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México como destino: mujeres, migración, derechos y futuro

¿Qué tipo de país queremos ser? México tiene la oportunidad de consolidarse como una nación de acogida que entiende la movilidad humana como parte del mundo contemporáneo.
vie 06 marzo 2026 06:05 AM
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Las mujeres en situación de movilidad cargan múltiples capas de desigualdad. Muchas han sobrevivido a violencia de género en sus países de origen. Otras la enfrentaron durante el trayecto, apunta Tania Rodríguez Zafra. (Foto: David Bacon/Cuartoscuro.)

Cada 8 de marzo las mujeres tomamos las calles para recordar que la igualdad no es una concesión: es un derecho. Nombramos las violencias, las brechas salariales, las oportunidades negadas. Nos hacemos visibles.

Pero hay historias que no siempre aparecen en las consignas del 8M.

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Son las historias de mujeres que cruzaron fronteras con una mochila ligera y una carga emocional inmensa. Mujeres que dejaron atrás su casa, su familia, su red de apoyo, su país, su vida entera. Mujeres que migraron por necesidad, huyendo de la violencia, de la pobreza, de la persecución, y que llegaron a México pensando que sería apenas un lugar de tránsito. Hoy, muchas intentan convertirlo en hogar.

México está cambiando. Como ha señalado Silvia Giorguli, nuestro país se ha ido consolidando como destino y no únicamente como territorio de paso. Las cifras lo confirman: en los últimos años se han registrado más de 140,000 solicitudes de asilo anuales, y alrededor de 54% corresponden a mujeres. Detrás de cada número hay un rostro, una decisión dolorosa y también una esperanza obstinada. Cada vez más personas no solo cruzan el territorio: buscan quedarse, regularizar su situación y reconstruir aquí su proyecto de vida.

Esta realidad nos coloca frente a una pregunta histórica: ¿qué tipo de país queremos ser? México tiene la oportunidad de consolidarse como una nación de acogida que entiende la movilidad humana como parte del mundo contemporáneo. Un país que no solo brinda protección, sino que apuesta por la integración como una estrategia de desarrollo compartido. La forma en que respondamos definirá la sociedad que estamos dispuestos a construir.

Las mujeres en situación de movilidad cargan múltiples capas de desigualdad. Muchas han sobrevivido a violencia de género en sus países de origen. Otras la enfrentaron durante el trayecto. Algunas llegan con hijas e hijos a su cargo, asumiendo solas la jefatura del hogar en un entorno desconocido. Si además pertenecen a la comunidad LGBTIQ+, el riesgo y la exclusión se multiplican.

He escuchado una frase que se repite cuando una mujer logra acceder a un empleo formal o estabilizar su situación: “Ahora puedo planear”.

Planear pagar una renta sin miedo al desalojo.

Planear la educación de sus hijas e hijos.

Planear quedarse.

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El derecho a planear es, en el fondo, el derecho a imaginar un futuro. Y ese es uno de los rostros más profundos de la igualdad.

Sin embargo, demasiadas veces las mujeres migrantes quedan fuera de la conversación pública. Se habla de ellas como cifras, como “flujos”, como expedientes. Pocas veces se les reconoce como lo que realmente son: trabajadoras, emprendedoras, profesionales, cuidadoras, líderes comunitarias. Sujetos de derechos.

Si exigimos erradicar la violencia, debemos mirar también las rutas migratorias donde el cuerpo de las mujeres sigue siendo territorio de riesgo. Si defendemos el acceso a servicios y oportunidades, debemos asegurarnos de que ninguna mujer sea excluida por su nacionalidad o estatus migratorio.

Desde mi experiencia, acompañando durante años a comunidades en contextos de movilidad, he aprendido algo que no admite duda: cuando un país decide integrar con enfoque de derechos, las trayectorias de vida cambian. He visto cómo una mujer que encuentra acompañamiento oportuno y una oportunidad laboral digna deja de vivir en la urgencia permanente y comienza a proyectarse. No se trata solo de conseguir un empleo, se trata de recuperar estabilidad, autonomía y confianza.

Y cuando eso ocurre, no solo se transforma su historia personal, se fortalece el entorno que la recibe. Participa, trabaja, aporta, genera comunidad. No es una carga para el país. Es parte de su desarrollo.

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Este 8 de marzo, cuando hablemos de igualdad, pensemos también en ellas. En las mujeres que cruzaron fronteras y hoy intentan echar raíces. En las que trabajan doble jornada para sostener a sus familias en un entorno que aún les exige demostrar constantemente que merecen estar aquí. Pensemos en su derecho a vivir sin miedo, a acceder a un empleo formal, a planear el futuro.

La justicia no debería tener fronteras. Y la igualdad tampoco.

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Nota del editor: Tania Rodríguez Zafra es Directora Ayuda en Acción México. Las opiniones publicadas en esta columna corresponden exclusivamente a la autora.

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