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¿Quitar al presidente?

La importancia del juicio político contra Trump no se verá en Capitolio sino en los ánimos de los estadounidenses que saldrán a votar por la reelección de Trump o su relevo el próximo 3 de noviembre.
mar 04 febrero 2020 07:00 AM
Una concesión
El líder de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, rechazó que sea en 24 horas la presentación de argumentos por cada una de las partes y se realice en tres días, como se tenía previsto.

El procedimiento de juicio político al presidente de Estados Unidos (impeachment) parece sencillo. La Cámara de Representantes arma el caso y lo investiga. Si una mayoría de sus integrantes encuentra que cometió actos imputables, lo acusa. El Senado se erige entonces como jurado. Si dos terceras partes de los senadores lo encuentran culpable, el presidente es removido del cargo. Parece sencillo, sí, pero no lo es. Alexander Hamilton, en El Federalista LXV (1788), explicó por qué:

“Un tribunal bien constituido para sujetar a proceso a los funcionarios públicos es un objeto tan deseable como difícil de obtener en un sistema de gobierno democrático. Su jurisdicción comprende aquellos delitos que proceden de la conducta indebida de los hombres públicos o, en otras palabras, del abuso o violación de un cargo público. Poseen una naturaleza que puede correctamente denominarse POLÍTICA, ya que se relacionan sobre todo con daños causados de manera inmediata a la sociedad. Por esta razón, su persecución raras veces dejará de agitar las pasiones de toda una comunidad, dividiéndola en partidos más o menos propicios o adversos al acusado. En muchos casos, se ligará con las facciones ya existentes, y pondrá en juego todas sus animosidades, prejuicios, influencia e interés de un lado o de otro; y en esas ocasiones se correrá un gran peligro de que la decisión esté determinada por la fuerza comparativa de los partidos, en mayor grado que por las pruebas efectivas de inocencia o culpabilidad”.

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Nunca en la historia de Estados Unidos un presidente ha tenido que abandonar el cargo como resultado de un juicio político. Nunca. Richard Nixon renunció antes de que la Cámara de Representantes pudiera votar para imputarlo (1974). Andrew Johnson (1868) y Bill Clinton (1998) fueron acusados, pero al no reunirse en el Senado los votos necesarios para destituirlos ambos lograron sobrevivir en la presidencia y terminar sus respectivos periodos. Todo indica que Donald Trump correrá con la misma suerte.

El 18 de diciembre la Cámara de Representantes, compuesta por 232 demócratas y 197 republicanos, le imputó a Trump las acusaciones de abuso de poder y obstrucción al Congreso. Los votos, tal y como argumentaba Hamilton, se distribuyeron conforme a la correlación de fuerzas: todos los republicanos votaron en contra y casi todos los demócratas a favor (excepto dos respecto a la primera acusación y tres respecto a la segunda). El 31 de enero el Senado, compuesto por 53 republicanos y 45 demócratas, votó también conforme a las identidades partidistas (salvo por un par de republicanos rebeldes), y resolvió llevar a cabo una suerte de juicio exprés sin declaraciones de testigos ni admisión de nuevas pruebas. Esa votación anticipa que este próximo miércoles el desenlace del proceso será favorable para Trump.

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No hay sorpresas. La mayoría demócrata se hizo valer en la Cámara de Representantes; la republicana hará lo propio en el Senado. El objetivo de iniciarle un juicio político a Trump no podía ser destituirlo porque los demócratas nunca tuvieron los votos para hacerlo, y era francamente imposible que veinte senadores republicanos se “voltearan” contra su propio presidente para lograr la mayoría de dos tercios necesaria para removerlo del cargo.

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La conclusión, sin embargo, no necesariamente es una derrota para los demócratas. Las pruebas contra Trump son contundentes. Tanto que los senadores republicanos argumentaron no su inocencia respecto a las acusaciones que se le imputaron, sino la inconveniencia de remover a un líder electo democráticamente mediante un procedimiento que no involucrara al electorado No es que muchos de quienes antes votaron por Trump ahora vayan a votar en su contra. Es, más bien, que el proceso puede servir para desmoralizar a ciertos electores republicanos y estimular a demócratas que no salieron a votar en 2016.

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La importancia del juicio político contra Trump, en suma, no se verá tanto en los mármoles del Capitolio sino en los ánimos de los estadounidenses. Y la cuestión no será tanto que cambien de bando sino que salgan, o no, a votar. Es muy probable que los demócratas hayan impulsado este juicio con la intención no de ganarlo sino de trasladar la responsabilidad de juzgar a Trump del Senado a las urnas. Los jueces, en última instancia, no serán los políticos de uno u otro partido sino los electores. La decepción de algunos republicanos, aunada al entusiasmo de los demócratas, podría decidir el sentido de la sentencia: si Trump se queda o se va.
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Nota del editor: Las opiniones de este artículo son responsabilidad única del autor.

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