. Jesús Reynaldo Zambada García admitió haber sobornado a Genaro García Luna, entonces Secretario de Seguridad Pública durante la administración de Felipe Cal­derón Hinojosa. El mismo presidente que, 10 días después de iniciar su cargo, lanzó la guerra contra las drogas, iniciando con un operativo de militares en Michoacán. Desde entonces, el número de muertes relacionadas con el crimen organizado es de alrededor de 170,000, el costo público de la estrategia se estima en casi 2 millones de pesos, de acuerdo a “Año 11 de la guerra contra el narco”, una investigación de El País, México.

El soborno, en 2007, a nombre del Cártel de Sinaloa, no era el único ni había sido el primero. Antes, entre 2005 y 2006, El Rey se había reunido con García Luna por primera vez y con el abogado de su hermano, Óscar Paredes, en un restaurante de la Ciudad de México. En esa ocasión, el soborno de 3 millo­nes de dólares, fue para que el entonces director de la Agencia Federal de Investigación (AFI) colocara a un hombre del Mayo como líder de la policía en Culiacán. El segundo soborno, en 2007, consistía entre 3 y 5 millones de dólares, destinado para que el cártel pudiera operar sin contratiempos, dijo Zambada.

También confirmó tener conocimiento de una cantidad de 50 millones de dólares reunidos entre Arturo y Héctor Beltrán Leyva, El Indio y La Barbie para que García Luna les garantizara su protección. Según el testimonio del Rey, el funcionario tenía un fuerte compromiso con Arturo Beltrán Leyva. Con vistas al futuro, Zambada también dijo haberle pagado “varios millones” en 2005 a quien, estaba seguro, sería el siguiente Secretario de Seguridad Pública, un hom­bre descrito como Secretario de Gobierno durante la jefatura de Andrés Manuel López Obrador en la Ciudad de México. Pero las polémicas elecciones de 2006 para la presidencia de la república convertirían esa inversión en una apuesta perdida.

Salimos corriendo al sexto piso a escribir la nota. Junto a mí, la autora estadounidense del sombrero de piel me pre­guntaba si García Luna era conocido. No había tiempo para responder. Afuera, junto al detector de metales los guardias nos preguntaban qué había pasado. Ahí va otro más, decían, con los periodistas que salían disparados de la sala. En nuestro cuartel de guerra del sexto piso, todos tecleábamos decenas de notas diferentes con los mismos datos. Una vez enviada la nota, regresamos a la sala del juicio.

Entre las confesiones que Purpura le arrebató a Zambada también estuvieron el hecho de que El Rey estudió seis meses de bachillerato en Las Vegas, manejando un Porche que le re­galó su cuñado, Antonio Cruz Vázquez, antes de ir preso por narcotráfico. El testigo lo justificó como un regalo afortunado mientras veía a Purpura con el ceño fruncido y la mirada sombría, respondiendo a regañadientes. El Rey simpático y elocuente que días antes describía el organigrama del Cártel de Sinaloa, había desaparecido. Después de que el abogado hiciera una larga pregunta en inglés sobre cómo esconder di­ nero, abrir cuentas de banco, adquirir propiedades, El Rey respondió visiblemente molesto antes de que la intérprete em­pezara a traducir la respuesta. Había entendido todo, desde el principio, dejando que las intérpretes tradujeran pregunta por pregunta y cada una de sus respuestas. Los miembros del jurado ya no sonreían. Las ocurrencias del Rey habían sido reemplazadas por una mirada calculadora.

Durante cuatro días de testimonio, los dos sinaloenses de la sierra —El Chapo y El Rey— estuvieron en la sala 8D, uno contando sus memorias y el otro anotando en una libreta sus observaciones. La fiscal Parlovecchio se aseguró de pregun­tarle cada dato de información relevante mientras el abogado Purpura intentaba contradecirlo. Los empleados de la corte, el mismo juez Cogan, los fiscales y sus décadas de investigacio­ nes, el equipo de la defensa, los reporteros de todo el mundo y los miembros del jurado estábamos ahí por esos dos hombres recios que habían decidido dedicarse al tráfico de droga. Di­mensionar esa circunstancia me costaba trabajo.

Días antes, en una conversación filtrada entre los abogados y el juez Cogan, se dijo que El Rey confesaría haber sobornado al presidente de México. Antes de la última sesión de testimonio de Zambada, la fiscalía presentó una moción para suprimir una línea de interrogación que podría implicar a terceros. El juez, aceptando la moción en parte y negándola en parte, permitió que la defensa sacara el tema de los sobor­nos a García Luna y al funcionario de López Obrador.

Me tomó sólo dos semanas distinguir que mi parte favori­ta del juicio era el contrainterrogatorio, específicamente cuan­do lo llevaba William Purpura. El abogado de Baltimore era un hombre mayor y sumamente elegante. Era fino en vestir, con trajes impecables, elegante en su manera de caminar por la corte, saludar sonriendo con su cara blanca lampiña y sus ojos azules, elegante también en el porte con que llevaba su calva. Su elegancia también destacaba en sus interrogatorios.

Antes de volver para escuchar a los siguientes testigos, y los últimos del día, fuimos a comer durante el descanso del almuerzo. La cafetería era el cuarto más democratizador de la corte, todos hacíamos la misma fila para pedir comida ca­liente y todos compartíamos el mismo espacio con mesas de aluminio incomodísimas para consumir la comida misera­ble que vendían ahí. En una mesa estaba Emma Coronel, en otra comía el abogado Eduardo Balarezo con una de las mujeres de su equipo. En otra más se sentaban los periodistas anglosajones frente a la televisión donde aparecían reporteras de algunos canales de televisión estadounidense. Afuera la nieve caía como una cortina continua de polvo blanco, era la primera nevada de la temporada. En la pared, estaban pega­das algunas postales que les mandaban a los empleados de la cafetería, agradeciendo sus servicios. Se terminó la hora del almuerzo y volvimos a la sala 8D.

El resto de la tarde pasó ligera, como si hubieran sido comerciales interrumpiendo una función. Hablaron Thomas Lenox, un agente retirado de la DEA, quien testificó sobre las famosas latas de chile La Comadre, por medio de las cuales traficaban cocaína, descubiertas en 1993. A él le siguió Owen Putman, también agente retirado de la DEA, quien testificó sobre llamadas interceptadas que hablaban del Chapo pero ninguna tenía la voz del acusado. Michael Humphries fue el último testigo de esa segunda semana del juicio contra El Chapo Guzmán, empleado de aduanas que incautó 1,226,354 dólares de un Bronco de Arturo Guzmán Loera, el hermano del acusado, a finales de los ochentas en la frontera.

Con estas últimas pistas, la fiscalía terminó de montar la información básica de estructura y operación del Cártel de Sinaloa con la que pretendían comprobar que Joaquín Guz­mán Loera había sido el líder. Para los miembros del jurado, que tenían prohibido consultar noticias, discutir el juicio entre ellos o con otros y buscar información durante el descanso de cinco días, se habían expuesto los cimientos de esa operación trasnacional. “¿De veras crees que no vean nada del juicio durante estos cinco días?” Le pregunté a uno de los perio­distas con más experiencia. “Cómo crees”, me dijo, “y ahora imagínate las dos semanas de Navidad y Año Nuevo. Por eso el juez tiene tanta prisa por terminar”.

Conforme salimos a la calle ese martes 20 de noviem­bre, comentando todo lo sucedido, de pronto sentí un vacío, una especie de vértigo, al alejarme durante cinco días de ese pequeño universo que me succionaba con fuerza. Feliz Día de Acción de Gracias, nos dijimos en la despedida los re­porteros que salíamos de la corte. Mientras caminaba y me incorporaba al resto del mundo, la sensación de encierro y la dinámica de la corte se quedaban atrás. ¿Qué estaría pa­sando por la mente de los miembros del jurado? Era como si todos hubiéramos asistido a una especie de escuela del narco, donde aprendimos de la organización criminal y su historia. Pasado el puente, regresaríamos a clase. Después de todo, El Rey había sido el primer testigo colaborador y esperábamos 13 más. ¿Quién sería el siguiente?

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