En la Ciudad de México nacieron, con meses de diferencia, tres historias que hoy vale la pena contar juntas. Entre 1944 y 1945 se constituyeron los Laboratorios Syntex, que innovaron en la naciente industria de los esteroides; se fundó la Asociación Nacional de Fabricantes de Medicamentos; y una flotilla de diez camiones salió de una fábrica en la colonia Santa María Insurgentes a repartir las primeras mantecadas Bimbo.
Mantecadas y moléculas
Ocho décadas después, de esas dos empresas una vende en decenas de países y la otra dejó de existir. Bimbo es hoy la panificadora más grande del mundo, con operaciones directas en 39 países y más de 152 mil colaboradores (Grupo Bimbo). Es una hazaña de manufactura y de logística, y dice algo cierto sobre el país entero: México aprendió a producir y a mover cosas mejor que casi cualquiera.
La historia de Syntex tomó otro camino. En 1951, Luis Ernesto Miramontes, entonces estudiante de ingeniería química en la UNAM, completó en un laboratorio de esta ciudad la síntesis de la noretisterona, el compuesto que hizo posible el primer anticonceptivo oral. La molécula se patentó primero en México. En 1959 la empresa mudó su sede operativa a Palo Alto, California. La fabricación de intermediarios se quedó aquí un tiempo más; la investigación, la marca y las ganancias se fueron. La molécula nació en la Ciudad de México y el valor creció en otro lado.
La industria vive hoy un punto de inflexión y para eso es necesario contar con política industrial. La biotecnología dejó de ser una promesa de laboratorio y se volvió la parte más dinámica de la industria: de los 64 medicamentos nuevos que aprobó la FDA en 2025, 18 fueron biológicos (FDA, 2025), y el ARN mensajero ya salió de las vacunas rumbo a las terapias contra el cáncer y las enfermedades crónicas. México llega a esa cita con capacidad instalada: las empresas agrupadas en ANAFAM producen el 71 por ciento de los medicamentos que consumen las instituciones públicas de salud (ANAFAM).
Hoy la ciudad tiene las dos cosas que nos faltaron con Syntex. La primera es una regulación a la altura: Cofepris pasó de 340 a 125 trámites y redujo la autorización de protocolos de investigación clínica de nueve meses a 30 días (Cofepris, junio de 2026). Esa simplificación ya dio un resultado concreto: México otorgó el primer registro en el mundo a un biofungicida de ARN (Cofepris, agosto de 2026).
La segunda es un lugar para demostrar que se puede escalar la manufactura avanzada. Las capacidades de las ciencias de la vida se concentran en el sur de la Ciudad de México: los institutos nacionales de salud, los hospitales de alta especialidad, las universidades que forman más egresados de química, farmacia y biotecnología que cualquier otra entidad, los investigadores clínicos y los pacientes. A eso empieza a sumarse infraestructura productiva: el Distrito de Innovación Tlalpan arrancó este año con más de 125 millones de dólares comprometidos para un laboratorio de medicina regenerativa y una unidad de innovación genómica.
México ya demostró que sabe construir un campeón global. Lo hizo con pan, con diez camiones y una red de rutas que hoy llega a decenas de países. La prueba pendiente es hacerlo con moléculas propias, con las empresas que ya están aquí y con las que van a sumarse. Ojalá que dentro de ochenta años alguien pueda contar esta anécdota al revés: que la molécula salió de un laboratorio de esta ciudad y, esta vez, se quedó en esta ciudad.
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*Manola Zabalza Aldama es secretaria de Desarrollo Económico de la Ciudad de México y economista por el Instituto de Estudios Políticos de París. Redes sociales @ManolaZabalza.
Nota editorial: Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.