El ataque fue atribuido a “Los Ardillos”, una banda criminal dedicada al narcotráfico, la extorsión y el secuestro en Guerrero.
Al menos tres personas murieron, según un balance de las autodefensas indígenas en la zona. No hay un conteo oficial.
El techo de latón de una de las casas cayó hacia adentro por las bombas. Un catre quemado, bajo una pequeña estantería metálica y el esqueleto de un ventilador quedaron en la habitación. Hay vidrios por todos lados, constataron periodistas de la AFP en el lugar.
Una ventana tiene la marca de un disparo de fusil. Hay casquillos esparcidos por las calles polvorientas.
María Cabrera se cubre el rostro con una frazada para llorar cuando recuerda que lo perdió todo en el fuego.
"Ceniza, está ceniza, y por eso me da tristeza", dice esta artesana de 74 años. "Quemaron mi trabajo como si no pudiera yo trabajar, aquí ando en la calle como ese perro que no tiene dueño".
"Derrotada"
Cabrera y otro centenar de personas terminaron desplazados en Alcozacán, a 15 minutos en auto de Tula.
Hacen fila en una cancha para recibir una bolsa con leche, harina para tortillas, enlatados, papel higiénico. La mayoría son mujeres con tapados tradicionales indígenas con bordados delicados y colores vivos.
Efectivos de la Guardia Nacional custodian el lugar, aunque los pobladores coinciden en que su presencia apenas aplaca la violencia. No hay arrestos, decomisos, destrucción de algún laboratorio de drogas.
"El objetivo es pacificar mediante el diálogo", dijo la presidenta Claudia Sheinbaum la semana pasada.
Una casa sirve de capilla improvisada para velar a los muertos, que eran autodefensas del llamado Consejo indígena popular de Guerrero, CIPOG-EZ, con unos 60 miembros armados en la zona.
Los "enfrentaron, estuvieron en la resistencia y lucharon hasta donde pudieron para defender el pueblo", dice Sixto Mendoza, del CIPOG-EZ, que hacen frente a “Los Ardillos”.