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A los niños se les oculta la corrupción como si no existiera: Luigi Amara

Amara, coautor del libro infantil 'El paraíso de las ratas' —en el que trabajó con Trino—, subraya que acabar con la corrupción es una tarea que requerirá años y en la que los más jóvenes serán clave.
Luigi Amara
Luigi Amara. Originario de la Ciudad de México, Amara es escritor, editor y librero. Algunas de sus obras son 'Los disidentes del universo' e 'Historia descabellada de la peluca'.

CIUDAD DE MÉXICO (ADNPolítico).- Luigi Amara recuerda una de las primeras veces en las que sintió el peso de la corrupción. Fue cuando era niño, cursaba el quinto de primaria y en su escuela se organizaron elecciones para definir al presidente del plantel. Él decidió lanzarse por el cargo, pero una de sus competidoras, una niña de sexto año, tuvo el ‘tino’ de regalar paletas a sus compañeros poco antes de la votación. “Obviamente, ella ganó”, resume el escritor.

Para Amara, anécdotas como esa muestran que las prácticas corruptas están tan arraigadas en la sociedad que los mexicanos conviven con ellas desde que son pequeños. Paradójicamente —añade—, se trata de un asunto que se discute poco con los menores, lo que a la postre dificulta generar conciencia sobre las consecuencias negativas que tienen los actos deshonestos.

“(La corrupción) es un tema, un problema, que de algún modo se les oculta a los niños, se les escatima, no se les habla mucho, como si no existiera, pero lo perciben e incluso también lo practican desde temprana edad”, dice el autor, a propósito del libro infantil en el que él y el monero Trino trabajaron en 2018: El paraíso de las ratas (Editorial Sexto Piso).

Dentro de la obra, Amara y Trino cuentan la historia de Esquivel, una rata que emprende la búsqueda de sus hermanas desaparecidas y, en su camino, se topa con un laberinto del que es prácticamente imposible salir si no se actúa de una forma corrupta.

En entrevista con ADNPolítico, Amara habla de este nuevo libro, de la promesa del gobierno de Andrés Manuel López Obrador de acabar con la corrupción y de por qué alcanzar esa meta es una tarea que requiere décadas.

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¿De dónde surge la idea de hacer este libro: de ti, de Trino, de los editores?
Un poco de todos. Ya habíamos hecho antes un libro para niños Trino y yo, Los calcetines solitarios, y nos habíamos quedado con las ganas de hacer otra cosa. También los editores nos insistían en que hiciéramos algo y, platicando entre todos, como se acercaban las elecciones de 2018 y estaba en el aire la discusión de la corrupción, la impunidad y la violencia, dijimos: “Hagamos algo al respecto”. Finalmente, nos decantamos por la corrupción porque pensamos que es un tema, un problema, que de algún modo se les oculta a los niños, se les escatima, no se les habla mucho, como si no existiera, pero lo perciben e incluso también lo practican desde temprana edad. Ya empiezan a hacer triquiñuelas, pequeñas transas, con sus pares o con sus padres. Y nos parecía que la corrupción es un problema de todos, de todo el sistema.

¿Por qué recurrir a las ratas para hablar de corrupción?
Era casi natural, fue espontáneo que se nos ocurrieran las ratas, y fue al revés: una razón para dudar. Dijimos: “Es como lo obvio, démosle una vuelta más”. Pero lo que nos inclinó finalmente a hacerlo con ratas era que necesitábamos, por un lado, cierta distancia, que no fuera la brutalidad de la corrupción puesta sobre la mesa así nada más. Necesitábamos cierta distancia para que (el libro) pudiera ser leído también por niños. Entonces, el pretexto fue hacer una especie de fábula apocalíptica que nos permitía jugar con esos niveles. Y luego también está el juego del lenguaje, de que las ratas se estuvieran diciendo a sí mismas lo “ratas” que son, lo “ratas” en el sentido de corrupto. Vimos que podía haber un juego ahí como de cortocircuito del lenguaje, nos atrajo y dijimos: “Bueno, en vez de darle la vuelta y sacarle al lugar común, entrémosle a ver qué pasa”. Y a Trino también le atrajo la idea de dibujar ratas, porque él siempre, en este tipo de trabajos, trata de distanciarse de lo que hace en sus cartones, en su labor como monero.

'El paraíso de las ratas'
'El paraíso de las ratas'. El libro, publicado a finales de 2018, cuenta la historia de Esquivel, una rata en busca de sus hermanas desaparecidas y quien, en ese proceso, se enfrenta con un "laberinto" repleto de corrupción en diferentes formas.

¿Se inspiraron en otros libros similares, como ‘Rebelión en la granja’ de George Orwell?
Claro. La distancia buscada para hacer un retrato de la sociedad naturalmente te lleva a echar mano de los recursos de la fábula. Rebelión en la granja estaba ahí como un referente, pero también la célebre novela gráfica Maus y una serie de cosas que estaban en el imaginario, flotando. Revisé también mucha literatura sobre ratas, sobre cómo se comportan realmente… Todo era con la intención de hacer un reflejo subterráneo de nuestro mundo, que fuera una especie de microcosmos donde quedara encerrado todo lo que vivimos en la superficie, y que fuera un retrato descarnado pero que tampoco mandara al reino de las pesadillas a los niños. Empieza con algo brutal de la sociedad mexicana, que es el tema de la desaparición. Está presente eso, es algo que sucede, algo de lo que probablemente no quisiéramos hablar a los niños, pero sucede y, en lugar de escamotéarselos, vamos a plantearlo de un modo que tal vez sea asimilable para ellos, y que vean cómo esa situación genera un laberinto de corruptelas, de transas, un poco la pesadilla que viven muchas familias en México intentando encontrar a sus seres queridos.

¿Le falta algo al sistema educativo para hablar a los niños sobre corrupción?
No solo de corrupción. Por eso este es un libro para niños. Yo pude haber hecho un libro filosófico sobre la corrupción como para otro público, pero en realidad estábamos conscientes de que, para nosotros, la corrupción no es algo que se vaya a terminar por decreto, ni que sea algo manejable simplemente por el ejemplo. Creemos que la sociedad mexicana y otras están tan atravesadas por la corrupción, que eso no puede cambiar en pocos años, sino que tendrá que ser una labor de una educación profunda en el sentido no solo escolar, sino también familiar, social, etcétera.

La mínima contribución que queríamos hacer nosotros era lanzar un libro para que los niños empiecen a familiarizarse con eso, empiecen a ver las consecuencias de la corrupción, y quizá en 20, 30 años algo cambie".

Casi al principio del libro, Esquivel dice que tiene que dar ‘mordida’ a su propia familia.
Hace tiempo, intentaba ver hasta dónde uno mismo desde niño ya utiliza prácticas corruptas o acude a la triquiñuela, al engaño. Trino es padre de familia, yo también, y de algún modo comentamos, como en chiste, cosas que ya veíamos en los chamacos, y yo me acordé de cuando iba en la escuela. En mi primaria se hacían elecciones para el presidente de la escuela, era como una iniciación en las prácticas democráticas, y yo me acuerdo de que cuando yo iba en quinto y me lancé, había una niña de sexto que se lanzó y, hábilmente, en algún momento previo a la votación se dedicó a regalar paletas para convencer al electorado y, obviamente, ella ganó. Uno se da cuenta, con ese tipo de ejemplos, de que esa lógica ya está presente. Probablemente en Dinamarca o en Japón no se les ocurriría, pero aquí sí se nos ocurre, es parte de nuestra vida cotidiana, es algo muy difícil de extirpar.

¿Ves en las generaciones más jóvenes un mejor contexto para que se genere esa conciencia de que se debe combatir la corrupción?
Sí. Al mismo tiempo vemos a niños que juegan al secuestro, a mutilar, pero, al menos en la burbuja en la que yo me desenvuelvo, he notado una mayor conciencia de los niños sobre varias cosas que por lo menos para mi generación no eran claras: una conciencia ecológica muy precisa, un ánimo de detener la injusticia en cómo se relacionan entre ellos, y también una conciencia un poco más clara de que darle ‘mordida’ al policía no está bien aunque eso solucione de momento un asunto. Pero la realidad social es más amplia, compleja. Aunque hay ciertos lugares donde uno puede percibir eso, hay otros donde no.

¿Qué opinas de la promesa del gobierno de López Obrador de acabar con la corrupción?
Es tan complejo el problema que uno ve ciertos esfuerzos, como con el combate al huachicol o limitar los privilegios de la burocracia, pero por otro lado tampoco es que uno vea grandes resultados, por lo menos no todavía. Todavía no se ve a algún pez gordo que haya caído. Mi sensación es que la estrategia misma propuesta por López Obrador, que es la del ejemplo, no es que la desestime per se… pero evidentemente no basta, y creo que hasta ahora no alcanzo a ver una estrategia clara de cómo se va a combatir la corrupción más allá de eso, con qué medidas concretas. La corrupción va muy ligada a la impunidad y no se ve muy claro que la impunidad vaya a terminar.

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¿Nos hace falta ver caer peces gordos?
Creo que sí. Así como el ejemplo sirve para cambiar cosas, hay casos paradigmáticos que mandan mensajes y crean un ambiente distinto. Hace falta, probablemente se está trabajando en ello. Aunque uno ve que ya se le devolvieron sus bienes a Elba Esther Gordillo y, entonces, haría falta más bien una clara y rotunda persecución, resolver un caso de esa magnitud en otro sentido, para que dijéramos: “Bueno, algo está pasando”.

Para cerrar, ¿qué le dirías sobre tu libro a un niño y al papá de ese niño?
En primer lugar, diría que no hay un mensaje. Queríamos que fuera una fábula sin moraleja, donde se presenta una historia y es el mismo arco narrativo el que pretendemos que cuente algo, encarne una situación. Pero bueno, lo describiría como (la historia de) una rata arrojada al laberinto de la corrupción que vive en su cloaca, intentando resolver el caso de la desaparición de sus hermanas, y todo lo que ese laberinto implica. A las ratas se les suele someter en laboratorios a pruebas, y acá nosotros nos enfrentamos a la burocracia, hablamos en términos metafóricos de un laberinto lleno de ‘mordidas’, corruptelas, dificultades, y un poco, quizá a escala desorbitada, es lo que queríamos reflejar en el libro.

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