Son las historias de mujeres que cruzaron fronteras con una mochila ligera y una carga emocional inmensa. Mujeres que dejaron atrás su casa, su familia, su red de apoyo, su país, su vida entera. Mujeres que migraron por necesidad, huyendo de la violencia, de la pobreza, de la persecución, y que llegaron a México pensando que sería apenas un lugar de tránsito. Hoy, muchas intentan convertirlo en hogar.
México está cambiando. Como ha señalado Silvia Giorguli, nuestro país se ha ido consolidando como destino y no únicamente como territorio de paso. Las cifras lo confirman: en los últimos años se han registrado más de 140,000 solicitudes de asilo anuales, y alrededor de 54% corresponden a mujeres. Detrás de cada número hay un rostro, una decisión dolorosa y también una esperanza obstinada. Cada vez más personas no solo cruzan el territorio: buscan quedarse, regularizar su situación y reconstruir aquí su proyecto de vida.
Esta realidad nos coloca frente a una pregunta histórica: ¿qué tipo de país queremos ser? México tiene la oportunidad de consolidarse como una nación de acogida que entiende la movilidad humana como parte del mundo contemporáneo. Un país que no solo brinda protección, sino que apuesta por la integración como una estrategia de desarrollo compartido. La forma en que respondamos definirá la sociedad que estamos dispuestos a construir.
Las mujeres en situación de movilidad cargan múltiples capas de desigualdad. Muchas han sobrevivido a violencia de género en sus países de origen. Otras la enfrentaron durante el trayecto. Algunas llegan con hijas e hijos a su cargo, asumiendo solas la jefatura del hogar en un entorno desconocido. Si además pertenecen a la comunidad LGBTIQ+, el riesgo y la exclusión se multiplican.
He escuchado una frase que se repite cuando una mujer logra acceder a un empleo formal o estabilizar su situación: “Ahora puedo planear”.
Planear pagar una renta sin miedo al desalojo.
Planear la educación de sus hijas e hijos.
Planear quedarse.