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#VocesADN |PRI, crónica de una sucesión fallida

Que el PRI presente hoy un padrón de poco más de un millón de militantes, abre la duda respecto de cómo se manejaría un proceso abierto a la base, escribe Don Porfirio Salinas.
PRI
En la controversia. Según los nuevos números, bajo las nuevas reglas del INE, el PRI tiene acreditados a poco más de un millón de militantes.

Nota del editor: Don Porfirio Salinas es híbrido de política, iniciativa privada y escenario internacional. Priista orgulloso de “el valor de nuestra estirpe” (Beatriz Paredes dixit); y antagónico al Peñismo, contrario a esta estirpe. Convencido de la política como instrumento de construcción de país, desde cualquier trinchera. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas del autor.

CIUDAD DE MÉXICO (ADNPolítico).- En las últimas semanas, el PRI ha tenido problemas importantes en su proceso para elegir a la próxima dirigencia. Estos problemas son señales claras de la falta de rumbo que ha tomado el partido desde el fatídico 1 de julio de 2018.

El más reciente problema es la controversia por el padrón real de militantes. Según los nuevos números, bajo las nuevas reglas del INE sólo están acreditados poco más de un millón, de más de seis millones que estaban acreditados hasta 2017.

Si bien esto no necesariamente implica pérdida de militantes, pues se está midiendo bajo criterios nuevos, sí resulta claro el desorden que se ha tenido en el partido para la afiliación y verificación de militancia.

Desde la última verificación por parte del INE hace unos años, debió prenderse una alerta, ya que de los diez millones que se decían tener, sólo se acreditaron seis. Nunca hubo un proceso para poner en orden los registros.

El año pasado, el PRI obtuvo la irrelevante cantidad de poco más de nueve millones de votos en la elección presidencial. Se debió hacer un esfuerzo importante, ante la debacle electoral, por revisar cuántos de esos fueron por militancia, y ponernos en orden. Pero no se hizo.

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Lo preocupante es que esto sucede justo en la antesala del proceso de renovación de dirigencia, y de la pugna entre quienes piden correctamente un proceso abierto a la militancia, y quienes piden uno acotado sólo a los consejeros nacionales, como solían ser en la era Peñista.

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Que el PRI presente hoy un padrón de poco más de un millón de militantes, abre la duda respecto de cómo se manejaría un proceso abierto a la base. Con tan pocos registros, se podrían manejar relativamente fácil los votos, particularmente si están concentrados en una zona geográfica.

Sin embargo, optar por un proceso que sólo incluya a los consejeros políticos nacionales, dejaría incluso mayor capacidad de maniobra para manipular la elección. El dilema es altamente delicado dada la situación actual de división y desánimo internos, y la falta de credibilidad social.

Pero el problema principal que hoy vive el PRI, es la calidad de los aspirantes a la dirigencia nacional. Cuatro personajes de los cuales no se hace uno. Dos exgobernadores altamente cuestionados, un gobernador actual aún más cuestionado, y un ex funcionario Peñista desdibujado.

Lo que hoy debería preocupar al priismo, más que las características del proceso de renovación de dirigencia, es que ninguno de los aspirantes a dirigir el partido está a la altura de las circunstancias políticas y sociales de la actual coyuntura histórica.

Está un estridente Ulises Ruiz, ex gobernador de Oaxaca altamente cuestionado por corrupción en su gestión, y por abuso visible de poder, que llevó a que el PRI perdiera esa gubernatura por primera vez en la historia del estado.

Ruiz nunca ha podido, ni querido, comprobar que no hizo todo aquello de lo que se le señala. Y ante la marginación que vivió durante la era Peñista, se dedicó a vociferar públicamente la mala ruta del partido; con nula calidad moral para hacer esos señalamientos.

Está Ivonne Ortega, ex gobernadora de Yucatán, y ex Secretaria General del PRI. Altamente cuestionada por excesos y corrupción. Famosa por dejar sus cargos a medias para buscar nuevos cargos. Además de ser una figura de profunda división interna para obtener logros personales.

En la XXII asamblea nacional del PRI lideró el movimiento en contra de permitir en estatutos tener un candidato externo para la Presidencia. Finalmente, como por arte de magia, cedió ante el Peñismo; ojalá algún día sepamos por qué.

Está el eterno inconforme Alejandro Moreno, “Alito”. Actual gobernador de Campeche, que desde su campaña a la gubernatura sólo buscaba tener la Presidencia nacional del PRI. Conocido por sus lujos y por una incomprensible bonanza económica.

Factor de división en su propio estado, donde perdió todas las posiciones clave a nivel local en las últimas elecciones. Vive más en Cdmx que en Campeche. Con larga fama de traiciones políticas y acuerdos obscuros para obtener beneficios personales.

Y finalmente, José Narro, ex Secretario de Salud, y Peñista orgulloso. Su gestión ha sido de las peores, sólo después de Mercedes Juan. Al frente de la Secretaría sólo se dedicó a justificar su inacción por la falta de recursos, pero nunca hizo un esfuerzo por dar alternativas.

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Hombre de posturas conservadoras y blandeza de carácter. Fue incapaz de impulsar y defender la reforma de marihuana medicinal, obstaculizándola en el Congreso a pesar de ser agenda presidencial. Obstaculizó también la urgente regulación de la reproducción humana asistida.

No se le conocen escándalos de corrupción. Y dudo que los tenga. Pero pecó por omisión al hacerse de la vista gorda con grandes corruptelas en el sector salud, empezando por COFEPRIS bajo Sánchez y Tepoz, y la cooptación de proveeduría de medicamentos al gobierno el sexenio pasado.

Hoy el PRI está ante el proceso más delicado de renovación de dirigencia en su historia. Hoy el PRI necesita una nueva dirigencia compuesta por un personaje experimentado y prestigiado, formado en los valores del partido, y otro personaje medianamente joven, moderno, sin vicios partidistas.

Pero sobre todo, el PRI necesita una nueva dirigencia completamente ajena al ámbito Peñista, dispuesta a romper de tajo con todo lo que significó esa obscura etapa, y capaz de salir a la sociedad para reconstruir desde afuera hacia adentro un partido para la nueva realidad social.

La actual dirigencia, compuesta por una Presidenta Peñista y completamente desinteresada en los asuntos del partido, y un Secretario General corrompido manejado por los intereses de Emilio Gamboa, no busca un cambio en el PRI. Tiene que venir de fuera.

El PRI parece ser, cada vez más, un barco a la deriva, sin capitanes, sin tripulación. Hoy se juega la vida con esta renovación de dirigencia. O resurge, o se condena a la irrelevancia. Lo primero se antoja poco factible dada la situación actual.

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