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#ColumnaInvitada | El mundo ante la Gran Depresión por el COVID

El impacto de la epidemia de COVID-19 podría igualar al de una guerra mundial, en términos de la cantidad de personas que afecta, por ello se espera una respuesta coordinada internacional.
jue 21 mayo 2020 06:00 AM
(Obligatorio)
La transmisión global del coronavirus obliga a pensar en una estrategia global ante la crisis económica.

Dependiendo de la duración de la pandemia, el impacto de COVID-19 podría igualar al de una guerra mundial, en términos de la cantidad de personas que afecta, los cambios en la vida cotidiana que trae en cada región y el costo humano que todo ello representa. El impacto ya se percibe en los negocios, el comercio y los mercados. Todo ello resultando claramente en una crisis económica mundial, incluso más devastadora que la observada durante la Gran Depresión.

Sin embargo, aquello que catalizaría una respuesta inmediata y estaría encabezada por los Estados Unidos en otra época, tiene poca resonancia en la actual administración. Líderes de todas las naciones se han concentrado, incluso de forma comprensible, en atender en un inicio la amenaza dentro de sus propios países. No obstante, la pandemia debe combatirse simultáneamente a nivel mundial, con el pleno apoyo de las distintas organizaciones internacionales (la Organización Mundial de la Salud, las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad, entre otras), así como de los países más desarrollados.

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Aquellos que no solo tienen la capacidad de organizarse, establecer prioridades y unir esfuerzos que en muchas ocasiones pueden ser opuestos y conflictivos. Aquellos que cuentan con los recursos no solo para gestionar una respuesta organizada, por ejemplo de suministros médicos, pero que también cuentan con la capacidad científica para generar algún tipo de tratamiento o vacuna.

El liderazgo que se necesitaba en un principio fue substituido por una actitud prepotente, que hizo de menos las posibles consecuencias, mismas que el día de hoy son en muchos países, devastadoras. En China, se comenzó por censurar cualquier mensaje de la comunidad médica sobre la enfermedad; en el Reino Unido, las advertencias tempranas fueron descartadas y solo la presión social logró obtener una respuesta del gobierno, incluyendo el cierre de las escuelas. En Italia, se continuó con el día a día de las actividades, e incluso los gobernadores de las regiones hacían un llamado a salir a la calle. En Estados Unidos, con Nueva York en situación crítica, la coordinación central y el llamado al aislamiento duró poco. Se observan respuestas de las alas más radicales para el retorno a “la normalidad”, y un reemplazo de las decisiones centrales por aquellas que procederán de gobernadores y alcaldes.

Con ello, el presidente Donald Trump se prepara para la antesala de las elecciones presidenciales en noviembre. Cualquier decisión que ocasione consecuencias económicas negativas podrá ser ahora atribuida a los representantes locales. El discurso será más divisivo, rojo o azul. A pesar de las elecciones, muchos gobernadores y alcaldes en Estados Unidos han decidido, hasta el momento, continuar con las medidas de aislamiento, priorizando la salud y el bienestar de la población por encima del estado de la economía. Ello podría costarles la elección, y sin embargo, actúan como lo debería de hacer un gobernante.

El discurso que orientó su campaña en 2016, America First, continúa guiando su política exterior. Por ello el gobierno de los Estados Unidos parece actuar como un ente desconectado del mundo, incapaz de imaginar que Estados Unidos podría fortalecerse al coordinarse con sus aliados y socios comerciales. Sin embargo, en esta ocasión, la profundidad de la crisis sanitaria ya deriva en una crisis económica mundial.

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Los países, económicamente hablando, se encuentran interconectados, con cadenas de producción que siguen requiriendo de la importación de insumos. Por ello, con esta política de autoaislamiento económico, la crisis en Estados Unidos, que observa ya una tasa de desempleo de más del 14% (el promedio entre 1948 y 2020 fue de 5.74%), podría agravarse de forma incontrolada. Ello con las consecuencias esperables para dependientes económicos como México.

La crisis continuará manifestándose en otras dimensiones, probablemente oscilando entre una crisis económica y el regreso de la crisis de salud.

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Ante este tipo de situaciones, la respuesta internacional ha sido, históricamente, una de las formas de enfrentar catástrofes. Lo vimos después de la Segunda Guerra Mundial, con el surgimiento de las Naciones Unidas o la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (antecedente de la Unión Europea).

Si bien no todos los países tienen las mismas condiciones, ni requieren las mismas soluciones, la coordinación internacional para el desarrollo no presentaría un obstáculo, pero podría enriquecer o beneficiar medidas para superar una crisis de la cual solo hemos visto el inicio.

El llamado a una respuesta coordinada internacional no traerá una solución mágica, pero debería de ser una de las tantas políticas públicas que fortalezcan nuestra respuesta a esta pandemia. En palabras de Winston Churchill, “este no es es el final, no es ni siquiera el principio del final. Puede ser, más bien, el final del principio” (Mansion House, 9 de noviembre 1942).

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Nota del editor: la autora es profesora investigadora de la Escuela de Comunicación en la Universidad Panamericana.

Las opiniones de este artículo son responsabilidad única de la autora.

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